Avenida con jacarandas

Y el presente se vuelve más intenso y más nítido, más poderoso

La calle Porvera y sus jacarandas, dirección Cristina en Jerez.

En la luna del coche, de camino al gimnasio, me golpeó una mancha deliciosa, un malva que cantaba: "¡mayo, mayo!". Y toda la avenida era, de pronto, un himno.

Las llevaba esperando unas semanas. Y, de repente, allí, sin que las viera; llegaron como llega muchas veces la suerte, tan callando.

Cuando olvidé la prisa, cuando la flor caída me recordó el ahora, pude ver el milagro; tal vez la espera sea insuficiente para atrapar el oro de los días. Tal vez nuestro mejor tesoro sea la colección de tales fogonazos.

Y el presente se vuelve más intenso y más nítido, más poderoso. Y corre más despacio; igual que va sin prisa en la boca que besa con amor.

Se me viene a la mente otro destello de estos días, en clase. Una alumna me ha dado de vuelta los tres libros que le dejé hace tiempo. Leídos por completo. Y alguno, disfrutado. Ese interés abierto por palabras más viejas que nosotros, que encierran lo que un hombre de otro tiempo sabía que vendría a sucedernos; ese hambre joven suyo, mayor después de haber sido saciado, me encendió la mañana con una luz distinta entre los mismos muros, con el mismo quehacer, frente a las mismas caras.

Supongo que esas veces que un instante nos despierta y levanta son las veces en que la vida toca sus mejores acordes, por los que un mal aria desafinada merece la pena. O más de una si, luego, se renueva el milagro.