En la luna del coche, de camino al gimnasio, me golpeó una mancha deliciosa, un malva que cantaba: "¡mayo, mayo!". Y toda la avenida era, de pronto, un himno.
Las llevaba esperando unas semanas. Y, de repente, allí, sin que las viera, llegaron como llega muchas veces la suerte, tan callando.
Cuando olvidé la prisa, cuando la flor caída me recordó el ahora, pude ver el milagro; tal vez la espera sea insuficiente para atrapar el oro de los días. Tal vez nuestro mejor tesoro sea la colección de tales fogonazos.
Y el presente se vuelve más intenso y más nítido, más poderoso. Y corre más despacio; igual que va sin prisa en la boca que besa con amor.
Se me viene a la mente otro destello de estos días, en clase. Una alumna me ha dado de vuelta los tres libros que le dejé hace tiempo. Leídos por completo. Y alguno, disfrutado. Ese interés abierto por palabras más viejas que nosotros, que encierran lo que un hombre de otro tiempo sabía que vendría a sucedernos; ese hambre joven suyo, mayor después de haber sido saciado, me encendió la mañana con una luz distinta entre los mismos muros, con el mismo quehacer, frente a las mismas caras.
Supongo que esas veces que un instante nos despierta y levanta son las veces en que la vida toca sus mejores acordes, por los que un mal aria desafinada merece la pena. O más de una si, luego, se renueva el milagro.



