Austeridad, recuerdos de mi infancia

Añoranza no, realidad de lo vivido, y que tras observar los cambios ocurridos durante cuatro décadas, estimo y deseo volver a algo similar.

Un Renault 8, en una imagen de archivo. FOTO: RALF BERGER
Un Renault 8, en una imagen de archivo. FOTO: RALF BERGER

Austeridad, recuerdos de mi infancia que deseo volver a revivir en mi vejez. Las personas que como yo peinamos canas, nacidas al alba de la década de los 60, lustro arriba, año abajo, guardarán en su memoria muchas de las cuestiones que se abordan en este artículo.

Porque además, daba igual vivir en una u otra región, eran norma común a todos los territorios, y al acerbo que nuestros padres y abuelos habían acertado a construir. Mi infancia, adolescencia y juventud se circunscriben al lugar donde nací, Madrid, capital de un estado muy distinto a la actual capital del Reino.

Mi entorno familiar de hijo único se componía de un doble matriarcado compuesto por mi madre, viuda a los 39, y mi abuela, a quien la sublevación golpista militar contra la República, dejó viuda a la fuerza de las balas que asesinaron a su marido, mi abuelo que nunca conocí, ni sé aún donde descansan sus restos. Allá por el 36 o el 37, en tierras salmantinas, con sólo 32 años y tres hijos al cargo, marido republicano fusilado, poco más que decir de las enormes dificultades que tendría en la crianza.

Con estos mimbres, puedo afirmar que tuve suerte y me enseñaron a tejer buenos cestos, construidos a base de enseñanzas valiosas, sin duda la mayor, la austeridad, finos equilibrios económicos con la mínima pensión de orfandad y viudedad, que otorgaba la justicia social de la época, en los setenta. Guardar era una premisa, aprovechar al máximo cualquier objeto una obligación, reutilizar una obviedad, y reparar todo lo reparable una máxima no escrita.

He de reconocer que el barrio que vio dar mis primeros pasos, no le pareciese al lector la imagen que del Madrid de los sesenta y setenta se tenga en la retina, pero ciertamente La Guindalera, pequeño suburbio industrial entre el opulento barrio de Salamanca, y el parque de las Avenidas con casas de militares en su mayoría, era un barrio especial.

Por el día lleno de actividad empresarial y económica, por la noche vacío absoluto, sin tiendas ni comercios, casi sin bares, solo uno que ofrecía platos del día a los trabajadores de las fábricas adyacentes al edificio en el que vivía, único residencial en la zona. Al lado del mismo, un terreno agrícola propiedad de un convento de monjas, cuya actividad principal era el cultivo de alimentos del campo y engorde de cerdos para la matanza, que enero tras enero, convertía mi dormitorio en un sinfín de gritos de lamentos porcinos ajusticiados a cuchillo.

Un poco más abajo, la tienda del lechero, que en mis primeros años de vida aún tenía vacas en unos cerros cerca de mi casa, y que nos traía todas las mañanas en bicicleta la leche fresca recién ordeñada, por supuesto en botellas retornables. Cada botella llena tenía su contrapartida con la botella vacía del día anterior. Ay de ti si se rompía por cualquier causa, te caía encima la del pulpo, porque había que pagar el nuevo casco de vidrio al día siguiente. Eso sí, siempre podías aportar algo al recoger botellas que vieras vacías en el recorrido de ida y vuelta al colegio, para llevarlas al supermercado del barrio de al lado y que te diesen una peseta por tercio, y un duro por litro.

Ir de compras con mi madre era algo obligado, para ayudarla a tirar del mismo carrito que duró lustros. Ir a la tienda de ultramarinos llevando la huevera de una docena, porque se compraba todo a granel, sí, los huevos también, no solo las legumbres. También las verduras tenían su hueco en el carro, sin envases por supuesto, y ese bacalao seco que se cortaba con un cuchillo gigantesco en una madera abollada tras miles de cortes realizados por el dependiente, acababa envuelto en papel satinado, que servía como única salvaguarda al resto de alimentos.

El café, en grano, que se molía a mano en la cocina, de poco a poco, para cada taza, conservando el aroma y sabor en perfecta armonía. ¡Qué recuerdos me trae el sonido del molinillo manual haciendo añicos cada grano! Los yogures, en vidrio por supuesto, se dispensaban en las farmacias antes que en los supermercados, como elemento medicinal para la mejora de dolencias gastrointestinales.

El zapatero del barrio, porque todo barrio tenía su zapatero, arreglaba una y otra vez mis botas del colegio, cercenadas en su punta a base de patadas a latas, piedras o cualquier objeto que asimilaba el esférico de los futbolistas de la época, porque lo de tener un balón de reglamento escapaba a las posibilidades. Los zapatos del domingo no, esos se ponían sólo para ir a misa, a visitar algún familiar, o dar un paseo, y ¡ay de ti si los manchabas!, igual que los únicos pantalones cortos de “vestir”, porque daba igual verano que invierno, los niños llevábamos pantalones cortos aunque el mercurio bajase de cero grados.

Si por causas naturales de crecimiento, se quedaban pequeños los zapatos o la ropa, siempre había algún vecino, amigo o familiar dispuesto a recibir tu dádiva, y al revés era lo mismo, el trueque era consustancial a la época. Los libros y cuadernos del colegio envueltos en papel celofán, para que no se estropeasen las cubiertas, con tu nombre a mano escrito al principio, o con el Dymo posteriormente, se guardaban por si era necesario repasar en ese verano, o en el siguiente.

El baño semanal a mi me tocaba los viernes por la tarde, el previo al fin de semana, imagino para lucir limpio y aseado en las visitas, los paseos o la misa dominical. Eso de ducharse a diario ni era norma ni se consideraba normal, más bien un derroche de agua. Casi tanto como intentar desechar un trozo ínfimo de la pastilla de jabón, que a base de pequeños trozos pegados, se recovertía en una nueva y multicolor, para uso de varias semanas más,

La calefacción en casa era al principio una caldera de carbón, luego se cambió por una eléctrica, pero ni una ni otra obran un recuerdo especial en mi memoria. Si dejabas la luz del dormitorio encendida te caía de nuevo la del pulpo, así que es fácil imaginar que la posibilidad de encender uno u otro método escapaban de las posibilidades económicas familiares, por lo que sí recuerdo los jerseys de lana gorda, tejidos por mi abuela, las varias capas de mantas en mi cama, y la eterna sensación de frío en los inviernos de Castilla la Nueva, región a la que Madrid pertenecía y “lideraba”, antes de la transición.

Y por supuesto, coger el coche que sí teníamos, un Renault 8 de mi padre, fallecido cuando contaba 39 años, quedaba restringido a los viajes en verano a un pequeño chalet a las afueras de Madrid, donde pasábamos los tres meses de vacaciones escolares, eterno estío entre amigos, juegos en el campo y bicicletas al viento. Lugar donde el panadero del pueblo cercano, San Agustín del Guadalix, proveía cada mañana de pan a las familias, que dejaban el dinero en una bolsa en la puerta, para recibir las barras de pan acordadas previamente, donde diferentes furgonetas hacían sonar su claxon avisando de su llegada con verduras, carne, lácteos, aceite e incluso pescado, además del butano, que reponía la bombona si dejabas la vacía a la vista en la puerta de tu casa, con el dinero debajo claro.

Añoranza no, realidad de lo vivido, y que tras observar los cambios ocurridos durante cuatro décadas, estimo y deseo volver a algo similar, apostar por el comercio local, por la confianza entre las personas, por el cariño al panadero, al lechero, a toda persona que ofrecía algo que necesitabas. Y sobre todo, a no necesitar tanto, porque vivir en la austeridad es consustancial con la riqueza personal, valorar lo que tienes, y convertir el ser por encima del tener, como premisa para transitar hacia otro modelo de sociedad que base en las relaciones humanas su punto fuerte, no en las comerciales sin alma.

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