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Verdaderamente estamos llegando a un punto en que queremos ser como dioses capaces de controlar la vida y la muerte.

Es lo que tiene la alfombra roja, que por ella desfilan todo tipo de estrellas del celuloide y no queda más remedio que ponerse en plan criticón con el vestido de Julia Robert, con el peinado de Penélope o con las carnes prietas de esa actriz-cantante, medio latina, medio norteamericana, Jennifer López. Y que nadie me tache de machista, porque en todo caso lo serán aquellos que dan más importancia a la imagen que al trabajo por el que se premiará a las actrices.

Mientras preparan la gala de esta noche, nos van enseñando imágenes antiguas, entre las que me ha llamado la atención la simpar Angelina Jolie. La actriz, en una pose casi imposible de mantener más de tres minutos, pero que a ella le debe parecer perfecta, enseña una pierna a través de una abertura de su vestido.  Me pregunto, mientras veo su imagen de estrella fulgurante, pero ¿en qué va a quedar esta muchacha si sigue adelgazando y encima decide ir extirpándose órganos? ¿Vamos a verla dentro de poco como una especie de muñeca biónica, sonriendo por esas alfombras rojas como si nada?  Bueno, como si nada tampoco. Más bien como una mujer a la que todas las mujeres que quieren a sus hijos deberían emular. Porque ese es al fin y al cabo el argumento que la ha convertido para la prensa en una especie de modelo a seguir. Ya sé que la noticia sobre sus operaciones es algo antigua, pero es ahora cuando al contemplarla en la enorme pantalla de mi tele, se me ocurre escribir sobre esa historia tan curiosa.

Y digo yo para mis adentros, porque claro, decirlo en voz alta y para el  público en general es algo así como un sacrilegio. Pero, ¿no tenemos bastante con que quieran vendernos la moto de que ese cuerpo escuálido y demacrado que se pasea por el mundo, dando ejemplo de maternidad solidaria y de belleza es algo elogiable y deseable? Pues parece que no. Ahora tenemos que considerar admirable a esa mujer que para que sus hijos no tengan que verla morir de cáncer, ella se quita cualquier órgano susceptible de ser atacado por esa enfermedad terrible. Y van ellos y ellas, periodistas de ambos géneros y nos hablan de la valentía de Angelina, de la sinceridad de Angelina, de lo madre coraje que es Angelina… ¡Santo Cielo!

No entiendo de medicina, pero me considero una persona con sentido común, por eso, de esta noticia sobre la gran estrella hollywoodense, me sorprenden dos cosas: 

  1. Los argumentos con los que justifica ella y los médicos sus intervenciones quirúrgicas.

De verdad que cada día me siento más rara en este mundo, debe de ser la edad, digo yo. Parece que con los avances en la investigación se puede saber el tanto por ciento de posibilidades que alguien tiene de sufrir un cáncer. Vale, hasta ahí de acuerdo.  Los datos de Angelina Jolie parecen que avalan la idea de que tiene muchas posibilidades de tener la enfermedad. Por una parte, su madre murió a los 56 años debido a un cáncer de ovarios y su tía por un cáncer de mama. Resulta que ambas familiares eran portadoras de una mutación de un gen conocido como BRCA1, un gen supresor de tumores humanos que regula el ciclo celular y evita que se produzca una proliferación descontrolada. En las mujeres portadoras de mutaciones en este gen existe un alto riesgo para desarrollar cáncer de mama (entre el 51 y el 95%) y de ovario (entre el 22 y 66%).

Como ya habréis deducido, Angelina, de 39 años de edad, es también portadora de esta mutación, y como dice el refrán, decidió que más vale prevenir que curar, razón por la cual se realizó ambas cirugías, debido a que en tests previos mostraban signos iniciales de la enfermedad. Lo que no entiendo es que de ahí se deduzca que va a ver crecer a sus hijos porque no morirá joven, como su madre. Vamos a ver, ¿no han pensado que además de morir de cáncer la gente muere de cientos de cosas? Incluso de un accidente aéreo, mientras va a socorrer con cara de pena a los niños de cualquier país africano. Verdaderamente estamos llegando a un punto en que queremos ser como dioses capaces de controlar la vida y la muerte. ¡Ah! Pero eso sólo si tenemos dinero para pagar a los hechiceros, a esos médicos semidioses que convierten su profesión en un escaparate propagandístico en el que exhiben su poder sobre la muerte. Yo me pregunto si Angelina no puede morir de cualquier enfermedad de las que tenemos las personas corrientes, de un ataque al corazón, de un derrame cerebral, incluso de cualquier infección rara por la que cualquiera puede ser atacado. ¿Qué harán los médicos para evitar que la muchacha enferme o muera de todas esas cosas y otras que ni siquiera conocemos? ¡Ah! Pero es que los hijos de Angelina no son como los demás, no podrían soportar quedarse sin esa gran madre coraje que gana cientos de millones de dólares por cualquier cosa que hace o dice públicamente. Si, una gran mujer, una gran madre y unos niños que podrían sufrir muchísimo si ella desapareciera. 

  1. El acuerdo generalizado por parte de la prensa de que estamos ante una heroína.

Lo que he llegado a leer, incluso de articulistas femeninas a las que admiro, es que no me lo puedo creer. Si las mujeres de carne y hueso, (no sólo de hueso) tenemos que tener a Angelina Jolie como modelo, entonces “apaga y vámonos”. Pero me preocupa especialmente el efecto de esos mensajes sobre las jóvenes. Sobre todo las que están siguiendo desde hace un tiempo esa moda de querer ser perfectas físicamente y piden a los Reyes Magos unas tetas nuevas, o unos labios como morcillas; o las que piensan cada vez más que si llegan a ser madres no van a ponerse a parir por donde la naturaleza ha previsto, ¿para qué sufrir ese dolor absurdo? Si pueden hacerles una cesárea el día exacto en el que a ellas les va bien para no perderse qué se yo… un fin de semana en Los Alpes, o algo semejante y encima les dejan un vientre de cine para ponerse esos pantaloncitos que tanto molan a la vuelta de la clínica… Vaya, que todo eso es ya muy antiguo, y que les trae al pairo esas retrógradas que siempre están criticándolo todo. Pura envidia, dirán. No hay que hacer caso porque lo moderno, lo verdaderamente guay, es estar a gusto con nuestro cuerpo. ¿Por qué tengo yo que aguantar esta nariz ancha o respingona?, ¿por qué no puedo lucir mi palmito y mis tetas en la playa? ¿Quién ha dicho que yo tengo que sufrir para tener hijos? Todo eso son zarandajas… necedades, simplezas de esas “viejas progres” que no comprenden el progreso y la “liberación femenina”.     

28 de febrero de 2016

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