El amor me precede, la forma me protege: Jean Louis Marion y Von Balthazar, el catolicismo que necesitamos

"El cristianismo necesita a los ateos, porque son ellos quienes recuerdan constantemente a los creyentes que Dios no debe convertirse en un ídolo cómodo ni en una costumbre social", G.K.Chesterton

Una misa en la Catedral de Cádiz.
13 de febrero de 2026 a las 13:03h

El Estado laico supone la neutralidad valorativa de las instituciones públicas con respecto a las distintas religiones institucionalizadas, como las iglesias, pero esto no implica ni ignorancia ni neutralidad valorativa absoluta, sino más bien diálogo y autonomía. De ahí que sea necesario recordar a J. Rawls y su propuesta de construcción de un consenso entrecruzado razonable, basada en un compromiso racional sobre aquel núcleo de creencias que son compartidas por todos o, al menos, que resultan razonables; es decir, aquellas que, en una sociedad dada, todos aceptarían como la posición mínima óptima de la que nadie debería querer moverse, vistas las opciones restantes. Este diálogo es muy importante para legitimar políticamente la base ética sobre la que se sustenta el Estado laico democrático. En el caso del Estado laico español, ese diálogo se debe centrar en las dos confesiones más relevantes, la católica (ampliamente mayoritaria) y la musulmana, debido a la afluencia de ciudadanos procedentes de la emigración en los últimos tiempos.

Este diálogo, orientado a la construcción de ese consenso entrecruzado razonable, tiene que basarse en intelectuales y referentes simbólicos, así como en doctrinas sobre las que asentarse, y es aquí donde aparecen Jean-Luc Marion y Hans Urs von Balthasar como un faro de claridad y libertad interior. Ambos pensadores, aunque desde tradiciones distintas, Marion desde la fenomenología y Balthasar desde la teología católica, comparten una intuición profunda: la radicalidad del amor y del don, junto con la moderación que respeta la forma y la belleza, constituyen medios para preservar la dignidad humana y resistir cualquier intento de reducir al ser humano a objeto de control.

Jean-Luc Marion nos recuerda que el amor es un don que precede al sujeto, un exceso que no se puede poseer ni controlar. “El amor me precede”, afirma, señalando que antes de cualquier acción consciente o decisión moral, ya somos constituidos por lo que se nos da. Este exceso no puede ser apropiado ni domesticado, y precisamente por eso constituye un antídoto frente a los totalitarismos, que buscan colonizar el conocimiento y uniformar la voluntad. En su análisis del amor erótico, Marion va más allá del deseo: amar significa afirmar radicalmente al otro, reconocer su existencia irreductible, decirle que su vida importa y que no será absorbido por la lógica de control del mundo. Amar, en este sentido, es un acto heroico cotidiano, una resistencia silenciosa que desafía toda ideología que pretenda suprimir la libertad del individuo.

Hans Urs von Balthasar aporta un enfoque complementario. Para él, la radicalidad del amor divino se expresa mediante la belleza y la forma, manifestando la revelación de Dios de manera que el sujeto puede experimentar y responder. La cruz, la liturgia, la palabra: en cada uno de estos espacios, el amor se da sin medida y ofrece una experiencia que desborda la racionalidad humana. La estética no es un adorno; es un medio de acceso al exceso del don, un espacio donde la verdad y la libertad pueden desplegarse sin ser absorbidas por sistemas de control. Así, Balthasar nos muestra que la fidelidad al amor y a la forma es también una forma de heroísmo, un acto de resistencia ante la mediocridad, la indiferencia y la uniformidad ideológica.

Lo que une a Marion y Balthasar no es únicamente el reconocimiento de la gratuidad del amor, sino la manera en que esta gratuidad se convierte en resistencia activa frente al totalitarismo. Marion enfatiza la saturación del fenómeno: el amor no cabe en categorías ni puede ser reducido a función o instrumento; Balthasar sostiene que la belleza y la forma preservan lo absoluto frente a cualquier intento de control. Ambos coinciden en que la radicalidad del amor no es un lujo moral, sino una necesidad ética y heroica, capaz de afirmar al otro y mantener abiertos los espacios de libertad frente a las presiones uniformizantes.

En la actualidad, donde las redes sociales, la tecnología digital y los discursos ideológicos ejercen presiones sutiles sobre la opinión y la conducta, las enseñanzas de Marion y Balthasar resultan más pertinentes que nunca. Reconocer que la vida moral y social no se funda únicamente en reglas o agendas políticas, sino en la apertura al don que nos precede, constituye una defensa frente a cualquier forma de manipulación. La belleza, la liturgia y los actos de amor radical se convierten en espacios donde la libertad, la dignidad y la creatividad humana pueden desplegarse sin ser absorbidas por sistemas totalitarios modernos.

El heroísmo de Marion y Balthasar no se manifiesta en gestos espectaculares ni en grandes discursos políticos, sino en la fidelidad cotidiana al amor y a la verdad. Es la resistencia silenciosa que se expresa en el reconocimiento del otro, en la contemplación de lo bello y en la apertura al exceso de lo dado. Su pensamiento nos enseña que la radicalidad y la moderación no son opuestas, sino complementarias: la fuerza del amor se mantiene precisamente cuando se respeta su misterio, su gratuidad y su forma.

La obra de Marion y Balthasar nos ofrece así una brújula moral y estética. Nos recuerda que la libertad del sujeto y la posibilidad de resistir al totalitarismo no se logran solo mediante leyes o revoluciones, sino también mediante la experiencia del don, la afirmación heroica del otro y la fidelidad a la belleza que revela la verdad. En un mundo que amenaza con homogenizar el pensamiento y subordinar la voluntad, su filosofía nos enseña que amar y contemplar es también resistir, y que mantener abiertos los espacios del don, la belleza y la gratuidad constituye la base de toda libertad auténtica.

En definitiva, Marion y Balthasar nos muestran que la salida del totalitarismo no es únicamente política, sino ética, estética. La radicalidad del amor, la saturación del fenómeno, la fidelidad a la belleza y la apertura al misterio nos permiten enfrentar la uniformidad ideológica y la opresión con heroísmo silencioso. En sus enseñanzas encontramos un modelo de intelectual cristiano capaz de ofrecer a la sociedad contemporánea herramientas para la libertad, la resistencia y la preservación de la dignidad humana, recordándonos que el verdadero poder no reside en dominar, sino en amar y reconocer al otro en su gratuidad irreductible.

Jean-Luc Marion sigue vivo y plenamente activo en el plano intelectual; constituye una de las voces de mayor peso en el pensamiento contemporáneo de la Iglesia católica. Y aunque Hans Urs von Balthasar falleció hace ya algunos años, su legado escrito mantiene una vigencia y una importancia extraordinarias. En torno al polígono de ideas que articulan el amor, la donación y la alteridad radical propia de la caridad, se configura una zona de intersección que puede entenderse como un consenso entrecruzado razonable, en el que pueden converger las distintas tradiciones religiosas e incluso posiciones no religiosas.