Una de las fotos del famoso encuentro de Hitler y Franco en la estación de Hendaya, el 23 de octubre de 1940, coloreada por Rafael Navarrete.
Una de las fotos del famoso encuentro de Hitler y Franco en la estación de Hendaya, el 23 de octubre de 1940, coloreada por Rafael Navarrete.

Franco, junto con otros, se alzó en armas contra el régimen democrático y legítimo de la Segunda República, y dice el Código Penal que “quien se alzare…”, así que el llamado alzamiento nacional no fue otra cosa que una rebelión militar, que tras ganar la guerra quedó lavado como un acto heroico. Más que discutible, sin duda. Más aún si observamos con qué energía se acusa de rebelión a unos independentistas que no portaban armas ni las tenían. Pero volvamos a Franco.

El régimen de Franco sometió a España, al menos a una de esas mitades que tienen tantos [email protected] de dividir todas las cosas en dos, a una dictadura que en una de esas fake news previas a las fake news llamó “democracia orgánica”, articulada a través de los tercios en que dividió a la representación social: la familia, el municipio y el sindicato. La soberanía era cosa de la Jefatura del Estado, y aquel que ya no era más un rebelde tenía Potestad Legislativa. Aunque ya sabemos que hasta las noticias ya son cuestión de opiniones, después de que la verdad se haya convertido en una razón disponible.

Pasaron los años y no simplemente, pues pasaron muchas cosas en tantos años. Hubo muchos muertos que no tuvieron entierro ni sepultura, y a los que les pasan las ruedas de los camiones por encima de su esqueleto o cerca. Hubo muertos a los que encontraron en mitad de la calle o en la carretera o en un camino, para que dieran miedo y daban miedo. La guerra se había acabado, los rebeldes ya no lo eran, y los muertos seguían. Y la “democracia orgánica” seguía también.

Pasaron los años, se pudrieron los muertos sin el calor de sus gentes y el rebelde que ya no lo era se hizo viejo, más viejo, más viejo aún y luego se murió. Se murió en la cama. No se murió plácidamente. No se murió como un viejito venerable. No, excepto para los suyos, y ni siquiera para todos los suyos; algunos que lo habían sido ya lo habían ido dejando de serlo.

Unas semanas antes de su muerte por vejez apretó todavía su puño sobre la palanca de la muerte, aunque hasta el Papa le pidió que no lo hiciera, el Papa de la misma Roma a la que dijo servir, de la misma religión por la que declaró su rebelión a su servicio, y que luego ya no fue más una rebelión.

Su bolígrafo garabateó cinco muertes más que se llevó al otro mundo con él, cuando se fue al mundo de las sombras y la oscuridad con sus sombras y su oscuridad.

Fue enterrado en su propio mausoleo, un mausoleo que él mismo previó solo y frío, inadecuado para el héroe que sentía que era y resuelto decidió llenar el mausoleo con otros que le acompañaran en su mundo de sombras y frío, sin pedir permiso en varios casos, según dicen algunas resoluciones, olvidado de los cientos de miles que viven sin sepultura, y que por esto mismo viven.

La democracia parlamentaria y representativa, con su soberanía repuesta en su lugar de origen, decidió poco a poco, muy poco a poco, que la dictadura lo había sido; que la rebelión lo había sido también; que la legitimidad democrática había sido violada; que el entonces rebelde, luego Jefe del Estado, ahora dictador tras un golpe de Estado y una guerra civil, no merecía un mausoleo.

La familia protestó, protestó varias veces, haciendo uso legítimo de su derecho y de la Ley ahora democrática y legítima. El Tribunal Supremo se metió a las cátedras de Historia, escribió un auto en el que nombraba al todavía rebelde Jefe del Estado. Luego el Supremo dio una rueda de prensa para explicarnos la ausencia de malas intenciones por su parte. Pero todos sabemos que los Tribunales de Justicia no hablan en ruedas de prensa, sino en providencias, autos y sentencias.

Mal asunto fue querer cambiar de sepultura a Franco por “extraordinaria y urgente necesidad”, que las prisas son malas consejeras y por las prisas todo ha resultado un enredo. ¿Cómo salimos ahora de este enredo? Pues quizá desandando lo caminado y olvidando por un momento el asunto.

La Iglesia de Roma colaboró activa y necesariamente con la dictadura y con el dictador. En suelo católico está enterrado el dictador. Dejemos que el dictador siga enterrado en ese suelo católico y mostraremos la simbiótica relación con la dictadura. Dado que la misma iglesia católica se resiste a desenterrar al dictador de un mausoleo, y dada la libertad de opinión, siga el dictador en su tumba y siga la Ley de la memoria histórica su trabajo, sin prisas y con divulgación y formación sobre la democracia y lo que fue de verdad aquella dictadura.

Contemos en las escuelas lo verdaderamente ocurrido, para lo cual necesitaremos escuelas públicas.

Somos lo que fuimos, lo que recordamos que fuimos, y es importante no olvidar que hubo una guerra y una larga dictadura de sombras, de oscuridad y de muerte también.

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído