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Poco antes de que concluyera el año anterior tuvimos noticia de que el Juzgado de Instrucción nº 2 de Jerez de la Frontera había admitido a trámite la demanda presentada por la familia Pemán contra la concejala Ana Fernández y la llamaba a declarar el día 14 de este mes de enero. El motivo sigue siendo el mismo de siempre: las declaraciones de la concejala han dañado por lo visto el honor de los descendientes de Pemán. Recordemos que Ana Fernández había dicho públicamente que Pemán era fascista, misógino y asesino.

Sinceramente no se comprende la reacción de la familia. Los que hemos investigado aquellos años sabemos que Pemán fue alguien que se identificó totalmente con el golpe de julio de 1936, que además había propiciado. Basta leer sus escritos antes y después del 18 de julio de 1936. José María Pemán formaba parte del núcleo duro, ultrarreaccionario, al que la República estorbaba desde su proclamación. Me refiero a los sectores privilegiados de la sociedad española a los que pertenecía Pemán. Aquellos que justificaron el golpe y la represión como la “guerra necesaria y conveniente”.

Pero no hay que olvidar dos hechos fundamentales. No estamos ya en dictadura ni en los tiempos dudosos de la transición en los que podía pasar cualquier cosa, de forma que, si seguimos la línea marcada por los más altos tribunales españoles de Justicia, el derecho a la libertad de expresión prevalece sobre el denominado derecho al honor. De forma que hay quien puede decir públicamente que, gracias a gente como Pemán, España encontró su verdadero sentido en la historia, y quien puede decir que la actuación de Pemán en aquellos hechos permite catalogarlo como un fascista asesino. Y ambas opiniones serán igual de respetables en el terreno de la opinión, que es en el que, en general, se ha movido este asunto.

Pero hay algo más. Quien colabora y propaga –propiciándolo– un golpe de estado puede ser considerado responsable de sus consecuencias. Y este es el caso de Pemán. La gente como él no volvía a casa con las zapatillas llenas de sangre de algunos de los paredones de Cádiz; los ejecutores eran otros. Pero Pemán sí fue uno, y no cualquiera, de los que aportaron el sustrato ideológico de la “gran tarea” que había que llevar a cabo, ahora que el golpe permitía lo que de otra forma no hubieran podido hacer. En este sentido Pemán fue un fascista y un asesino y su influencia desborda ampliamente la provincia de Cádiz.

Las consecuencias del golpe las conocemos, empezando por el asesinato de miles de personas, hombres y mujeres, en la zona controlada en poco tiempo por los fascistas. Cuando se produjeron las conocidas matanzas de Madrid, con Paracuellos en cabeza, ya había habido otros muchos “Paracuellos” en la España ocupada por los golpistas. Es más, buena parte de esas matanzas desbordaron ampliamente la barbarie de Paracuellos. Hubo ciudades del sur con muchos menos habitantes que Madrid donde hubo varios “Paracuellos” juntos y sin embargo nadie les ha preparado un cementerio especial. Dichas masacres estuvieron alentadas desde los medios de comunicación por individuos fuera de la ley, como Queipo, y por defensores de la “limpieza” social como Pemán, que advirtió en ocasiones que ésta debía ser a fondo. Como demostró sobradamente el caso español, en modo alguno estaba reñido sentirse monárquico y defender y ser partidario de prácticas fascistas como tantos hicieron en aquel momento. En España abundaron los monarcofascistas. Hasta el ABC de los Luca de Tena se adaptó a los nuevos tiempos. Más tarde, cuando el fascismo ya había cumplido su función, se abandonó y otra vez todos monárquicos.

Lo que comento son hechos comprobados. Cualquier jurista medianamente informado sabe que, hace ya tiempo y salvo casos muy concretos referidos por lo general a la vida privada, en una democracia el derecho a la libertad de expresión está por encima del derecho al honor. Igualmente, hace ya décadas –al menos desde el golpe de Pinochet en 1973– que la jurisprudencia internacional considera responsable de las consecuencias de un golpe de estado a quienes lo han propiciado.

Concluyo. La concejala Ana Fernández puede pensar y decir que Pemán es un asesino. Sus descendientes pueden pensar y decir que se trataba de un patriota, una bella persona y un magnífico escritor merecedor de los máximos honores. Y yo, como historiador, puedo afirmar que el que apoya un golpe de estado tan brutal como aquel, que con su fracaso parcial condujo a una larga y terrible guerra, fue responsable de sus consecuencias. Y, dado que, entre estas, la principal fue la existencia de miles de crímenes alentados por ideólogos como Pemán, éste fue, quiérase o no, uno de sus más conocidos responsables. ¿O es que hay quien piense que con sus terribles arengas y discursos el articulista y “speaker” gaditano no contribuyó a la gran matanza fundacional del fascismo español que causó más de 3.000 asesinados en Cádiz, más de 6.000 de Huelva, 12.000 de Sevilla, etc.? 

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