Marta Sánchez.
Marta Sánchez.

Este es un país de excesos en el que se compite permanentemente a ver quién la tiene más grande. Rufián y Rafael Hernando la malaje, Bárcenas y Correa la poca vergüenza, Cospedal y Soraya las  ganas de arañarse, Pedro Sánchez y Susana Díaz de darse una guantá. De Juan Carlos y Doña Sofia, y los reales odios, hablamos otro día que está calentita la sentencia contra el rapero injurioso.

El toma y daca más divertido ahora es la batalla por ver quién tiene más grande la españolidad, y ahí Rajoy y Rivera están que lo petan. La tienen enorme. Partido Popular y Ciudadanos compiten en la longitud de la vena española y en la cantidad de leucocitos batallando contra los microorganismos patógenos del secesionismo catalán, que amenazan la sagrada unidad de Esspaña. Unos son viejos luchadores desde el españolismo más fascistoide y los otros acaban de llegar y les disputan el terreno empuñando un nacionalismo español menos carpetovetónico y más de diseño. Puigdemont y el procés los han echado a pelear y el resultado ha sido abrumador a favor del españolismo moderno, con una Inés Arrimadas que, teniendo genes auténticamente franquistas y con el marchamo España-Jerez, ha triunfado por goleada y se ha coronado virreina de Cataluña con ñ de España y sin trono.

Y en esa trifulca españolista de la derecha estábamos cuando aparece Marta Sánchez cantando el himno envuelta en gasas —¡madre de mi vida!,  qué grima y vergüenza ajena daba oírla— y los lanza al ring a comparar la dimensión de la bandera roja y gualda que llevan tatuada a sangre y fuego en su corazón esssspañol. Marta, como otros y otras de la farándula, sabe mucho de defender a la patria con una mano y darle coba a Hacienda con la otra, ya sea estableciendo su residencia fiscal en otro país o cobrando en B, como ha dado a conocer el director de la revista Interviú, para la que posó desnuda por 35 millones de pesetas de las cuales 15 se llevó en una bolsa del El Corte Inglés.

Lo cierto es que la susurrada letra del himno, a lo Marilyn y su Happy birthay Mr. President, con fondo de piano ha acabado en un orgasmo de proporciones bíblicas y, de hecho, desde la harca popular, ya se han apresurado a proponer esos versos para sustituir el impagable lolo-lolo-loloro-lololoro-lololoroló... que se consolidó, definitivamente, en Sudáfrica con el gol de Iniesta y al calor del beso en directo de Casillas a Sara Carbonero y del romance de Piqué y Shakira.

Me estoy planteando seriamente una petición en change.org para que no se suprima ni un lorolo a esa no-letra del himno, que lo mismo se amolda a un roto que a un descosido, y al que cada cual le puede poner los versos que quiera: ya sean de reproche o de amor, de piropos o insultos a la patria o a la no-patria. Yo confieso que con el único himno que me he emocionado de verdad es con La Marsellesa, en aquella escena memorable de Casablanca en la que las voces de los luchadores antifascistas de la resistencia apagan los cantos nazis, en el espeso y abigarrado ambiente del Rick Café, en medio de las miradas brillosas de Humprey Bogart y de Ingrid Berman. Y es que la única patria —la proximidad de la primavera me inspira— debería ser el amor.

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