La ciudad no crece

Vista aérea de Sevilla, en una imagen de Flickr.com. Autor: Alexei Malutin

Cambiar alfares por bloques, dejar reducida la consideración a la presencia de grandes edificios monumentales, ha «convertido» la Iglesia y el colegio de San Jacinto, en Sevilla, a «antiguallas» oprimidos por cajas de zapatos con algún saliente pomposamente titulados «terrazas», no importa que en ellas no quepa una silla. Promotoras, constructoras e inmobiliarias no sienten escrúpulos, que no tienen, para renombrar los balcones a su conveniencia con el pensamiento puesto en vender más, engañifa, una más, a la que encima se permiten llamar «márketing». Considerar respetables sólo unos cuantos edificios claramente indiscutibles, ha mandado al  abandono a un barrio entero, salpicado de faltas de respeto en torno a Santa Ana y perdida toda la parte oeste deTriana, desde Pagés del Corro hasta el muro de defensa. Porque aquello carecía de interés, decían y dicen, ahora es un barrio anodino, sin personalidad, adocenado y apelmazado. Pero, eso sí: Sevilla ha crecido. Lo que hay que oír.

Eso dicen de una ciudad que pierde habitantes. 

Hasta en eso creen poder engañarnos. El crecimiento lo marcan el perímetro urbano y el número de habitantes. No el cambio de unos edificios por otros. Sevilla se ha «modernizado», otra vez nos quieren convencer. Más bien engatusar. ¿De verdad piensan que «eso» es modernizar una ciudad? Encastrar paredes lisas en calles de cuatro ó cinco metros, dónde había verdadero juego de volúmenes ¿es modernizar? ¿Sabe el comodón Ayuntamiento desde cuando no crece Sevilla? Al revés, pierde habitantes. Más de la mitad de Sevilla está en el cinturón. Los 500.000 vecinos de crecimiento vegetativo han salido para asentarse en la conurbación que detesta ser Área Metropolitana. Y los ayuntamientos mirándose ¿qué ombligo? y gastando en inútiles tranvías para que otros ahorren en metro. La ciudad está en peligro, pero no sólo en Sevilla: en Écija destruyeron su estructura urbana para abrir una calle recta sin posibilidad de continuidad. Menos mal, ahí se detuvo el destrozo. Málaga está recuperando algo gracias a lo que aparece bajo tierra; tanto que capaces son de no construir más aparcamientos, no se los vayan a aguar los hallazgos. ¿Seguimos? Más vale no hablar de Huelva, que no le han permitido parecer andaluza; de Jerez, ¿y Jaén? Mejor callar para no echarnos a llorar.

Construir, enladrillar y cementar una ciudad se ha convertido en la mejor distracción de arquitectos, estudios de arquitectura e ingeniería, constructoras, promotoras e inmobiliarias, Lo quieren, lo querrían hacer sinónimo de constructivo, pese a serlo de sólo destruir. Las ciudades no se modernizan en su interior, se amplían hacia el exterior. No es lo mismo, porque lo añadido fuera no destruye lo existente dentro. Y la ciudad puede seguir siendo lo que debe ser. Pero hay, parece, un plan preconcebido para romper el carácter, el sentido ético, estético y humano de nuestras ciudades. La capacidad de adopción, el atractivo, la forma de vida, han sido condenadas por el egoísmo de la especulación apoyada por instancias administrativas confundidas, cuando no culpables directas; cuando menos auto obligadas a creer que progreso es igual a sustitución.

La pasión de algunos arquitectos por dejar su impronta pseudo modernista, pareja al error horroroso de «modernizar» cambiando clásico por «moelno», y el apoyo de los colegios profesionales, tan poco profesionales en la conservación de lo artístico, y de ayuntamientos condescendientes con… ellos sabrán qué, está desfigurando las ciudades andaluzas. Las está vaciando de contenido, de sabor, de estructura. De interés. Así el turismo seguirá el ejemplo del medio millón largo de sevillanos largados al cinturón. Pero la emigración de la única industria que quedaba está siendo mucho más lejana. No se  mueve unos kilómetros, se mueve cientos y miles de ellos. El turismo que Andalucía escupe por destruir sus ciudades con el pretexto de «modernizar», no se mueve a otra ciudad de Andalucía. Hay lugares emergentes que conservan su sabor, donde se pueden ver ambientes perdidos en origen.

Y para malhablados, diremos que no buscamos la ciudad perdida, medio derruida por el abandono. Eso buscan los mercaderes de ciudades. La que buscamos es la ciudad reconstruida, con toda su personalidad. Con todo su estilo.

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