Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno.
Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno.

Hace diez meses, después de las elecciones del 20-D, sostuve en este mismo medio que el PSOE no tenía por qué convertirse en un cordero sacrificial (era oportuna la referencia al cordero dado que estábamos en vísperas de la Navidad). Entonces, expuse que se podía formar un gobierno alternativo que incluyera también a Podemos y Ciudadanos, frente a las voces que ya propugnaban una abstención del PSOE en la investidura de Rajoy. No fue posible. Se pueden repartir las culpas por ello, pero creo que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, tiene una porción mayor de la vela en este entierro.

Después del 26-J, vistos los resultados electorales, sostuve que un gobierno de izquierdas o de centro izquierda era imposible por las incompatibilidades cruzadas e insalvables entre las distintas fuerzas, como ya ocurriera en la legislatura anterior, a lo que había que unir que el Partido Popular había incrementado su fuerza parlamentaria notablemente. Nunca he creído en la posibilidad de un gobierno que incluyera a los independentistas. Y no porque considere que son el diablo (bueno, el señor Rufián un poco sí que lo es), sino porque han adoptado una estrategia maximalista y cualquier negociación pasaba por la convocatoria de un referéndum sobre Cataluña.

Ante este estado de cosas, una abstención negociada en la investidura de Rajoy parecía la única opción sensata. Hay quien manifestaba que el PSOE debía mantener su no a Rajoy para así salvar su honor. Es comprensible esta posición, pero sus efectos prácticos hubieran sido unas terceras elecciones y un PP aún más reforzado luego. Con una abstención negociada se podían haber conseguido compromisos sobre la modificación, e incluso derogación, de algunas leyes aprobadas por el PP con su mayoría absoluta.

Pero el duelo a muerte entre Pedro Sánchez y Susana Díaz en el comité federal del sábado 1 de octubre, donde se dirimieron ambiciones personales y se cobraron viejas deudas por promesas incumplidas, dieron al traste con esta posibilidad, dejando al PSOE en una situación de debilidad extrema, sin un liderazgo claro y al borde de la ruptura. El comité federal del dia 23 confirma la división del partido respecto a la investidura de Rajoy. Como es sabido gana la opción de la abstención. De nuevo se vuelve a perder la oportunidad de empezar a “coser” el partido permitiendo una abstención mínima. El objetivo no es otro que rematar a Pedro Sánchez. Ante el dilema de votar que no, desobedeciendo el mandato del comité federal, o abstenerse, y traicionar su propio discurso, Sánchez ha optado por dejar su escaño. Sin duda, abanderar el no en la votación de investidura hubiera desembocado en una ruptura definitiva y una probable escisión. Pero Sánchez quiere liderar el PSOE, no romperlo.

La fractura socialista ha sido también territorial, especialmente grave en el caso del PSC. Pues bien, lejos de intentar restañar heridas, destacados barones del PSOE, como el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, han planteado abiertamente la posibilidad de una ruptura entre ambos partidos. Desde luego, para nada se tiene en cuenta que el PSC puede ser el último puente que queda en pie entre los independentistas catalanes y el inmovilismo del PP.

Al final se ha llegado, por culpa de la ambición personal, la deslealtad, el sectarismo exacerbado y los errores de estrategia, a la peor solución para este partido centenario. Se le ha regalado la investidura a Mariano Rajoy y ha quedado rehén de este, quien, a partir de mayo, puede convocar elecciones en cualquier momento. El partido ha quedado dividido, con la mayoría de líderes territoriales con poder institucional y líderes históricos, como Felipe González, absolutamente desprestigiados, achicharrados, ante la militancia y sus votantes. Y todo ello, a cambio de nada. O de lo poco que, graciosamente, quieran dar.

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