Vacuna contra la covid, en una imagen reciente.
Vacuna contra la covid, en una imagen reciente.

Hace un año rulaba un bulo por internet que decía que en el estado español había 400.000 políticos y que con el sueldo de todos ellos se acabarían los males de nuestra Españita. Esta información no era más que pura propaganda caudillista, no está claro que España tenga a 400.000 políticos en nómina, aunque estaría bien que fuéramos transformando los significados de los conceptos: político/a es el que ejerce la política, sea cual sea el lugar (un desahucio, un movimiento vecinal, un sindicato), y no tiene nada que ver con la pandilla de vende-derechos (que eso de vendepatrias está muy manido) que pululan por península, Canarias y Baleares.

Visto lo visto, podría parecer que al menos 400.000 dosis de la vacuna se la han llevado entre políticos a sueldo, altos cargos del ejército, la casa real, varias comisarías y unas cuantas más que han andado espabiladas, en esa pillería que unxs dicen que es muy ADN escopeta-nacional. El ritmo de dimisiones supera al de todos los graves casos de corrupción de los últimos años porque cuando se juega con la salud se ve que uno asume que dimitir no es un gran problema siempre que salves el culo en una pandemia mundial.

Lo que no está claro es qué va a pasar con la segunda dosis que hay que ponerles y, desde luego, el debate que se abre es interesante: ¿les damos la segunda dosis a esta panda de malnacidos que se han colado frente a las abuelitas de las residencias, médicas, enfermeras, limpiadoras, cajeras… para no malgastar el primer pinchazo o los mandamos a hacer puñeta aunque perdamos un poquito de inmunidad de grupo? Estos sí que son el culillo de las vacunaciones, que diría el consejero Aguirre. Desde luego lo que el cuerpecito me pide es mandarles a picar piedra hasta que se haya vacunado el último recién nacido de Ruanda, pero a veces hay que enfriar la cabeza y pensar a largo plazo y todas esas cosas. Yo y mi maldito mosqueo contra el sistema punitivo.

400.000 dosis –por decir un número– se la han llevado en España aquellos pocos sospechosos de querer romper la nación. No digo yo que no  haya políticos vascos o catalanes saltándose las colas, que no lo sé, sino porque desde luego no hay más que ver el grueso de los casos para darse cuenta de lo de siempre: a los que se les llena la boca con la patria españolísima son los mismos que ejercen el sálvese quién pueda. ¿Habrá alguna correlación?. Será que la pobre idea de España, desde que perdió colonias y se acomplejó con cada paso que daba la historia, no es más que eso: venderse al comerciante más astuto, en este caso al atroz neoliberalismo, y colocar la pulserita en la muñeca de aquellos que a más latigazos la someten. Cuanto más gorda es la pulsera más cuentas en el extranjero tienen. Yo creo que detrás del cuero rojigualdo tienen apuntado el IBAN, de ahí el asunto de los grosores pulseriles.

Los casos que estamos viendo no son ni la cima del Everest. La corrupción sistémica de la patria querida está incluso en los más ruines de los actos. Igual habría que hacer como esos youtubers que se piran a Andorra (y a los que el ministro Illa, antes de dimitir, ha agradecido el favor mandando vacunas al paraíso fiscal en nombre de la solidaridad) que hablan mucho de la tierra sin defenderla y que venden a la bandera que dicen amar por 30 monedas de plata. A lo mejor vender España es lo que nos queda para renacer de las cenizas. O destruirla, que igual sacamos más por la chatarra.

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