Rodolfo Gil Benumeya, un andalucista con Franco

Arabista, periodista, historiador y ensayista, Benumeya trabajó para el Franquismo y se casó con Emilia Grimau, hermana del dirigente comunista asesinado en 1963

Rodolfo Gil Benumeya en una fotografía de archivo.
Rodolfo Gil Benumeya en una fotografía de archivo.

Gil Benumeya, junto con Ignacio de las Cajigas y otros, es un andalucista olvidado. O al menos fue un andalucista de los primeros tiempos, que luego viró hacia otros derroteros bajo la dictadura de Franco, en la que supo moverse entre dos aguas. Fue una personalidad poliédrica: periodista, arabista, historiador, ensayista.

Rodolfo Gil Torres Benumeya nació en 1901 en Andújar, hijo del escritor y senador cordobés Rodolfo Gil Fernández, pero por parte de madre miembro de una familia granadina de origen morisco, los Ben Umayya. Su madre estaba emparentada, en efecto, con el hermano del caudillo morisco Abén Humeya, que encabezó la insurrección de las Alpujarras contra el edicto de expulsión de Felipe II.

Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid (actual Complutense), Rodolfo fue allí alumno de los arabistas Julián Ribera y Assín Palacios. Amplió sus estudios en Argelia, París y Túnez, dedicándose a la investigación sobre temas de historia andalusí y adoptando -se dice- la religión islámica, cosa que se atribuye sin pruebas también a Blas Infante. Hablaba a la perfección árabe y francés, lo mismo que el notario malagueño. Reivindicaba sobre todo el legado andalusí y, como es lógico, la memoria de los moriscos expulsados en el siglo XVII, establecidos mayoritariamente en Marruecos. Para él eran el máximo exponente de los vínculos históricos y culturales que unían las dos orillas del estrecho, a las que consideraba como un todo desde el punto de vista geográfico e histórico, separado artificialmente tras la desaparición de Al-Andalus. De ello habla por ejemplo en su obra La identidad andaluza y sin duda esas ideas influyeron en el líder de Casares, que lo cita con admiración en su obra “Fundamentos de Andalucía”, edición de 1984 (pp. 201-202):

Más de un millón de hermanos nuestros, de españoles inicuamente expulsados de su solar -las causas de los pueblos jamás prescriben- hay esparcidos desde Tánger hasta Damasco, según me comunicaba hace un año uno de nuestros más fervorosos paladines, el infatigable y culto Gil Benumeya. El recuerdo de la patria…lejos de esfumarse se aviva cada día más en este territorio actual vivo de mis generaciones de desterrados. Ellos constituyen, por reconocimiento de los pueblos fraternos que los mantienen en su hospitalidad, la élite de la sangre y del espíritu en las sociedades de esos países.

Es bien conocido el viaje que en 1924, en plena dictadura primorriverista, realiza Infante a Agmat, al sur de Marrakesh, en busca de la tumba del rey poeta Al-Mutamid, muerto en el destierro, y en el mismo pasaje que acabamos de reproducir tiene a continuación un recuerdo para los judíos expulsados, a quienes considera igualmente miembros amputados de Al-Andalus.

Blas Infante en Agmat.
Blas Infante en Agmat. Como el Padre de la Patria Andaluza, Benumeya visitó la tumba de Al-Mutamid.

Por contra, en 1925 Benumeya es enviado a Marruecos por Miguel Primo de Rivera para dirigir un periódico español, y desde entonces se vincula a las instituciones del Protectorado español del país magrebí, ejerciendo allí diversos cargos relacionados con la cultura, la prensa y la educación hispano-musulmanas, además de ejercer como vicesecretario general de la Casa Universal de los Sefardíes. La cuestión sefardí, al igual que a Infante, le ocupó y preocupó siempre.

Sin embargo, las noticias sobre el personaje son dispersas, y es difícil reconstruir su paso por el Protectorado y por países árabes como Egipto, Argelia o Túnez. En todo caso esto le permitió escribir sobre el nacionalismo árabe, el panarabismo y el panislamismo, escritos que llegaron a la Alta Comisaría. A comienzos de la década de 1930 propone la creación de centros culturales en el Marruecos español, medidas posteriormente adoptadas por el alto comisario Juan Luis Beigbeder después de 1936. Desconocemos la relación exacta entre ambos, pero no debió ser superficial. Beigbeder -más conocido ahora por la exitosa novela y serie televisiva El tiempo entre costuras de María Dueñas- fue el más culto de los generales africanistas y hablaba con fluidez árabe y francés. Precisamente a su intermediación y a sus buenos oficios se debió la participación de tropas marroquíes junto al ejército golpista y la de aviones alemanes e italianos.

En 1936 Benumeya es enviado a El Cairo en “misión cultural”, —no sabemos si puso desempeñar otro tipo de “misiones”—, con lo que escapa a posibles represalias en España tras el golpe fascista. En la capital egipcia, entre 1938 y 1940, fue profesor de español en la Residencia de Estudiantes marroquíes y colaborador de la Universidad de Al-Azhar. El lugar era entonces punto de reunión de exiliados de varios países árabes y en ella pudo conocer por ejemplo a Abdelkrim al-Jattabi, líder de la sublevación rifeña de los años 20.

En 1940 es nombrado lector de español y árabe en Argel, y en 1942 se establece definitivamente en Madrid, donde fue miembro del Instituto de Estudios Políticos, colaborador de la oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, de las revistas Africa y Arbor del CSIC y de los informativos de RNE.

Tuvo pues que moverse entre su dependencia de un régimen como el franquista, tan poco dado a los devaneos independentistas, la colaboración con el Protectorado marroquí y su simpatía por los nacionalismos del Norte de Africa. Este difícil equilibrio se refleja en su extensísima bibliografía, donde siempre tiende puentes entre las dos orillas del Estrecho: Marruecos andaluz, Estampas marroquíes, Hispanidad y arabidad, Andalucismo africano, España dentro de lo árabe, Claroscuro andaluz, etc. Otra de sus más importantes líneas de trabajo fue la de la vinculación árabe y hebrea con América Latina (a partir de la segunda mitad del siglo XIX hubo una importante migración desde Marruecos a Brasil, Venezuela o Argentina).

Lorca en los jardines de la embajada de España en Montevideo en 1934, en una foto del Centro Federico García Lorca.
Benumeya entrevistó a Lorca en La Gaceta Literaria

Entre sus muy abundantes textos periodísticos destaca una famosa entrevista —ahora que se han cumplido 85 años del asesinato del poeta— a García Lorca en La Gaceta Literaria, donde se aborda un tema muy querido para ambos, como lo fue también para Infante: el del cante flamenco.

En 1930 Gil Benumeya se había casado con Emilia Grimau, hermana del dirigente del PCE Julián Grimau, fusilado en 1963 por el régimen franquista. El dictador le pidió un gesto de condena contra su cuñado, a lo que siempre se negó, por lo que sufrió un ostracismo que le llevó a desvincularse de las actividades en nuestro país. Con Emilia Grimau había tenido un hijo, Rodolfo Benumeya Grimau, también excelente escritor y arabista.

Desde 1962 trabajó en el Despacho de Prensa de la embajada de la República Árabe Unida (entonces Egipto y Siria) en Madrid, de la que en 1966 recibió una condecoración, así como en 1970 la española de comendador de la Orden de Africa. Murió en Madrid en 1975 por causas repentinas.

La idea que predomina en su obra es la del necesario diálogo entre Oriente y Occidente, diálogo del que por desgracia hoy estamos más lejos que nunca. Si la derecha española siempre fue pro-árabe (es sabido que el marroquí Ben Mizzian fue uno de los principales generales de Franco), la fobia al moro en la que se empestillan los discursos de la actual extrema derecha no tiene sentido y no responde a la verdad histórica. Al final de su España dentro de lo árabe (1964, Madrid) Benumeya, parafraseando a uno de los personajes teatrales de Lope de Vega, se atreve a afirmar:

También los moros de España,

Somos, Bernardo, españoles

 

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