María del Mar Moreno (Jerez, 1973) parafrasea a Cortázar cuando dice que es una pena venir a este mundo para no poder ser. Lo va a decir al final de esta entrevista, cerveza mediante, frente al Teatro Monumental, en la frontera entre el barrio de Las Letras y Lavapiés. A sus 44 años, con los pies molidos desde que se subió a un escenario con diez años y después de 17 años con su propia compañía de baile, después de bailar en teatros de medio mundo, y de haber impartido clases en Milán, París, Burdeos, La Valleta y Jerez, donde su empresa tiene la sede, la bailaora entrega ahora su magisterio un fin de semana al mes en uno de esos templos sagrados de la historia de la danza y el baile flamenco del último medio siglo en España, la escuela madrileña de Amor de Dios. Medalla al Mérito en las Bellas Artes, da escalofríos pensar que por sus clases han pasado maestros como Antonio el Bailarín, Luisillo, Pilar López, Gades o Carmen Amaya. Con esa historia y ese prestigio, no es extraño que nos encontremos a la artista jerezana como una niña con zapatos nuevos.

"La vida te lleva de forma natural a que se alineen los planetas y aquí estoy, emocionada con la acogida", cuenta nada más encender la grabadora. Recuerda que al volver de París la primera vez, con apenas 17 años, le dijo a su madre: "Mamá, aquí me aburro...". Y, desde entonces, no ha parado de volvar y de vivir en constante amor-odio con la tierra que la vio nacer, como muchos otros que cabalgan a caballo entre las raíces y el desarraigo. En el fondo, matiza, "soy muy apegada a mi tierra, la llevo por bandera, pero al final siempre me ha gustado crear, ser inquieta y aquí —por Madrid, donde trasladara su residencia a final de año— hay una serie de posibilidades que hay que aprovechar. Uno siempre tiene que volver a sus sueños".

Y los sueños de María a veces son frenéticos. Hasta 2001 fue la primera bailaora de la compañía de Manuel Morao. En paralelo, se licenciaba en Filología Hispánica por la Universidad de Cádiz. En los años en los que inició el camino en solitario con compañía propia, con la que ha producido siete espectáculos hasta la fecha, también tuvo tiempo de sacarse un máster en dirección de empresas en la Cámara de Comercio. Ha recibido premios y galardones —Copa Jerez de la Cátedra en 1999 o Premio del Público al mejor espectáculo en el IX Festival de Jerez—, y ha participado en documentales internacionales sobre el arte jondo y como invitada en las más prestigiosas escuelas y conservatorios de música y danza del mundo: desde el Instituto del Mundo Árabe en París hasta el Instituto Cervantes de Bremen.

Ahora en Amor de Dios, rodeada de sus alumnas, María del Mar tiene al lado a su cantaor de cabecera, Antonio Malena, para profundizar en los estilos de Jerez: Frijones, la Moreno, Marrurro, Loco Mateo... "Para ellos eso es un universo desconocido, hacemos trabajo técnico y de estilos del baile, pero desde esa forma jerezana de entender el baile. La gente flipa y es muy fuerte que muchos, y eso que tienen nivel avanzado, no conozcan a esos cantaores". Aquí llega su primer lamento, casi como una seguiriyera. "Estás en un epicentro flamenco y, desgraciadamente, eso no se conoce. Hay un gran conocimiento técnico, los pies muy veloces, las piruetas, pero por desgracia veo que hay un desconocimiento grande de la cultura flamenca. No hablo de ortodoxia, ni heterodoxia, pero sí de una cultura flamenca. Les da miedo pararse, templar… pero al mismo tiempo, me emocioné justamente por eso, porque la gente me dice que ha venido por obtener ese conocimiento".

Qué opina, usted que es maestra, de los que dicen que el flamenco no se enseña.

Se enseña todo. Todo. Más que maestra, me gustaría que me llamasen transmisora o portadora de experiencias, emociones, vivencias... pero todo absolutamente, aunque haya gente que venga más predispuesta genéticamente, se aprende. Desde que abres los ojos, aprendes. La forma de aprender es diferente: porque lo has visto desde niña o porque ves tutoriales de internet. Todos los hijos de Antonio Malena saben cantar, pero que luego quieran cantar o no, ellos lo eligen. Pero es lo que han escuchado siempre. Ahora bien, eso de decir que yo soy artista porque mi madre me ha parido artista… Yo soy el resultado del aprendizaje, de la enseñanza y de la transmisión de haberme podido arrimar siempre a los mejores artistas, compañeros y personas. A mí Manuel Morao, La Paquera o Parrilla no me han dado clases, pero simplemente con escucharles ya me han enseñado. Mi padre estaba siempre preocupado por que tuviera estudios universitarios pero vengo de ese equilibrio porque bebo también de la tradición oral. Necesito esa conjunción. A mí los tontos graves y los listos aburridos me dan mucho coraje. Me encanta leer a Sartre pero a veces me dicen algo por la calle y pienso esto es Nietzsche puro.

Uno se hace artista por lo que ama. No puedo creer que Picasso no amara la pintura de Velázquez

¿A quién vio bailar por primera vez?

Yo era muy chica, con unos cuatro o cinco años y supongo que fue en una Fiesta de la Bulería. Era un cuadro de gente de Jerez que me impactó, con gente como Tía Juana la del Pipa y Terremoto. Y desde niña me gustó muchísimo Ana Parrilla. Con 11 años, en mi primera actuación, estaba al lado mía Sordera con Manuel Morao. Eran los últimos coletazos del España-Jerez. Al año siguiente, me llamó Parrilla de Jerez gracias a cruzarme en el camino con esta maestra de maestras que es Angelita Gómez. He tenido esa suerte.

¿Es más importante ser aficionado que artista?

Claro, antes uno es amante de algo. Uno se hace artista por lo que ama. No puedo creer que Picasso no amara la pintura de Velázquez. El verdadero artista creo que no piensa en el resultado de su obra sino en hacerla. He sido mucho más feliz en ensayos que en un estreno. Me apasiona más pelearme creativamente que luego el escenario. 

¿Qué le molesta del mundo del flamenco?

En general, me molesta la sociedad en la que estamos y el flamenco es un reflejo de esa sociedad. Nos hemos convertido en mercenarios. No es nuevo, la humanidad ha ido tratando siempre de sacar partido económico o de poder a lo que hace. Me molesta la ignorancia y hace falta más verdad; poner el flamenco al servicio de la política o de la economía… Lo más grande del ser humano es la predisposición a hacer el bien, a amar al otro, y a crear arte. Ese arte nace del amor y de la necesidad de transmitir lo que uno lleva dentro. Entonces, no puedo explicarme cómo se mete eso en un paquete de mala política e intereses.

¿Le cansa la moda?

La velocidad de nuestro tiempo no significa que no nos guste Rembrandt o Velázquez, yo busco en el arte lo atemporal, la eternidad de la emoción, lo que no tiene ismos ni modas. Lo que sigue emocionándome, como una seguiriya de Manuel Torre, que me parece de lo más contemporáneo que puede haber. No hay nada más desfasado que estar constantemente buscando eso que llaman innovación.

Usted, el 16 de noviembre, Día del Flamenco por coincidir con la fecha en la que la Unesco lo declaró Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, va a leer un manifiesto en un acto organizado por el Ayuntamiento de Jerez. ¿Qué es lo primero que le viene a la cabeza? 

Que hay una especie de despotismo ilustrado, todo para el flamenco pero sin el flamenco. Los más maltratados seguimos siendo los flamencos y el flamenco.

 "He cometido fallos como todo el mundo, sobre todo por lo que he callado y he otorgado cuando no tenía por qué, pero ya no hay que tener miedo"

¿De qué no tiene miedo ya?

Creo que estamos muertos de miedo los que no tenemos que tenerlo y no tienen miedo los que tendrían que tenerlo, que tienen muy poca vergüenza. Esto es muy fuerte. Con respeto y educación, como dice mi padre, se puede decir todo. He cometido fallos como todo el mundo, sobre todo por lo que he callado y he otorgado cuando no tenía por qué, pero ya no hay que tener miedo. ¿De qué? Yo me alimento de pan tostado con café y sigo siendo la niña de la Pita. Paso fatigas para llegar a fin de mes y para pagar la hipoteca, como muchos otros. El exceso de todo, tanto de lo mucho como de lo poco, no tendría que existir.

¿Usted es política?

En política, soy de las que confía y de las que creo que quieren hacerlo bien cuando llegan. Y lo que me duele es poner esperanzas de que todo vaya a ir mejor en personas a las que, no sé por qué, se les enciende la bombilla del poder y se les olvida que no son nuestros dueños, sino nuestros empleados. En el flamenco, hemos pasado de ser a los que se llama, a ser nosotros los que tenemos que llamar, a competir por presentar proyectos e invertir todo en tus producciones, autoproducirnos nuestros discos… Papas hay para todo el mundo, como en el campo, pero el problema es que está mal repartidas.

Explíqueme qué es para usted la pureza.

En México, la gente dice “esto es puro arte, es pura belleza, esta persona es pura…" Cuando utilizo esa palabra, y el que me conoce lo sabe, nunca la empleo en sentido excluyente. ¡Si yo no sé de dónde vengo! Me encanta hablar de pureza como esa esencia que está desde que se creó el mundo hasta que esto desaparezca; es la esencia del cariño, de la bondad, de la verdad… Si te gusta echarle kétchup al jamón de pata negra, perfecto, pero a mí me gusta lo auténtico. Hay tiempo para todo, también para tomarte un Tío Pepe con Casera, y a lo mejor no vas a escuchar a Agujetas en un chill out al lado de la playa, pero que una cosa no mate a la otra y no se confunda a la gente. No meta usted esto en el mismo saco porque esto que canta este hombre se ha mantenido casi en el mismo estado después de siglos. ¿De dónde vendrán esos romances de Agujetas el Viejo? Eso no se puede perder, ahí está nuestra identidad, ahí está el origen. Hay pueblos que defienden ese origen a muerte. En México, como te decía, te quedas muerto con cómo defienden la herencia. ¿Por qué nosotros renegamos del cante de Marrurro y lo metemos en una lata para que no se conozca? Muchas veces renegamos de nuestro ADN y yo lucho porque todo eso no se muera.

"A lo mejor callar cuando no hay que callar es una forma de dar ojana"

¿Ha sentido discriminación en el mundo del flamenco por no ser gitana?

Yo, sinceramente, no. Jamás he sentido discriminación por ser gachí. Al principio, no sabía ni cuál era la diferencia. Soy una enamorada de los gitanos y creo en la humanidad. No le pido el carné a nadie, está el que me emociona y el que no.

¿Y el peso del machismo?

Eso sí lo he sentido y hay mucho trabajo que hacer. Pero no en el flamenco, ¿eh? En general. El flamenco no es más machista que otras cosas. Te puedo decir que, dentro del flamenco, nunca he sentido el machismo, pero sí en otros ámbito, digamos, con mucha cultura y pedastal. Por ejemplo, entre los empresarios. Lo que más llevo, por circunstancias, son hombres en mi compañía, y solo he sentido respeto y admiración. En el mundo del flamenco, en general, igual. Pero sí me han cogido el cachetito en una reunión de empresa para decirme qué pasa, chiqui, cómo estás… y he dicho ya no vengo más. A mí no me coge el cachete nadie.

¿Cuándo fue la última vez que dio ojana?

Nunca he dado ojana, pero sí me he callado cuando me tenía que callar y eso me da coraje. No me gusta dar ojana, me entran sarpullidos, caigo mala, me entra fiebre. Pero a lo mejor callar cuando no hay que callar es una forma de dar ojana.

¿Cuándo la vanidad y el ego le preguntan qué les responde?

Qué va, yo creo que mi mayor pecado, en un momento dado, puede ser la soberbia, pero viene de la inseguridad. Dudo de todo. ¡Ay!, esto no lo hecho bien… Soy tan introvertida que muchas veces no hablo por no molestar y eso, a veces, hace que la gente crea que es por soberbia. Con ego, mi carrera no sería la que ha sido y la que es.

¿Con qué ha soñado últimamente?

Con ser libre de todas estas cosas que te estoy diciendo, a ver si lo consigo. Me pierdo cosas que me podían venir bien por miedo y pudor.

¿Quedan soníos negros en el flamenco de hoy?

Claro que sí, y a lo mejor quedan en el sonido más blanco que te puedas imaginar. Cuando hablo de soníos negros no es por el sonido en sí, sino por lo que encierra ese sonido. María Callas tiene el sonido más negro del mundo. ¿Y si no es sonío negro puro La Zaranda qué es? Yo lo veo más bien como pellizco, duende, algo intangible que no se puede explicar y que, en un momento dado, te lo puede dar uno de Nueva York. No distingo los ecos, hay personas que tienen pellizco andando o mirándote, pero hay otras que, ya se pueden vestir de Armani, que no lo tienen. Y a mí buscar eso es lo que me mantiene viva.

 "No distingo los ecos, hay personas que tienen pellizco andando o mirándote, pero hay otras que, ya se pueden vestir de Armani, que no lo tienen"

¿Para qué no tiene edad?

Ayyyy… para justificarme tanto. Pido permiso hasta para pedir café. Se lo digo a mi padre: qué bien me has educado, papá, ¿me das permiso ya? Es bonito, por una parte, porque me mantiene niña, pero ¿pedir permiso por existir…? Eso me viene de familia. Y la verdad que ya no tengo edad para estar pidiendo tanto permiso. ¿Te ha molestado? Perdona, pero es que me ha salido decir ¡qué me dejes!

En el fondo, quiere decir que no tiene edad para no ser usted misma.

Claro, y yo soy impulsiva, soy muy niña, siempre tiendo a decir lo que siento, mi verdadero yo es muy locaína, y claro, llega la sociedad y te impone que así no. Ya no tengo edad para no ser yo misma. Y como decía Cortázar, es una pena venir a este mundo para no poder ser.

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