prendi08
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Aquella mole barroca acaba de arriar justo delante nuestra. Es casi un milagro que sea justo aquí ante cientos y cientos de almas apiñadas. La marabunta que acompaña a quienes trasiegan el misterio desde por la tarde se agolpa casi en el mismo punto. La calle Ancha se estrecha hasta cortar la respiración. Serán casi las tres de la madrugada, entrados ya en el Jueves Santo. Sigue el bullicio, siguen saliendo vasos de tubo de plástico con cubatas y prosigue el ritual profano: el costalero que tras el relevo se fuma con su novia un cigarro, la niña nazarena con el capirote bajo el brazo que discute con sus padres, el que mira la imagen del paso desde su móvil, los grupitos de adolescentes maqueados como pavos reales, la señora a la que le duelen los pies de los tacones y no se queja, el agente de la autoridad que regula el tráfico con aire cansado, está el extranjero desubicado y el (falso) señorito engominado, el hombre que da la camballada imposible... Entre lo barroco y lo kitsch, entre lo refinado y lo vulgar. La cosa da para un estudio sociológico muy amplio. Todos tan a lo suyo como el agua que chorrea en la céntrica fuente romántica de la plaza que distribuye las calles que bombean la sangre del barrio.

Desde arriba, la luna se llena lentamente y la mirada de la talla sin autor definido se torna entre desafiante y piadosa. Entonces, aunque el jaleo estalle, el silencio manda. "Amos allá los lecos...", jalea alguien desde el fondo. Tomasa Guerrero Macanita, que ha logrado retener un poco más el misterio, abre el pecho frente por frente al Señor del Prendimiento. "Al son de roncas trompetas, a la voz del pregonero...", se acuerda de Manuel Torre, que era de La Plazuela pero que cantaba saetas, según cuenta la leyenda, como nadie en el mundo. "Qué alegría de voz. Ole mi Tomasa...", siguen jaleándola. Se oye al capataz dirigirse a la cuadrilla, escrupuloso con la hora oficial de recogida: "Meeenooosss". Mientras las andas se levantan a pulso, el responsable del paso sigue con sus instrucciones: "De frente, po-co-a-po-co...". Desde atrás, siguen los jaleos: "Toma que toma, ole las gitanas que cantan bien, ole las rancias, échale leña, aguanta ahí hermana...". "...El pueblo se escandaliza. Y el pueblo se alborotaba... y al ver la muerte amarga de Jesús del Prendimiento...". Acaba la saeta. Ovación cerrada y más jaleos: "Bien, Tomasa, bien; bien Tomi..." Y ella espeta al capataz: "¡Qué bulla tienes hijo!". Si difícil es describir todos los pequeños grandes detalles que simultáneamente suceden durante una saeta, "cantar es rezar dos veces", que diría San Agustín, casi imposible es explicar con palabras todo el significado que encierra esa sentencia final de la cantaora de Santiago.

https://youtu.be/JcDiReiouPs

Si fuera posible algo tan imposible como la eternidad, parafraseando al maestro Enric González, una de las cosas a las que se parecería mucho aquella sería a la recogida del Prendimiento, del Prendi para sus devotos. Eternidad contaminada por el implacable paso del tiempo. Eternidad revestida de tradición, al fin y al cabo. Delante del maltrecho monumento al conquistador Álvar Núñez Cabeza de Vaca y de un pedazo de lienzo de muralla almohade con más de 850 años de historia lleva un lustro instalando Diego su churrería cada Semana Santa. "Ojalá gaste los 200 sacos de harina que tengo ahí, éste es el mejor día de esta semana", asegura mientras seca el sudor de su frente dentro de su propia liturgia consistente en freír el máximo de churros en una noche. "El Prendi es de los mejores que hay en Jerez, ¿no? Es de los mejores", resume un tipo próximo al tenderete en una extraña e incomprensible competencia ajena para el foráneo y más propia de rivalidades futbolísticas. Cruzas de acera en la misma calle Ancha y puedes leer Bar Gitanería en pequeñas placas de azulejo colocadas en la fachada. Es, junto con El Arco, uno de los puntos de referencia del castizo barrio.

"Me ponía la estampa con el olivo en la academia y allí le cantaba yo mi saetita", dice Mateo Soleá. 14 años lejos de su 'Prendi' por trabajar en Suiza

Mateo Soleá, su propietario desde hace cinco años -tomando el testigo del mítico bar Canaleja-, recuerda cómo se perdió 14 recogías de su Prendi por estar trabajando en una academia flamenca de Suiza. "Me ponía la estampa con el olivo en la academia y allí le cantaba yo mi saetita". ¿Cómo explicar lo inexplicable? El seguiriyero lo intenta: "Para el gitano de Santiago este día es muy especial. Lo vivimos a todo velamen. Vamos desquiciados desde por la mañana, con los ramos de flores, con las túnicas de nazareno... Somos únicos con el Prendi. De aquí nos hemos ido cantando y bailando a las ocho de la mañana, el Prendi nos da muchas vivencias y mucha alegría. Cuando se recoge, nos venimos de fiesta a cantar y bailar hasta que venga el lechero".

Santiago, en ruinas desde hace 320 años. Y ahí sigue

Este arrabal de extramuros, levantado en el siglo XIV al Noroeste de la muralla que fortificaba la urbe andalusí, no pierde su esencia desde que Alfonso X ordenara construir una ermita que acabaría teniendo pintaza de catedral y que acumula a sus espaldas el récord de 320 años en riesgo de ruina, según recoge el estudio Los problemas estructurales de la Parroquia de Santiago de Jerez, de Ángeles Álvarez Luna, José María Guerrero Vega y Manuel Romero Bejarano. Su modelo arquitectónico, más acertado al parecer que su desarrollo constructivo, fue la Catedral de Sevilla y en su interior albergaría desde 1660 a la hermandad de Nuestro Padre Jesús del Prendimiento, María Santísima del Desamparo y Apóstol Señor San Pedro.

Atestado aspecto que presentaba este Miércoles Santo, ya entrada en la madrugada del jueves, la plaza de Santiago vista de la capilla del asilo de San José. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Desde el principio pareciera que esta hermandad, fundada por canteros y albañiles y refundada por gente pudiente, se hubiese abrazado al espíritu nómada y enigmático de la etnia gitana que tanto fervor profesa a sus imágenes titulares. Llegó a extinguirse y a reinventarse en apenas un siglo -de finales del XVIII a finales del XIX-, y desde entonces ha vivido un peregrinar entre templos del entorno -San Marcos, La Victoria, asilo de San José- para buscar cobijo frente al mal bajío casi crónico que aqueja a Santiago. Del último y actual exilio, por cierto, se cumplen este mes de abril diez años ya. Nada de ese pasado centenario y turbulento parece importar en la concentración masiva de la recogía del Prendi un Miércoles Santo más.

Pataíta por bulería en plena fiesta a las puertas de Gitanería, en la 'santiaguera' calle Ancha. Es Juan Soleá el que canta. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Arremolinadas en la puerta de Gitanería, un grupo de vecinas de Santiago, jóvenes y de mediana edad, aguardan la llegada de la procesión. Son fanáticas del Prendimiento, "del señor de los gitanos". Se echan un cantecito por tangos, aunque alguien las interrumpe con sorna reclamándoles otro estilo flamenco más autóctono: "Niñas, cantad un poquito por lo nuestro, un poquito por bulerías hijaaa...". Una de las vecinas es una señora de la calle Nueva llamada Ángela, que se autodefine como "de Jerez y de Santiago pura". "De toda la vida he vivido aquí, para mí este día es el mejor del año: desde por la mañana hasta que se recoge la Virgen del Desamparo. Mi padre me sacaba de chica con mis hermanas y lo vivía con la misma profundidad que ahora. En mí no ha cambiado nada, lo vivo todo exactamente igual". Otra cosa es el barrio, con una ruina social y económica estructural -muy similar a la del resto de Jerez- casi pareja a la de la Iglesia de Santiago. Ángela lo certifica: "El barrio, tú sabe... De paro estamos estancaíllos, hay poco trabajo. No estamos bien pero vamos tirando". O sea, seguiriya y bulería. Tragedia y alegría. La vida misma.

En el interior del bar, recogidas sus mesas y sillas para que entre más gente, apilados los vasos de plástico y bien colocadas las botellas de alcohol, hay un enorme trasiego de idas y venidas. Nadie debate si la talla del Prendimiento pertenece a Luisa la Roldana, tal y como se le atribuyó en su día, o es de Camacho de Mendoza. Juan Junquera ensaya ante amigos, familiares y aficionados la saeta que cantará en un rato ya delante del paso. "La saeta tiene mucha, mucha guasa", asegura tajante Mateo Soleá. "Soy muy responsable -agrega-, y para cantar una saeta hay que encajarla y doblarla bien, y llevarla arriba. Y si no, no la cantes porque para que se ría la gente de uno... Si yo hiciera la saeta como la seguiriya, que me rebusco y no veas, no tendría problema". Recuerda a Curro de la Morena, José Vargas El Mono y su hermano Ángel... Las saetas que se cantaban antes ya no se cantan porque no está ninguno, están todos muertos: El Serna, Terremoto, Diamante Negro... Fallecieron todos. Y la nueva ola tampoco está".

Cuando Camarón conoció al 'Prendi'

Santiago abrió sus puertas, la del Olivillo concretamente, en 1479 para que los Reyes Católicos entraran pacíficamente en Jerez. Cuatro siglos después, también fue epicentro de la revuelta popular conocida como el Motín de las Quintas, en 1869. Numerosos indignados levantaron barricadas en la plaza para protestar por el servicio militar de siete años que había que realizar en guerras coloniales en América y Filipinas. Más de medio centenar de muertos fue el saldo de aquel levantamiento en un barrio acostumbrado a tambalearse sin rendirse nunca. El antiguo arrabal, con un pasado tan diverso, tan de raíces, tan legendario, es un imán para otros flamencos y artistas de fuera. Lo mismo el mediático Miguel Poveda descubrió los entresijos de la bulería en la tristemente desaparecida peña Los Juncales de calle Nueva, que Rocío Jurado y Camarón se abrazaban al Prendimiento cada Miércoles Santo.

El Prendimiento, a punto de recogerse, en una vista desde el interior de su sede provisional (desde hace 10 años) en el antiguo Hospital de La Sangre del siglo XV. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Testigo de aquello fue el chiclanero Alonso Núñez Rancapino, que está con Diego Carrasco, su hijo Alonso, y otros amigos sentado en una mesa del enorme salón interior de Gitanería. Traje de chaqueta negro. Camisa blanca y corbata negra, sonriente, se le ve feliz a sus 70 años por poder volver a estar cerca de su Prendi una Semana Santa más. "Cada vez que puedo he venido", dice mientras se le acumulan los recuerdos en la cabeza. "Tengo un recuerdo muy grande y cada vez que vengo me acuerdo porque venía con mi José, con mi Camarón, y veníamos a ver al Prendi y de ahí hasta por la mañana. Ya íbamos a gusto cuando se recogía, y salíamos cantando uno por un lado y otro por otro. Una vez Tío Gregorio, Tío Borrico, por la gloria de mi mare, hasta se cayó de lo emocionado que estaba y lo cogimos José y yo. Yo le he llegado a cantar al Prendi por bulerías. José decía que era precioso. Qué gitano es, decía, y le cantábamos por bulerías".

"Es muy difícil que un gitano pida al 'Prendi' trabajo, le pide salud, mucha salud, lo otro ya vendrá...", replica entre risas Rancapino

¿Por qué esta imagen y no otra? "Es que en esta imagen está todo: el Prendi es el Prendi, no he visto cosa con más fuerza y más de verdad, creo que está cantando, o no sé si está bailando. Tiene compás... Cuando ves a esos gitanos alrededor cantándole por saetas, por bulerías, repartidos... Otros llorando... es que el Prendi es la verdad de nosotros los gitanos". A su lado, su hijo Alonsito, al que también le ha inoculado su devoción por el Señor de Santiago: "Los niños vienen también y se ponen a rezarle, se ponen a pedirle cosas: dadnos suerte, salud, vida..." ¿Y trabajo, no? "Mira, es muy difícil que un gitano pida trabajo, le pide salud, mucha salud, lo otro ya vendrá...", replica entre risas. ¿Qué significa aquí el Prendimiento? Diego Carrasco se queda mudo y espeta: "Sin comentarios". Silencio. "Para mí, ahora mismo, el Prendi es él", señala a Alonso antes de golpear con sus nudillos la mesa y dedicarle una letrilla a compás.

Juan Carlos [email protected] Núñez Rancapino escucha a Diego Carrasco, este Miércoles Santo en el bar Gitanería de Santiago. FOTO: JUAN CARLOS TORO

En el exterior, se oyen entre el bullicio las cornetas y los tambores. El paso cada vez está más cerca. La fiesta en la puerta del bar ya es imparable. Juan Soleá habla en sus letras de su tía Rafaela, de Juana la del Pipa, de su mare María, "que formaba el alboroto", de su tío Terremoto, de Paula en la torería... Juan Junquera, que sigue calentando la voz para más tarde encarar la saeta, mete por bulerías una letra de villancico navideño alusiva a la discriminación histórica sufrida por el pueblo gitano. Una leyenda urbana al menos aquí en Santiago, donde las razas, las emociones, los colores y los cuerpos se difuminan bajo el manto eterno del flamenco. Así lo siente Francisco, que viene expresamente de Huelva cada Miércoles Santo a ver al Prendi. Camisa roja y pantalón blanco -los colores de la hermandad-, "esta imagen me transmite todo lo que es Santiago y el arte que regaláis en esta tierra.

Conozco gente de mi tierra a la que se lo he recomendado y ha venido alguna vez, pero yo es que vuelvo todos los años. Todos los años es diferente, en cualquier momento salta un chispazo de mucho arte, aquí la gente es muy cariñosa y muy entrañable, todos te acogen muy bien". Santiago está que se cae. Hay un silencio solemne y sobrecogedor por encima del gentío popular. El gran silencio. La fiesta está en plena calle, la procesión va por dentro. El monumento pisa firme la tierra a golpe de llamador. Las cuatro patas del paso reposan a un metro de donde estamos. Quizás todo tenga sentido.

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