Lucha y compromiso en la vida de una misionera jerezana que “veía a los niños morir cada día”

María del Carmen Vega escribe sus experiencias y reflexiones tras partir con su marido a Ecuador hace 42 años, servir a los demás en Venezuela y dedicarse a proyectos sociales desde la pedanía de Cuartillos

María del Carmen Vega Mestre, la misionera jerezana que escribe libros desde Cuartillos.
María del Carmen Vega Mestre, la misionera jerezana que escribe libros desde Cuartillos. MANU GARCÍA

Sopla el viento en una casita de Cuartillos. En la pedanía se respira calma un día cualquiera en el que un matrimonio muy unido recuerda toda una vida. Sentados a la sombra, los jerezanos María del Carmen Vega y Antonio, conocido como Cuqui, se sumergen en recuerdos. “Hay veces que me pongo a mirar atrás y se me ponen los vellos de punta”, suspira ella. Son una de las pocas parejas que han vivido su vocación misionera. Se han quedado cuando todos se van. Ya no quedan muchas personas con su coraje, dispuestas a la entrega desinteresada y a darse a los demás como lo hicieron estos cristianos de corazón que, con apenas 23 años se marcharon a Ecuador como misioneros.  

En octubre de 1979 decidieron viajar con una organización seglar-solo había dos- al otro lado del charco. “Desde que éramos unos críos teníamos eso en la cabeza. Todavía no salíamos juntos y ya cada uno por separado lo pensaba. Cuando empezamos a salir con 16 años, esa idea se fue fraguando”, comenta María del Carmen. Por aquel entonces, ya habían contactado con grupos que trabajaban en África y América Latina, y en cuanto tuvieron la oportunidad, se lanzaron. “Lo que nos movió fue el querer compartir y luchar con la gente, teníamos entusiasmo y apasionamiento”, expresa la jerezana.

La escritora jerezana en su casa de Cuartillos.
La escritora jerezana en su casa de Cuartillos. MANU GARCÍA

Con ganas de convertir el mundo en un lugar mejor, aterrizaron en un lugar que les arrojaría penas y alegrías para siempre. “Cuando nosotros nos fuimos mi padre nos dijo: - ¿sabes lo que a mí me da más pena? Que vas a ver cosas que no vas a poder olvidar en toda tu vida”, dice. Conscientes de que la experiencia les iba a cambiar su modo de mirar, se acostumbraron a la cultura, a tomar chicha – bebida fermentada-, y a mantener los ojos bien abiertos.

“Mi padre me dijo que iba a ver cosas que no iba a poder olvidar en toda mi vida”

Durante un año y medio vivieron en la selva, en plena Amazonía, donde trataron con comunidades indígenas como los Alamas, en una zona cercana a la frontera de Perú a la que solo se podía acceder con avioneta. “Nos impresionó que había ancianos que se ponían de rodillas y nos besaban la mano porque éramos misioneros, incluso nos decían su reverencia y vuecencia”, cuenta María del Carmen regalando un relato vital conmovedor. En las profundidades de la selva, todo era muy diferente. “La diócesis era muy arcaica, con una mentalidad impresionante, justificaban un montón de cosas que para nosotros era injustificable”, añade.

Por ello, pronto se trasladaron a la Sierra, en Los Andes y a otros puntos del país donde sus manos eran esperanza. En sus periplos humanitarios conocieron el trabajo de Monseñor Leonidas Proaño, considerado el obispo de los indios y, en aquella época, nominado al Premio Nobel de la paz. De esta forma, descubrieron un movimiento más abierto, una diócesis más internacionalista en la que “las decisiones se tomaban en asamblea”. Según cuentan, “no es frecuente que haya una verdadera estructura democrática donde todos somos iguales”.

Detalle de las manos de María del Carmen.
Detalle de las manos de María del Carmen.  MANU GARCÍA

A María del Carmen y a Antonio les llamó la atención la labor comunitaria que llevaban a cabo y se entregaron de lleno a la causa. Su diócesis estaba integrada en el movimiento de la teología de la liberación, tan extendida en la época y tan olvidada en la actualidad. Un movimiento potente que se salía del tiesto y desafiaba a lo común. “La idea era encarnar el evangelio en la lucha de la gente, por entonces allí había muchas dictaduras. Descubrimos un cristianismo integrado en la realidad que vive la gente. No aparte. Este intentaba liberar a la gente de esa religiosidad alienante que había desde la colonia”, explica la jerezana.

“Descubrimos un cristianismo integrado en la realidad que vive la gente, y no aparte”

Otra forma de vivir la fe que convivía con los sectores más tradicionales. Según comentan, “también había clero que no quería saber nada de eso, solo decir sus misas y cobrarlas”. Entre vivencias, el matrimonio detalla la inmensa labor comprometida que realizaron aquellos años de sudor y valentía. Las necesidades primarias no eran cubiertas y la explotación estaba a la orden del día. En un contexto de dificultades, los jerezanos ayudaron a la alfabetización, a hacer papeles para reivindicar situaciones o a atender enfermos.

La educadora social durante la entrevista.
La educadora social durante la entrevista.  MANU GARCÍA

“Una de las cosas más impactantes era ver a los niños morir todos los días. Llegamos a enterrar a 9 niños de una misma familia. Era una realidad muy fuerte”, recuerda María del Carmen con la mirada perdida. El sarampión o, mayoritariamente la disentería acababa con la vida de los más pequeños. Se les partía el alma, tomaban aire y seguían ayudando.

Algunas cosas los dejaba “con la boca abierta” y otras les producía admiración, como el trabajo comunitario y la solidaridad de los anónimos. “Nos quedábamos a dormir en sus casas y si tenían dos mantas, una era para nosotros. La comida igual, de su mismo plato te sacaban un trozo. Compartían lo que ellos necesitaban, no lo que les sobraba como hacemos aquí”, añade Antonio, atento a las palabras de su compañera de vida.

“Nos volvimos porque teníamos muchos problemas de agotamiento"

Fueron casi seis años de misión, de sensaciones y de batallas que, al final, terminaron pasando factura. “Nos volvimos porque teníamos muchos problemas de agotamiento, habíamos visto situaciones muy duras y estábamos mal de salud”, explica el matrimonio, que se mudó a Cuartillos en el año 1985. Necesitaban una parada, no podían seguir así. Pero su vocación era tan fuerte que, tras cuatro años de dedicación social en la pedanía, aceptaron volver a América Latina.

La misionera cuenta sus vivencias a lavozdelsur.es
La misionera cuenta sus vivencias a lavozdelsur.es. MANU GARCÍA

Esta vez, sus esfuerzos fueron luz en una zona semiárida de Venezuela, donde, mediante una federación de cooperativas, prestaron su ayuda y colaboración una vez más. Las frases de María del Carmen vuelan con el viento. “Era un país completamente distinto, en vez de mirar a América Latina, miraba a Estados Unidos. Había mucha corrupción a todos los niveles y otros problemas, y decidimos que ahí no queríamos que estuvieran nuestros hijos”. Así, el matrimonio optó por volver a Jerez antes de los tres años de compromiso fijados, una decisión que chirrió en la diócesis, que había pagado sus billetes de ida.

Los vecinos se percataron de que, esta vez, la diócesis no estaba por la labor y, antes de que se pronunciara, las familias se organizaron para realizar colectas. La pedanía se volcó con la pareja que tanto había dado sin pedir nada a cambio, y facilitaron su vuelta.

“Aquí veíamos mucha desesperanza, la gente no creía ya en casi nada”

A su llegada, María del Carmen y Antonio sufrieron un choque de realidad al pisar suelo andaluz. “Lo pasamos muy mal porque no nos readaptábamos. Aquí veíamos mucha desesperanza, la gente no creía ya en casi nada, había muchas depresiones”, expresa la jerezana con un hilo de voz. En América Latina, “el subcontinente de la esperanza”, pese a que la vida era más difícil, la gente “luchaba por cambiar la situación”. En cambio, aquí era complicado sentir ese espíritu. Pese a todo, la pareja continuó implicada con el tejido asociativo de Cuartillos y llevando a cabo proyectos de cooperación. Además, María del Carmen, maestra y educadora social, se embarcó en talleres de autoempleo e iniciativas con ONGs y promoción de la mujer.

María del Carmen en el jardín de su casa.
María del Carmen en el jardín de su casa. MANU GARCÍA

No se separó del mundo rural y participaba en todo lo que podía. Incluso, junto a Antonio y otros familiares, puso en marcha hace 7 años un piso de acogida para inmigrantes extutelados que dormían en la calle. “Son chavales perdidos a su suerte con un submundo detrás. El que tengan un espacio es importantísimo. Nos dimos cuenta de la necesidad de referentes que tienen, de personas a las que agarrarse y aprender cosas”, afirma la misionera, que siente que “ha servido”, sobre todo, “para que no terminaran haciendo idioteces”.

La mayoría de los 36 menores a los que les dieron una oportunidad ahora están integrados y con un puesto laboral, algo que le llena de satisfacción. “Ya tenemos nietos negros”, dice con una sonrisa de oreja a oreja.

La vida da muchas vueltas y los contratiempos, a veces, aturden. Al matrimonio les sorprendieron varios problemas de salud que, les han obligado a tener que bajarse del carro y mantenerse al margen. “Siempre tengo esa sensación como de culpabilidad por no estar haciendo más, porque en el mundo hay tanto…”, reflexiona María del Carmen durante una agradable conversación.

Libros publicados por María del Carmen Vega.
Libros publicados por María del Carmen Vega. MANU GARCÍA

De talante inquieto, la jerezana decidió darle rienda a su imaginación y engancharse a lo que ella llama su “vocación burguesa”. La escritura se convirtió en una “válvula” a la que le ha cogido el gusto. Ya lleva cinco libros publicados en los que, con un estilo sencillo, refleja sus peripecias y pensamientos. Se estrenó con En un lugar de los Andes (2011), lleno de anécdotas y “meteduras de pata” en Ecuador y elaborado gracias a los escritos, memorias y casetes grabados en esos años.

Su segunda obra Calle es mi nombre (2012) está dedicada a la realidad que viven los inmigrantes extutelados mientras que La despensa de la experiencia es un estudio realizado con Cáritas sobre la historia de los mayores de la comarca rural de Jerez. Con Volver a las raíces (2015) dio a conocer su visión sobre la Iglesia “con amor y con dolor” y, finalmente, en tiempos pandémicos ha publicado Una mujer vintage (2020) centrado en su época, en la lucha de las mujeres por encontrar su sitio en la sociedad, la bomba atómica o la guerra fría. “La historia de amor es un pretexto para entrar en otros temas como las diferencias de clase”, explica la escritora.

Tras repasar cada paso que ha dado hasta casi cumplir 65 años, manifiesta: “Hemos sido muy brutos, hemos querido hacer muchas cosas”. No parar.

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Comentarios (1)

Francisco Hace 10 días
Magnífica entrevista. Orgullosos de tener este matrimonio amigo en Cuartillo. Estupendo libro vivencial de este matrimonio luchador en Latinoamérica y en Cuartillo. Gracias
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