El ‘Cerro del Arte’: mosto, flamenco y atardeceres únicos

La viña Santa Isabel se convierte en un rincón sin igual cuando llega la época del jerez joven. La vivienda de Antonio es lugar de peregrinación de quienes buscan pasar un buen rato entre amigos

Cante en el Cerro.  Foto:Juan Carlos Toro
Cante en el Cerro. Foto:Juan Carlos Toro

Que no había mujer buena / iba diciendo la otra tarde / volví la cara patrás / y me encontré con mi madre / de pena me eché a llorar”, se arranca Paco por fandangos. Su amigo Cala le replica: “Tus labios tienen solera / como el vino de Jerez / tus labios tienen solera / ven y bésame otra vez / que emborracharme quisiera / de tus labios mujer”. El pique se puede prolongar toda la tarde. De hecho lo hace. En el Cerro del Arte el tiempo es relativo. Nadie mira el reloj y las horas pasan en un abrir y cerrar de ojos. Es la magia de este punto de la campiña jerezana, situado en la viña Santa Isabel, en el pago Carrascal, donde se llega después de pasar por caminos llenos de baches, aunque eso no es impedimento para que en la época del mosto muchos peregrinen sin pensárselo hasta este santuario del jerez joven, el cante y el toque. La sensación al salir de allí es la de haber vivido algo único. No hay comparación posible.

El coche queda a buen resguardo, hay sitio de sobra para aparcar, y en el pequeño lagar esperan Antonio, el dueño; su yerno Miguel; Enrique… Los anfitriones acogen a todo el que llega como si los conocieran de toda la vida. El mosto pronto empieza a correr. Es el combustible que mueve a los presentes en la casa de Antonio Guerra Berraquero, el artífice de esta bendita locura que han venido a llamar el Cerro del Arte, cuyas paredes están repletas de retratos de muchos de los que han pasado por allí, de toreros, personajes del flamenco, y también hay poemas, de un amigo de la casa, algunas imágenes de vírgenes, recortes de periódico, y un mueble que hace las veces de cocina, donde todo el que quiera puede preparar la comida que lleve. “Para comer no se olviden traer... aceite y sal”, avisa un cartel.

"Para comer no se olviden traer... aceite y sal", pone en un cartel en la 'cocina' del 'Cerro del Arte'

En el fondo, cerca de la barra, Antonio, que está a punto de cumplir 85 años, espera a los visitantes. Rara es la tarde que no pasa en el lagar que tiene junto a su vivienda. De hecho es la primera imagen que puede encontrar todo el que llega, al bueno de Antonio sentado en su butacón, junto a una candela de picón. “Como trabajaba con el ganado siempre me levantaba muy temprano, y ya me he acostumbrado, a las siete ya estoy encendiendo la candela”, cuenta risueño. Él, dice, todavía se atreve a marcarse de vez en cuando algún “cantecito”, de cosecha propia: “No vengas con tonterías / ni presumas de grandeza / tu casa es como la mía / un paraguas, media mesa y cuatro sillas partías”.

 

Fue Antonio quién, hace 50 años, empezó a darle forma a lo que hoy es el Cerro del Arte, un apelativo que, por cierto, se lo puso un gaditano. “Vinieron un padre y un hijo, se hartaron de comer y beber y a la hora de pagar debían cuatro euros, por los dos litros de mosto que se habían pedido. No se lo creían. La semana siguiente vinieron otra vez. Me preguntaron cómo era posible. Pues porque uno trae una morcilla, otro un chorizo, otro un guiso… y comemos todos. Otro día vinieron y trajeron el letrero con el nombre y comida para todos los que había, diciendo: Esto no lo he visto en mi vida”, cuenta Antonio. Es un buen resumen de la filosofía que reina en este rincón de la campiña.

En esta especie de comuna hippie viñista, la casa pone la bebida y el visitante la comida, que puede cocinar allí mismo. Eso hacen los caballistas que, cuando lavozdelsur.es visita el Cerro, están degustando los caldos de Antonio, uno de los mejores de la zona. Mientras la carne se va haciendo poco a poco en el fuego, la guitarra empieza a sonar y se escuchan los primeros cantes. “Este mosto hace milagros, venía sin ganas de cantar y mírame”, dice Cala, uno de los que anima el cotarro.

Antonio, propietario del 'Cerro del Arte', almorzando. Foto:Juan Carlos Toro

Viene con su amigo Juan Seisdedos —apodado así por los pequeños dedos que le salen de los meñiques de sus manos—, ambos miembros de la peña El Perro de Paterna de Guadalcacín y visitantes habituales del Cerro del Arte. “Mi abuelo Antoñito es el mejor de España entera, hace 30 años que lo llevo viendo ahí”, dice Cala, que no habla mucho, prefiere cantar. Lo mismo le da bulería, que fandangos, tangos o villancicos jerezanos. Pero también para, claro: “Vamos a hacer una pausa, que los flamencos también comen”.

Atardecer único. Foto: Juan Carlos Toro

Pero el arte vuelve a brotar en breve. Juan, con la guitarra, acompaña los cantes de Paco y Cala. “Que por pintar a una mujer / a un loco le dio la manía / por pintar a una mujer / y cuando pintá la tenía / le puso un letrero a los pies / ya me tienes como tú querías”, se arranca el primero, que no para e intercala protagonismo con su amigo. Hasta se arranca por alegrías, un palo que no ha tocado nunca. “En los líos que me metéis…”, dice quitándose las gafas de vista. “Tengo que atacar”, se le escucha susurrar, y le da la réplica. El pique es eterno. No hay cita que frene el ambiente que se genera en el Cerro del Arte. De hecho, Juan y Cala han quedado con unos familiares, pero para cuando guardan la guitarra y se despiden ya llevan tres horas de retraso… La demora está justificada, con estos mimbres es normal que no se quieran ir, o directamente no puedan, su público los reclama.

Juan 'Seisdedos', guitarrista: "El mosto me va divino, subo como la espuma, me hace levantarme el ánimo"

La guitarra sigue sonando, empieza a escucharse otro cante. Esta vez, una letra de Luis de la Pica. Juan, el Seisdedos, se luce con un punteo que alaban los presentes. “Me gusta mezclarme con gente que sabe de flamenco”, confiesa. En el Cerro del Arte está encantado. “Cantas con mucha pureza”, le dice a Paco, un parroquiano firme defensor del cante jondo. Pide que lo dejen solo y se arranca: “Quiso escribir el poeta / el amor que sentía / más cuando vio que la gente / del amor se reía / lloró, el poeta lloró..." Juan respeta su petición.

Solo los nudillos de Paco, marcando el compás, le acompañan. El resto escucha. Luego hay una merecida pausa. Juan, el guitarrista, es asiduo del lugar. “Aquí me junto con unos amigos y echamos un buen ratito de flamenco”. ¿Cómo influye el mosto en el cante y el toque? “A mí me va divino”, dice Juan, “subo como la espuma, me hace levantarme el ánimo, el sentimiento”.

Entre cante y vaso de mosto, entre tapa de tortilla y croquetas, entre aceitunas y papas aliñás, va cayendo la tarde. El atardecer es espectacular. El sol, anaranjado, no tiene prisa en esconderse y lo hace por detrás de las viñas que rodean al lugar, con la música de fondo. Al este, Jerez y su campiña; al oeste, Trebujena y las marismas. “Aquí encuentran lo que no hay en ningún lado”, dice Antonio, el propietario, que no puede llevar más razón. Es difícil explicar qué se puede uno encontrar en el Cerro del Arte. “Es arte puro. Familia. Amigos. Compañeros. No hay más palabras”, resume Enrique, amigo de la familia, que hace una última petición: “El reportaje lo tenéis que traer impreso y enmarcado, para que lo leamos todos”. Eso está hecho.

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