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El perfil de la presidenta andaluza por los compañeros de CTXT.

Si se puede definir el populismo como una identificación emocional con los instintos más básicos de los ciudadanos para sacar un provecho político, en Andalucía tenemos un Gobierno populista-presidencialista, dirigido por Susana Díaz, que debería estudiarse en las universidades. No ya por el hecho populista en sí, sino por la paradoja que en el resto del país envuelve a este Gobierno: si en Andalucía impera una imagen de la presidenta como una persona poco refinada en sus gustos culturales y de formas públicas toscas, en otros lugares y ámbitos de poder más allá de Despeñaperros, nuestra presidenta es considerada una mujer de Estado, un animal político, alguien capaz de liderar un país tan complejo como el nuestro. Populista aquí, estadista allí.

Unos días antes de las elecciones autonómicas andaluzas de marzo de 2015, Pepa Bueno entrevistó a Susana Díaz, a punto de salir de cuentas. Al preguntarle la periodista cómo se encontraba, la presidenta dijo su primera frase en antena: “Bien, el shisharito que llevo dentro me da mucha fuerza”. Enseguida me acordé de un episodio contrapuesto. Hacía poco que el hermano del presidente Rajoy había muerto por un cáncer relacionado con el tabaco, y alguien –que torpemente desconocía ese hecho al ir hablar con él– le preguntó en una entrevista por qué había dejado de fumar puros, a lo que el presidente respondió alegando que llegó a una edad en la que pensó que “lo mejor es dejarlo”. Ni una palabra de su hermano. Una populista que no duda en usar cualquier circunstancia personal en su provecho; un conservador que sí lo hace.   

Y es que Susana Díaz parece que tiene, al menos, tres disfraces: el de presidenta de la Junta; el de secretaria general del PSOE-A y el de aspirante a la Secretaría General Federal. Con el primero apenas mete patas, y juega la baza política de la respetabilidad. Con el segundo se ha labrado una fama de mujer de ordeno y mando desde que fuera secretaria de Organización de las Juventudes Socialistas de Andalucía; nadie discute su eficacia como gestora, aunque tampoco son muchos los que niegan que su arma es el miedo y no la persuasión. Estos dos primeros trajes se los ha hecho ella, y sus méritos tendrá. Pero, ¿qué ocurre con el tercero? ¿Quién se lo ha hecho? ¿Cómo es posible que se hable de Susana Díaz como un bálsamo capaz de curar todos los males del PSOE como si fuera De Gaulle llevado al poder en volandas en el 58?

Cuando la presidenta habló del “rumbo claro” que, en contraposición al PSOE federal, los andaluces sí ven en el PSOE-A como justificación de los 15 puntos de diferencia que han sacado a Podemos en la región, no pude dejar de pensar en esa parodia del grupo humorístico argentino Les Luthiers sobre un cantautor del que un crítico dice: “Sabe conmover a su público, tiene muy claros sus objetivos: sus canciones tristes son para llorar, y sus canciones alegres… también son para llorar”. Sólo un apparatchik a sueldo se cree lo del “rumbo claro”. Soy capaz de recordar medidas de la Junta de Manuel Chaves, de José Antonio Griñán, pero ninguna de Susana Díaz.

La justificación de la permanencia del PSOE en Andalucía es mucho más sencilla, e incluso los que hemos pasado hace poco los 30 podemos llegar a entenderla: está muy reciente aún el recuerdo de la miseria y el atraso, que en Andalucía se asocia con los señoritos de derechas. Y se asocia con toda la razón, además. Eso, y algunos aciertos del PSOE —si no, seríamos Sicilia, y no lo somos—, hacen difícil que aquí no gane un centro izquierda al que se le perdonan muchos errores. Las pensiones no contributivas, el AVE, las carreteras comarcales, los ambulatorios y hospitales, las Casas de la Cultura, todo forma parte del haber del PSOE para muchos andaluces. Que el PSOE gobierne Andalucía no es un misterio sociológico, por más que a muchos desagrade. Su balance es positivo, pero a eso Susana Díaz no sólo no ha aportado votos, sino que los ha restado. Ahí están los sondeos de la campaña electoral de marzo de 2015 para atestiguarlo: cada día de campaña era un día perdido para el PSOE.    

Griñán, un personaje de Shakespeare

En Andalucía hemos pasado de tener un presidente melómano, asiduo a los balcones y las butacas de los teatros, lector de teoría política y novela decimonónica, a una presidenta rociera, cofrade y de gustos culturales escasos, si alguno tiene, porque esto sí que lo desconocemos. Cabe preguntarse entonces por qué eligió Griñán a Díaz como sucesora, siendo su némesis política y personal. Precisamente por eso: si el primero acabó derrotado por el poder, dejando atrás viejas amistades, desacreditado políticamente y con un horizonte judicial incierto fue porque no poseía las virtudes —o la falta de ellas— que se requerían para sobrevivir políticamente en el lodazal de la Junta de 35 años de gobierno monocolor, con sus lealtades e intereses bien anclados. Las virtudes —o la falta de ellas— que sí vio en Susana Díaz, porque ésta no había hecho mucho más que aprender a vivir en ellas desde su primera juventud. Un Ratzinger que se retira a sus lecturas teológicas, asqueado de la Curia y convencido, si no de la imposibilidad, sí de su incapacidad para cambiar las cosas, y que da paso a un papa peronista que en una retórica sin fin enmascara una realidad que no cambia tras unas palabras algo más amables.

Griñán es, sin duda, el personaje trágico de la política española, a la espera de sumetteur en scene. Desde su brillante discurso de investidura —donde se atisbaba una izquierda reformista y libre de algunos tabúes sagrados para el PSOE-A— hasta su paseíllo humillante ante el Supremo para declarar por los ERE y los cursos de formación, hay toda una Odisea que resume bien las patologías del poder. Esas patologías en las que Susana Díaz parece moverse con especial agilidad. Esas patologías que son la esencia de las asociaciones juveniles de los partidos. Porque, claro, ¿si no se mueve ahí, dónde se mueve? ¿En un debate sobre la mecanización del trabajo? ¿En un simposio en inglés con inversores internacionales? ¿En unas charlas sobre el futuro de la socialdemocracia en la UE tras la globalización tecnológica? Cuesta imaginárselo, la verdad, en alguien que, según contó el periodista Ramón Lobo en un perfil de la presidenta, hace ver que le caemos bien como periodista llamándonos “canijo”.    

Ante esto, es inevitable pensar que las fuerzas vivas del PSOE han hecho un acto irreflexivo aunque comprensible. De supervivencia, puro instinto. Hemos perdido, ella ha ganado. Ergo, ella ganaría. Una jugada cortoplacista que no sólo es errónea (hagan la prueba: ¿quién que no haya votado ahora al PSOE lo haría con Susana Díaz de candidata?) sino que aboca al PSOE a un estado de ansiedad y de depauperización de ideas irreversible. Cualquier proyecto para revitalizar el PSOE requerirá muchos años, por los errores propios —el mayor de ellos, la irresponsabilidad de Rubalcaba al presentarse al congreso de Sevilla— y por las dudas inherentes a la socialdemocracia y el centroizquierda en todo el mundo, que aún está en un proceso de redefinición después de haber conseguido casi todo su programa fundacional.  

El PSOE no puede entrar en una histeria 'florentinesca' y cambiar de entrenador cada año que no hay títulos. Hay riesgo del PSOE de Queiroz. Si el PSOE se exige tan poco a sí mismo y a su líder, seré un socialdemócrata más que no encuentra su sitio. Si Susana Díaz es la solución, sólo me quedará pensar que yo soy parte del problema. 

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