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Se hace cada vez mas urgente repensar el proyecto europeo.

Ocho años después del estallido de la presente crisis económica aquella consigna que repetíamos en el largo verano de 2011 se demuestra con toda su crudeza. Efectivamente, “no es una crisis, es una estafa”. No cabe duda de que íbamos bien encaminadas respecto del problema. Apuntábamos a la utilización de la crisis para aumentar las esferas de actuación y enriquecimiento de los poderes financieros con la destrucción de las rémoras del Estado del bienestar y a la utilización de la crisis para maximizar el trasvase de rentas del capital al trabajo, sin embargo, desenfocábamos parcialmente al culpable.

Durante años hemos centrado la crítica más contundente en dos focos. Por un lado, hemos apuntado a la responsabilidad de los organismos financieros internacionales, como el FMI y su participación en la Troika; por otro lado, y en especial en los últimos años, hemos dado la batalla en el ámbito del Estado, en la política y nuestros políticos, como si un cambio de fichas del juego pudiera cambiar el tablero y las normas del juego. Pero los acontecimientos en el ámbito europeo de los últimos años nos demuestran que esto no es necesariamente cierto, las fichas nuevas pueden ganar una partida, pero si las reglas son las mismas seguirá ganando la banca. Y el tablero y las reglas del juego en nuestro caso las marca la Unión Europea.

No es fácil generar grandes consensos criticando a la Unión. No es un enemigo común sencillo de identificar porque su coraza de legitimidad ha sido cuidadosamente construida y su armadura jurídica es, a estas alturas, casi perfecta. De hecho, a pesar de llevar años sacrificando nuestros derechos sociales y laborales por la salvación del Euro y bajo la batuta de la Comisión Europea, solo el 18% de las y los españoles tienen una imagen negativa de la UE y dos de cada tres apoya la Unión Económica y Monetaria y la moneda única, superando con creces el apoyo que le presta a ambas cuestiones el conjunto de la población europea.

El problema, por tanto, es enorme. O bien evitamos la crítica a la UE para intentar conseguir cambiar rápidamente las piezas del tablero, arriesgándonos a que una eventual victoria sea pírrica y quede hipotecada por la imposición de las medidas aprobadas en Bruselas (escenario bien conocido en Grecia); o bien nos cargamos de razones y enfocamos el objetivo a alcanzar diciendo claramente frases que a cualquier spin doctorle parecerían inasumibles: “Con esta UE no podemos”. Es muy probable que el camino del medio sea el adecuado y que aun cuando la primera estrategia (no hablar de la UE) se ha demostrado fracasada la segunda no sea de manera inmediata la más conveniente. En cambio, y de cara a seguir plantando las bases para la generación de procesos de transformación desde abajo, es necesario fomentar la crítica a las instituciones y políticas de la Unión a través del fomento de debates y difusión de textos críticos y de alternativas para que, llegado el momento, podamos enfocar públicamente y en común al enemigo. Pero también hay que tener en cuenta que los tiempos no son lineales, que se pueden condensar, estamos ante momentos convulsos en donde los procesos se pueden acelerar, buena prueba de ello es el recientemente referéndum del Brexito este mismo septiembre la repetición de las elecciones en Austria. Acontecimientos políticos que pueden determinar nuestros debates incluso antes de que los realicemos, es mas urgente que nunca tener presente Europa en nuestras reflexiones políticas.

Razones para la crítica nos sobran, la Unión Europea sigue empeñada en ser el mayor generador de euroescepticismo al poner en práctica el conjunto de políticas que están llevando a la pauperización de las mayorías sociales en Europa, la extensión de la xenofobia institucional, al auge de la extrema derecha y a perpetuar el desastre humanitario en nuestras fronteras. Y lo cierto es que, hasta el Brexit, ninguna de las consecuencias en términos de derechos sociales o dramas humanitarios parecía hacer mella en el inquebrantable armazón de la UE. Al contrario de lo que podíamos pensar la crisis que nos ha marcado los últimos ocho años, lejos de debilitar las políticas neoliberales ha supuesto por el contrario un refuerzo brutal de las mismas. Un espaldarazo y una justificación para las políticas de austeridad, los mecanismos de gobernanza económica y los planes de ajuste estructural, el discurso de la necesidad de la Europa-fortaleza o las nuevas negociaciones de tratados de libre comercio como el CETA o TTIP.

Como hemos recordado en muchas ocasiones, las llamadas “políticas de austeridad” son en realidad un plan estructurado para el control de la actuación de los Estados miembros tanto en el ámbito económico como en el estrictamente social y laboral pero también en ámbitos como la sanidad o la educación. El pasado 28 de mayo la Comisión Europea publicó el programa de reformas que debe abordar cada uno de los Estados miembros de la UE (excepto Grecia) entre lo que queda de 2016 y 2017, las llamadas “Recomendaciones por País”. Croacia, Francia, Portugal, España y el Reino Unido se encuentran todavía sujetos a un mecanismo específico (procedimiento por déficit excesivo) mientras que Grecia tiene una situación particular porque está sometida a un programa de ajuste macroeconómico. En concreto, para Portugal y España, la Comisión ha recomendado la corrección del déficit mediante el uso de las reformas estructurales que sean necesarias y la aplicación de todos los recursos extraordinarios a la reducción de la deuda y del déficit. Además, en el marco del mecanismo de control del déficit excesivo, hemos vuelto a ser objeto de examen y esta vez de multa. La Comisión Europea insiste en que el Gobierno español de Rajoy no ha adoptado las reformas que se le exigían para respetar los límites de gasto indicados en la Recomendación del Consejo de 21 de junio de 2013. Ni la reforma para rebajar la cuantía de las pensiones ni los recortes en las administraciones públicas han sido, según la Comisión, suficientes para satisfacer las exigencias de la UE, que obligará (sea del color que sea el próximo gobierno) a implementar más recortes.

Por su parte, Grecia sigue siendo un Estado intervenido por los acreedores, hasta el punto de la imposición encubierta de un cuarto memorándum que deja al pueblo griego en una situación de pauperización acelerada insoportable, sabiendo además que ni su gobierno ni su parlamento están según el programa que presentaron para pedirle el voto a su ciudadanía, sino bajo la batuta de la Comisión, de Alemania y del FMI.

De esta forma, la generación de desigualdad y la pobreza se han convertido en el objetivo y en la prueba más palpable del secuestro de la democracia y las instituciones por parte de las élites como denuncia el informe de Intermón Oxfam (Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica). En este contexto de creciente desigualdad es en donde la pobreza se construye como enemigo, pero en realidad el objetivo no es tanto acabar con la pobreza como acabar con los pobres. Hemos pasado de atender la pobreza desde la extensión del Estado social, a combatirla desde la profundización de un Estado policial que estigmatiza y criminaliza a las personas empobrecidas. Ante la imposibilidad de solucionar la inseguridad derivada de las políticas de ajuste y austeridad, de la precarización del mercado laboral y de la pérdida de derechos y prestaciones sociales, se estigmatizan fenómenos como la migración o la pobreza.

En este sentido, la propia gestión de la crisis de los refugiados con el cierre de fronteras es una consecuencia directa del orden que imponen las políticas de austeridad que, mas allá de los recortes y privatizaciones, son, como afirma el economista Isidro López, la "imposición" para un 80% de la población europea de un férreo imaginario de la escasez. Un "no hay suficiente para todos" generalizado, que fomenta mecanismos de exclusión que canaliza el malestar social y la polarización política por su eslabón más débil (el migrante, el extranjero o simplemente el "otro"), eximiendo así a las élites políticas y económicas responsables reales del expolio. La campaña delBrexit ha sido un buen ejemplo de cómo la polarización política se puede expresar de forma contradictoria en una revuelta anti-establishment como una combinación de nacionalismo excluyente, demagogia antiinmigración y hartazgo ante la desigualdad social.

Los mismos que hoy lloran el Brexit y se preguntan cómo la extrema derecha ha conseguido canalizar el voto protesta contra estas instituciones europeas, hace un año chantajeaban y vulneraban la voluntad popular griega amenazando con el Grexit, obligando a la firma de un vergonzante y terrible tercer memorándum. Una medida que pretendía ser un aviso a navegantes para todas aquellas que osaran cuestionar la ortodoxia austeritaria, pero que a la postre está suponiendo una ruptura del consenso social sobre las instituciones europeas. De esta forma, el vacío que genera una alternativa política creíble europea lo ocupa el miedo, la xenofobia, el repliegue identitario, el egoísmo estrecho y la búsqueda de cabezas de turco.

Cuando más Europa necesitábamos, más fronteras interiores y exteriores nos estamos encontrando. Cuando más urgente resultaba traducir en políticas concretas aquellos valores de paz, prosperidad y democracia de los que hablaban los mitos fundadores de la Unión, más guerras, recortes y xenofobia vemos crecer a lo largo y ancho del continente. Ya conocemos los resultados de combinar empobrecimiento, capitalismo salvaje, intolerancia y nacionalismo. La UE pretende ser hija de aquella vacuna contra esos mismos fantasmas del pasado. Cuando la austeridad se convierte en la única opción político-económica de unas instituciones alejadas de los intereses de la ciudadanía, esta UE realmente existente se vuelve un problema para las mayorías sociales y construir una Europa diferente emerge como la única solución a la deriva que vivimos.

Para afrontar este objetivo no podemos partir de la imagen idealizada de una Unión Europea que ha creado sus propios mitos a efectos de legitimarse como proyecto. La realidad nos demuestra que la UE de la democracia, la paz, la igualdad y los derechos humanos no existe ni su creación ha sido el principal objetivo del proyecto. Al contrario, no podemos olvidar que el armazón jurídico/político de la UE implica la constitucionalización del capitalismo y que esto no es una contingencia más o menos accidental sino el corazón mismo del proyecto neoliberal. Desde la misma fundación del proyecto europeo, la lógica de mercado, y sus principales condiciones monetarias y presupuestarias, se ha colocado fuera del alcance de toda voluntad democrática. Poco a poco, los esfuerzos de cara a consolidar la moneda única y de coordinar las políticas económicas han permitido a la UE, con la connivencia de los Estados miembros, invadir espacios de competencia estatal (educación, sanidad, derechos laborales y sociales) dictándonos las normas y convirtiendo a los ejecutivos en meros ejecutores de políticas dictadas en el ámbito de la UE. Además, en los últimos años el impulso y fomento de la competencia entre los países miembros ha favorecido a los más fuertes y ha obligado a cada país miembro a hacer uso del dumping fiscal y social para atraer capitales en un proceso autodestructor de la democracia y de Europa.

Es evidente que la UE tiene hoy un plan que poco o nada se parece a esos mitos fundacionales de dudosa existencia sino al germen del libre mercado y la libre competencia como valor fundamental marcado en el ADN de la Comunidad Económica Europea. Un plan cuya implementación engendra monstruos y reaviva viejos fantasmas. Ya sabemos cómo terminó aquella historia, por eso un cambio de rumbo no solo es posible o deseable, sino que resulta urgente y necesario. Un cambio de rumbo que pasa por construir un proyecto Europeo que recupere las raíces democráticas del antifascismo partisano, de la solidaridad, la paz y la justicia social. Un proyecto europeo del que no se excluya y expulse a nadie, un proyecto del que nadie quiera irse. Esta es la tarea que hoy más que nunca se torna imprescindible.

Un año después del OXI griego y unas semanas después delBrexit se hace cada vez mas urgente repensar la Europa que necesitamos. Una Europa libre de las cadenas de la deuda que no caiga en los repliegues identitarios de la extrema derecha xenófoba y que rompa con la gobernanza neoliberal y austeritaria de las actuales instituciones Europeas. En estos momentos de crisis del proyecto de la UE no se puede permanecer indiferente, hay que tomar partido o con el OXI o con el Brexit. Pero ¿Cómo? ¿Cuál debe de ser papel de los movimientos populares en todo esto? ¿Es posible reformar o democratizar la UE? ¿Euro si o Euro no? ¿Se puede generalizar un proceso de Lexit en los pueblos del sur de Europa?

Como señalábamos al principio, si cada día es más evidente que la UE es el origen de gran parte de nuestros problemas, abordar estas preguntas es una tarea imprescindible que debemos afrontar de manera colectiva, sin miedo al debate y a las diferencias. No nos cabe duda de que la solución es construir una Europa diferente y en esta tarea nos necesitamos todas. ¡¡Pongámonos a ello!!

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