images-cms-image-000011077.jpg
images-cms-image-000011077.jpg

Hace ya unos días que se exhibe en el Teatro Fernán Gómez una exposición sobre la vida y la obra de Gloria Fuertes y, desde que se inauguró, no deja de recibir visitantes. Miles de personas quieren recordar a la poeta, regodearse en un recuerdo que evoca dulzura, serenidad e inteligencia. Para un par de generaciones Gloria es un personaje icónico en la memoria de nuestros “aquellos maravillosos años”. Queremos volver a ellos y, tal vez, compartirlos con nuestros hijos e hijas. Como estamos en el centenario de su nacimiento parece que toca Gloria. Somos una sociedad que funciona a golpe de efemérides. Nos ceñimos a los hitos del calendario. No hay por qué lamentarlo. 

En las redes sociales se intercambian y celebran versos e imágenes de la poeta de Lavapiés. Blackie Books publica un maravilloso ejemplar sobre su vida y su obra. Aparecen antologías, se preparan jornadas de lectura y de debate, un curso de verano en El Escorial augura su ingreso en el parnaso académico… La obra de Gloria Fuertes dormía esperando despertar un día la curiosidad de los lectores de poesía en particular, de los perezosos académicos y del público en general.

La comisaria de la exposición, Paloma Porpetta, quien dirige con una dedicación que no es de este mundo la Fundación Gloria Fuertes, dice que organizarla ha sido muy laborioso, no tanto así concebirla. Porpetta asegura que “la tenía desde hacía mucho tiempo en la cabeza”. 

En la cabeza de la comisaria está la poesía de Gloria Fuertes “siempre”, como poco desde los diecinueve años, cuando comenzó a leerla. Dice que se siente “un instrumento” al servicio de una causa necesaria: reivindicar la figura poética de Gloria Fuertes. Lograr que se conozca a esta poeta más allá de la simplificación asociada a su imagen pública, forjada en la muy televisiva década de los ochenta. A Porpetta no le gusta hablar de homenaje, sino de acto reivindicativo, porque tenemos pendiente, más que homenajear, leer. A Gloria Fuertes ya la amamos; ahora tenemos que leerla, y quizá entonces la amaremos aún más y por otro tipo de razones.

Gloria Fuertes, poeta del pueblo, niña de la guerra, hija de extraordinaria sensibilidad, ser profundamente empático, con un estilo de vida poco convencional, un humor y una fantasía nada comunes, logró convertirse en un personaje público, ganar dinero, reconocimiento y, lo que es más importante, dedicarse en cuerpo y alma a lo que quería hacer desde los seis años: poesía. Ya entonces no era ni niño ni niña, era poeta. Eso al menos dice ella en uno de sus muchos poemas autobiográficos. 

La parodia de la que fue objeto —y que en cierto modo ella terminó por asumir con su naturalidad y humor característicos— nos devuelve, en la memoria colectiva, una imagen de Gloria que ha logrado eclipsar su poesía de adultos, su producción poética de los años cincuenta, sesenta y setenta, décadas en las que una mujer poeta en este país era una rara avis.

¿Qué hizo Gloria para sobrevivir en este contexto? Algo prodigioso: ser ella misma, aceptar su condición de rara y edificar desde ahí su yo poético, su voz. Esa voz que al decir sus poemas (Gloria no recitaba, decía) sonaba atinada y fresca. La normalidad, para la poeta, es tan solo “locura controlada”. Gloria entrará y saldrá de la normalidad según le vaya, según le duela la vida.

Burló la estrecha moral franquista, se mofó de ella disfrazando de extravagancia su sentido de la libertad personal y su compromiso social y político

Mejor que nadie la describió su amigo Francisco Nieva: “Parecía en todo una mujer nueva, enfrentada tiernamente a los hombres, tan brutos ellos. No era la maestra repipi sino un compañero lleno de gracia y de ternura, perteneciente a un tercer sexo que nos igualaba más a todos en la diversidad del mundo y de la cultura de nuestro tiempo. Significaba como un avance antropológico que considerábamos muy certero. No se vistieron, anduvieron y peinaron así las poetisas de otros tiempos, sino los poetisos. Hay que saber captar el matiz” (del prólogo a Mujer de verso en pecho).

Gloria Fuertes supervivió a la guerra, a la posguerra, al hambre, al miedo (ella diría al susto), a la incomprensión y a la soledad. Se le murieron dos novios y su hermano Angelito perdió (si es que alguna vez lo tuvo) el cariño de su madre. Sufrió las privaciones propias de una familia obrera en el Madrid de los años treinta y las terribles consecuencias de la guerra en carne y mente propias. La incomprensión de su entorno hacia la pequeña Gloria, quien no solo tenía interés por leer, sino también por escribir, acentuaron su autopercepción de niña rara. Sin embargo, Gloria no se dejó amedrentar por la oscuridad que imponía la dictadura fascista. Burló la estrecha moral franquista, se mofó de ella disfrazando de extravagancia su sentido de la libertad personal y su compromiso social y político. Pacifista, feminista, cercana a lo marginal, que sentía como propio … Gloria reconoce en los márgenes de la sociedad todos los otros itinerarios vitales que pudo haber tenido. Se sabe tocada por el genio, pero tiene una profunda conciencia social que, por fortuna, neutraliza cualquier interpretación burguesa y estrecha que puede hacerse del talento. “Nací para poeta o para muerto (…) Nací para puta o payaso (…) Nací para nada o soldado”. 

Gloria poseía una poética singular, distinta, como tantas otras cosas en ella. Cercana al círculo de los postistas, reconoce en ellos más un espacio de amistad e interlocución que una zona de influencia. Influencias no tuvo. Decía que a Celaya, por ejemplo, le “había conocido antes en persona que en libro”.

A Gloria le salían los poemas de las manos; les salían frescos y naturales, inmediatos, sagaces, obstinados en la muerte y obsequiosos con la vida: “Conseguir la necesaria alegría/ es nuestra meta”. A veces moderadamente obsequiosos. Como en Relato sobre alguien que por fin decidió machacar a la depresión de Poeta de verso en pecho.

… Su más triste tristeza

cambió de pronto en una carcajada

aún más desconcertante

que su fase anterior.

Empezó a gritar: ¡Viva el Mapamundi!

¡Viva la vida! -dándose en el pecho.

¡Todo el mundo es bueno!

(Humildemente creo que no fue para tanto.)

Este giro final, tan característico en ella, es quizá lo que mejor ejemplifica su filosofía de vida, su modo de ser entusiasta, cáustica, desbordante, valiente, y después humilde, pequeña, asustada, perdida. Y vuelta a empezar. Muchos de sus poemas recorren todos estos estados de ánimo en pocos versos; nos arriman a la verdad de la poeta y, una vez confrontados con ella, nos invitan a reevaluar su importancia. A medir los contornos de la vida, palmo a palmo, porque siempre queda algo que no debe darse por supuesto.

Cuando uno ya se sabe casi todo

empieza a caminar muy lentamente

pero luego sucede de repente

que pisas una trampa de la armada.

Cuando uno ya de vuelta, casi nada,

te estremece o te impide detenerte,

ya te las sabes todas,

—todas …

menos Una—.

Esa Una, la que falta, es el aliento poético y es la vida. Es el pulso con la vida en el que sin duda Gloria Fuertes resultó victoriosa. Pasen y lean. Acabarán descubriendo las muchas razones que les quedaban para amarla.

Noelia Adánez es autora del monólogo Emilia que, dentro del ciclo Mujeres que se atreven, ha producido el Teatro del Barrio. En este momento prepara el monólogo Gloria.

Este texto se publicó originalmente en ctxt.es

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído