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Tribuna libre de Alberto Garzón sobre el 'caso de los titiriteros'.

Lo que está sucediendo con los titiriteros es un ejemplo de manual sobre lo que es la hegemonía. Y es que la hegemonía no se mide en porcentaje de votos sino en la forma dominante de pensar de la gente, en su concepción del mundo.

En estos días estamos viendo cómo mucha gente justifica que hayan dictado prisión incondicional contra dos titiriteros por hacer una obra de teatro. Tan absurdo como meter en prisión al elenco de El Hundimiento por hacer apología nazi. Claro que esta vez hay dos diferencias. La primera, que es una obra que denuncia la criminalización y la represión. Qué ironía. Qué poco hubiera durado Dario Fo y su Muerte accidental de un anarquista en nuestros días. La segunda, que es un evento organizado por Ahora Madrid y ya se sabe que todo lo que sale de ahí es presuntamente delictivo, presuntamente culpable.

La derecha no sólo gana elecciones. Lo más importante, y al mismo tiempo lo más grave, es que gana las conciencias. Así es como han conseguido hacer creer a la ciudadanía que los derechos humanos y las libertades pueden suspenderse si el número de tertulianos, jueces reconvertidos y políticos que participan en la caza de brujas es suficiente.

En abril se estrenará en España Trumbo, la película en la que Bryan Cranston encarna al director y guionista perseguido por la caza de brujas de McCarthy. Eran los años cincuenta y EEUU detenía y encarcelaba a los sospechosos de simpatizar con el comunismo. Trumbo pasó once meses en prisión. La película llega a tiempo, pues en España ya ni hace falta simpatizar con el comunismo. Basta con hacer alguna broma o juego de palabras, de mejor o peor gusto, para que la Santa Inquisición te flagele mediática y judicialmente. Hoy la excusa es un juego de palabras sobre una organización terrorista; mañana puede ser una broma sobre la URSS; y pasado mañana sobre cómo los gobiernos occidentales dejan morir niños en el Mediterráneo.

Estamos ante una dinámica muy peligrosa. Primero, porque la espiral nunca se detiene y ya cualquiera, haga lo que haga, puede ser tachado de cómplice de todo terrible delito. Segundo, porque manda un mensaje de miedo y genera un contexto de menos libertad para representar una obra de teatro como a cada uno le dé la gana. A ver quién es el listo que hace a partir de ahora un chiste sobre determinados temas, ¡o incluso una crítica!, cuando la amenaza de denuncia sobrevuela tu cabeza.

¿Cómo combatir esta fanática espiral? Desde la respuesta cultural, claro está. Y para eso necesitamos a valientes, no a cobardes. Necesitamos que no se normalice este atentado contra la libertad, y para eso sólo vale la impugnación total de lo que está sucediendo. Ninguna concesión, por pequeña que parezca, a quienes quieren normalizar esta nueva inquisición. Nada de medias tintas ni de táctica política. Sólo una firme defensa de la libertad de expresión. Je suis titiritero.

Este artículo se ha publicado originalmente en el blog del autor y también en CTXT.

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