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Si se puede hablar de ganadores, sin duda hablamos de los Anticapitalistas, al menos en el plano simbólico.

Pablo Iglesias entra el último en la arena de la antigua plaza de toros de Vistalegre. Va precedido por un río de cargos públicos y líderes de Podemos que ocupan las principales listas en liza en este congreso de refundación. Un congreso que se vive como una frontera definitiva –un órdago– debido al grado de enfrentamiento alcanzado en una campaña llena de golpes por debajo de la cintura.

Hace dos años y cuatro meses, un Pablo Iglesias menos cansado entraba exactamente por el mismo lugar arrastrando la misma marea de aplausos. Cámaras y simpatizantes le siguieron como una nube hasta la primera fila de asientos del escenario. Detrás, empujando y siendo empujado, le seguía Íñigo Errejón –un desconocido– que intentaba seguir el paso a Iglesias, a quien los medios perseguían. Los otros tres miembros de la llamada “Promotora” iban detrás: Monedero –que dimitió hace casi dos años de la dirección durante la persecución legal que sufrió y tras desavenencias con Errejón–; Carolina Bescansa –que se retiró de esta contienda, según dice, por su desacuerdo con los conflictos internos–, y Luis Alegre –primero anticapitalista, luego pablista, ahora más próximo a Errejón, y ya sin cargos relevantes en la organización después de la crisis que vivió la dirección de Madrid durante su gestión–. Iglesias y Errejón, compañeros de viaje desde la universidad, compiten ahora por la dirección de Podemos, aunque Errejón no dispute la secretaría general de momento. Ninguno de los primeros impulsores de la iniciativa que lanzó a Podemos seguirá en la ejecutiva si arrasa Pablo. Miguel Urbán y algunos anticapitalistas que también formaron parte del núcleo impulsor ya fueron arrinconados después del primer Vistalegre.

Hoy, en el escenario, Iglesias se golpea el pecho con el puño en alto a modo de saludo antes de ofrecer su discurso inaugural: “Desde que nos vimos aquí han cambiado muchas cosas”. Uno de esos cambios a los que se refiere es que Podemos no está solo, sino rodeado de una miríada de iniciativas municipales y confluencias autonómicas afines. Así, Iglesias ofrece “un saludo a las fuerzas hermanas que nos acompañan”. Esas fuerzas que, como se sabe, han tenido que hacer acciones de fuerza muchas veces para que Podemos no impusiese sus condiciones sobre las confluencias de las que forma parte. Hoy son actores políticos por derecho propio. “El viento del cambio sigue soplando”, dice Iglesias.

Cuando Iglesias termina su primera intervención, todos esos cargos y líderes de Podemos levantan el puño –si siguen a Iglesias– o, por el contrario, harán la V de la victoria peronista –los errejonistas–

Cuando el secretario general termina su primera intervención, todos esos cargos y líderes de Podemos levantan el puño –si siguen a Iglesias– o, por el contrario, harán la V de la victoria peronista –los errejonistas–, aunque algunos abrirán también la mano –algo que inauguró Monedero y que nadie sabe de dónde sale–. En Podemos siempre hay cierto grado de incertidumbre, como un rescoldo quizás de sus caóticos orígenes. También entre el público alguna gente utilizará esos códigos gestuales. Durante el primer Vistalegre los símbolos que se hacían tenían que ver más con el 15M, como las manos en alto que se agitaban queriendo indicar asentimiento. Hoy poco de eso queda ya.

Hace algo más de dos años Vistalegre quiso darle forma a un partido que no era un partido, que era más bien una marea algo loca y desbordada. Había cinco parlamentarios europeos, un puñado de cuentas en redes sociales y miles de círculos. Y una expectativa –o quizás una esperanza– de que, de la nada, un partido radical, que venía del impulso destituyente gestado por una insurrección ciudadana, pudiese incluso ganar las elecciones. En aquella ocasión, tan vivo estaba el espíritu del 15M que los que se acercaron a Podemos se tomaron muy en serio su participación. Se presentaron quince documentos de principios éticos, 24 organizativos y 18 políticos que se discutieron durante la Asamblea. Las votaciones se abrieron después del congreso presencial, donde los participantes podían lanzar preguntas a todos los representantes de los documentos mediante una aplicación de móvil. Cualquier cosa, en igualdad de condiciones. La constatación de que lo de hoy funciona más como un mitin que como un verdadero congreso es que desde que se termina la última presentación de documentos hasta que se cierra la votación pasa poco más de media hora. Imposible así que las votaciones se vean realmente afectadas por las ponencias.

Diferencias y enemistades políticas

Hoy se presentan cuatro documentos políticos introducidos por algunas de las caras más visibles de Podemos. Unos documentos que recogen diferencias estratégicas importantes. El de Iglesias es defendido por él mismo y Noelia Vera. En su discurso, Iglesias reafirma el núcleo central de la propuesta: “Para ganar no bastan las victorias electorales, hacen falta también victorias sociales”. Y añade: “El PP y el PSOE son los representantes del proyecto de las élites”. También hay palabras como "impulso constituyente", "bloque histórico de cambio", "nueva España que está naciendo", "segunda transición" o "no nos podemos parecer a ellos ni en los andares". “¡Presidente! ¡Presidente!”, le devuelve la gente. Al bajar del escenario se encuentra de frente por primera vez con Íñigo y se tocarán el brazo casi con aprensión. Después, por la tarde, se abrazarán como concesión a un público que se ha pasado todo el evento coreando ¡Unidad!

Íñigo Errejón sube al escenario. También parece cansado tras la campaña y los dos años y pico de vértigo. Pasar de manifestaciones y protestas a los platós de televisión, a la exposición mediática, a no poder tomarte un café tranquilo –como dice muchas veces Pablo–, cansa, quizás también aburra de vez en cuando. Pero hoy no hay tiempo para pensar. Todavía están abiertas las votaciones que quizás sean el primer paso para que uno de los dos pierda el papel de dirección del proyecto. Hoy la gente le grita ¡Unidad! Casi suena a acusación de culpabilidad. Los que abarrotan las gradas vienen de las bases, donde el pablismo es fuerte. Cuanta más identidad Podemos, más se identifican con la figura de Pablo. Los cuadros medios, los asalariados de Podemos y las clases medias más formadas tienden a ver a Errejón con mejores ojos. Quizás por eso Pablo Iglesias esté tan solo ahora mismo en la dirección.

Al bajar del escenario se encuentra de frente por primera vez con Íñigo y se tocarán el brazo casi con aprensión. Después, por la tarde, se abrazarán como concesión al público

Errejón también deja clara su línea: “No hemos venido a cantarle las cuarenta a los poderosos, hemos venido a enseñarles la salida”. Y dice cosas como "voluntad inequívoca de victoria", "no desempolvar viejos mapas", "ganar el cambio", "proyecto patriótico" y "hace falta un gobierno valiente".

Si hace dos años no se permitió que los círculos tuviesen demasiada participación en la dirección fue por miedo a los Anticapitalistas, los únicos que tenían militantes  capaces de participar en todos los círculos y, si surgiera la necesidad, “tomarlos”. Como recuerda Miguel Martín –representante de una lista de círculos–, refiriéndose al primer Vistalegre, “el enemigo entonces eran los Anticapitalistas”. “¿No somos capaces de pensar Podemos sin enemigos internos?”, añade. Esta intervención y las otras de los candidatos de círculos al Consejo Ciudadano Estatal se parecen mucho a las del primer Podemos. Ellos y ellas están nerviosos, no dominan el arte de la oratoria, no llevan camisas blancas. Dicen cosas como "distribuir el poder", "democracia interna", "participación". Y también: “Lo que más nos duele es la estupidez. ¿Alguno de los contendientes piensa de verdad que de este espectáculo puede salir un ganador?”, sigue Martín. Todavía queda mucha gente así en Podemos. Que puedan hablar todavía es un rastro de lucidez. O quizás, y por suerte, una inercia difícil de extirpar.

¿Pero hay un ganador?

Si se puede hablar de ganadores en el día de hoy, sin duda hablamos de los Anticapitalistas, al menos en el plano simbólico. Si un efecto extraño ha tenido esta guerra sin cuartel ha sido el de hacer aparecer a los de la izquierda revolucionaria como los más cabales. Eso, independientemente del resultado de unas votaciones regidas por un sistema que no beneficia a las minorías. Se les ha pedido perdón públicamente, ahora muchos asumen como propias sus propuestas de un Podemos más democrático, han sido de los más aplaudidos, e incluso Miguel Urbán ha levantado de su asiento a los compañeros de primera fila –pablistas y errejonistas por igual–  que, con una sonrisa en la boca, le aplaudían cuando gritaba hasta desgañitarse: "¡Rugid, rugid, porque vamos a ganar!"

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