Nos hallamos al borde de una nueva edad de las tinieblas global, que durará generaciones. Al final, según los más siniestros agoreros, solo sobrevivirá una minoría relativamente pequeña de la población del planeta.

Parece ser que el colapso financiero mundial, solapado artificialmente con la pandemia del coronavirus, destruirá la riqueza, acabará con el nivel de vida de todos y deshumanizará a la población, convirtiéndola en un rebaño de ovejas todavía más asustadas que ahora. Lo cierto es que ante el coronavirus, la población está dispuesta a perder libertades a cambio de una supuesta seguridad inexistente. ¡Dios ha tirado sus dados!

Todo empezó con las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundialpor una unidad médica secreta de experimentación, conocida como Unidad 731, del Ejército Imperial japonés en el tristemente famoso campo de exterminio de Pingfan, Manchuria.

Durante más de sesenta y cinco años, las macabras actividades de guerra biológica de la Unidad 731 de Japón fueron el secreto más horrible y duradero de la Segunda Guerra Mundial. Durante más de sesenta y cinco años el gobierno estadounidense, británico y japonés, negaron una y otra vez que esos hechos se hubieran producido.

Desde 1936 hasta 1943, en la Unidad 731 fueron asesinados entre 300.000 y 500.000 hombres, mujeres y niños.

Aparte del poco conocido juicio de Khabarovsk (1949), los militares estadounidenses preservaron a los científicos japoneses de toda acusación a cambio de informaciones útiles. Es más: cuando se hizo el juicio a los criminales de guerra por los soviéticos fue tildado de propaganda comunista.

Desde 1936 hasta 1943, en la Unidad 731 fueron asesinados entre 300.000 y 500.000 hombres, mujeres y niños. Esta unidad fue llamada por el nombre en clave Togo.

La Unidad 731 y la Unidad 100 fueron los dos centros de investigación de guerra biológica establecidos.

La Unidad 731 y la Unidad 100 fueron los dos centros de investigación de guerra biológica establecidos a pesar del Protocolo de Ginebra de 1925 que prohíbe la guerra química y biológica.

Dirigidos por el teniente general Ishii Shiro, 3.000 investigadores japoneses que trabajan en la sede de la Unidad 731 en Harbin infectaron a seres humanos vivos con enfermedades como la peste y el ántrax y luego los destriparon sin anestesia para ver cómo las enfermedades infectaban los órganos humanos.

Debido a la naturaleza secreta de la Unidad, no existe una lista completa de los experimentos realizados por la Unidad 731. Hay intereses para no sacarlos a la luz pública.

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