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Tomás Moreno Romero, que ahora bordea el medio siglo de edad, fue monaguillo antes que showman. Aprendió a rapear por bulerías con el padrenuestro y le echaron de estas labores por comerse las hostias. Ya ven, tan canijo y siempre con hambre. Tan curtido ahora y tan niño como siempre. Jugando antes que actuando. Sin respiro, puro nervio, pura fibra. Amadrinado por Lola Flores, empezó como componente del cuadro Los Canasteros, de Caracol, con solo 13 añitos, y en más de tres décadas de trayectoria musical insobornable se ha convertido en el Iggy Pop caló. Un artista con escasos 50 kilos de peso, pero con toneladas de cultura e intuición en la sangre. Y mucho, mucho que sudar bajo los focos de un escenario. Un digno heredero de aquella frase que dedicó una crítica de Broadway a su admirada Faraona: no sabe cantar, no sabe bailar, pero ya saben... no hay que perdérselo. Da igual que, de repente, el tiempo en Madrid se torne invernal, Tomasito habita en una estación de primavera-verano eterna. Y allí nos invita con todo el viaje pagado.

Exhibicionista y sofocado en su histrionismo natural. Camaleónico y flamencólico. Santo y seña de la pureza psicodélica, ingobernable asalvajado, y torrotrón de la pradera donde resuenan bordones calientes. Muchachito del G5, aquella maravillosa orgía musical que lideraba el pope Kiko Veneno. Todo su directo en sí mismo es una honesta declaración de intenciones de principio a fin. Ahí estaba todo lo que es y todo lo que le conocemos: bulerías del niño robot y su Torrotrón, Oh mare, El abandono, El vino y el pescado, Bandolero, el Agradecido de Rosendo, su himno de África, el energético Back in black de AC/DC, La cacerola... Quizás nos faltaron dos de sus emblemas, la Soleá punk y la Seguiriya del 2000, pero, aunque no estuvieron todas las que son, sí sonaron y resonaron todas las que sí estuvieron. Con un sonido impecable, por cierto. La Joy era un hervidero intergeneracional al caer la tarde del pasado sábado. Haciendo cola, desde puretas bailongos hasta muchachada con ganas de rumbeo y jarana. Atónitos más tarde, quienes menos le conocían, ante el despliegue de don Tomás, el tío chalao que había llegado del futuro. Desde luego, había venido a jugar y a echar el resto. Quedaba claro desde el minuto uno.

Hablábamos de intenciones. De intenciones que ya le conocemos pero que siempre es un placer recordarlas en vivo y en directo gracias a ese desparpajo y a su contagiosa manera de ser y estar en el escenario. Libre y a mi manera es la inédita reivindicación que contiene Ciudadano gitano, una suerte de greatest hits en el que recopila sus más de tres décadas cantando en libertad y moviendo el esqueleto como solo él sabe. Gracias a este revival, muchos temas que cayeron en el baúl de los discos descatalogados ahora se recuperan con nostalgia de esas que provocan un suspiro. Pero, afortunadamente, con Tomasito cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. Al contrario, esas resonancias magnéticas ayudan a entender mejor al artista que es hoy y nos preparan para intuir al Tomasito que viene. Cualquiera sabe. Siempre en permanente movimiento. Siempre eléctrico y burlón. Siempre fronterizo, pues no en vano nació en una calle a medio camino entre los castizos barrios flamencos de Santiago y San Miguel, en su Jerez natal. Y siempre haciendo como si no se tomara en serio, aun siendo tan jondo en su verdad flamenca que se habría ganado el respeto de todos esos tótems que conoció en las calles Nueva y Cantarería: del Borrico a la Piriñaca.

Tomasito, en gayumbos al final de la función, zapateando como si no hubiese un mañana o partiéndose una camiseta en éxtasis total con su potente banda de músicos —a la que se sumó Tino di Geraldo, una de las claves del éxito en su carrera—, se raspa casi dos horas de concierto y hace como si no trabajara. Como si los duendes se fuesen con él de cañas con solo mandarles un whatsapp. Como si estuviera de vacaciones permanentes. O como si permaneciera siempre en modo avión, desconectado —y haciéndonos desconectar— de tanto mal rollo ahí afuera. Con ese estado de gracia eléctrico y libérrimo, a modo de corriente continua, nos empapa de su bendita locura y nos traslada, sin solución de continuidad, a ese universo donde el sol siempre brilla, los sombreros se llevan en los pies, puedes ser un colgao y un limón, o incluso vivir de besos de canela. Porque en el fondo, como ocurre con el envés trágico de la bulería, lo que viene a recordarnos es que disfrutemos mientras podamos, pues al final todos vamos camino del hoyo. Todos, menos Tomasito, que como otros genios en lo suyo será quien sobreviva.

Tomasito recorrerá el país presentando Ciudadano Gitano con actuaciones en marzo en Valladolid, Vitoria y Jerez de la Frontera (Festival Primavera Trompetera), y en abril en Barcelona, Albacete y Valencia.

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