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Si, pese a tanta hoguera, no se forma Gobierno, será culpa de otro. Lo único que sabemos sobre él -nazca el 1 de marzo o tras nuevas elecciones– es que tendrá que esconder sus políticas.

Los supervivientes de la primera circunvalación al Mundo entregaron a Carlos I un mapa con sus descubrimientos. Al emperador le sorprendió que al extremo sur de América se le denominara Tierra de Humo. ¿Por qué?, preguntó. Le respondieron que, si bien no vieron a ningún autóctono, en aquella zona sí vieron muchas columnas de humo, procedentes de hogueras. El emperador, tras escuchar eso, cogió una pluma. La entintó. Tachó humo y escribió fuego. Como explicación, dijo: "Donde hay humo, hay fuego", y la cosa pasó a llamarse, en efecto, Tierra de Fuego. El emperador, un tipo formado en Erasmo, capaz de discernir entre esencia y apariencia, tenía razón. Las cosas no son lo que enseñan, sino también lo que esconden. Es más, son mucho más lo que esconden, si pensamos que, como les sucede a los bikinis, cualquier objeto enseña su humo y esconde su fuego. ¿Cuál es, entonces, el humo y cuál el fuego en estas negociaciones para hacer un pacto gubernamental?

Sobre el humo. No hay negociaciones. En una negociación de Gobierno no sólo se habla de programa. El sello de una negociación para construir un Gobierno es hablar, incluso más aún, de nombres propios. Un Gobierno son, en fin, 200 personas. Nombres propios desde el concepto ministro hasta el concepto director general, pero también nombres propios à gogo para más cargos de designación política, que continúan siendo Gobierno. Sólo pactar RTVE/el ente son chorrocientos nombres. Una negociación de Gobierno es, bajo ese punto de vista, una brutalidad nominal, un fuego, que no se ha producido. Tal vez, por tanto, y en ausencia de la casilla nombres, las negociaciones son básicamente humo. Emisiones gaseosas cuya función es comunicar a navegantes que hay personas en torno de una hoguera, negociando un Gobierno. Sí, pese a tanta hoguera de humo, el Gobierno no se produce, será culpa de otro. Es posible que tanto humo culmine en una ceremonia de investidura, también de humo, que escenifique todo ello del crimen y el castigo al culpable más a mano, de manera novedosa. Al parecer, se está trabajando ya para conseguir una sesión de investidura con concesiones a la dramaturgia/humo, y que dé paso a esa región de humo y dramaturgia denominada campaña electoral.

Sobre el fuego. No existe información fiable sobre el humo/las negociaciones. Eso puede significar que hay fallos en la comunicación. O que, glups, no los hay, y que no hay nada que comunicar. Salvo humo. El secretismo igual es el fuego en tanto humo. Todo ha sido secreto y humo porque era imposible hablar del fuego. O, tan solo, mirarlo de frente. El fuego es la imposibilidad de hablar de un Gobierno sin soberanía, que tendrá que practicar la política sin grandes decisiones. Emitir políticas de las que no se puede hablar en público, o incluso en privado, en una negociación. Quizás el gran fuego del que emana tanto humo es la propia dificultad para formar Gobierno –desde el 20D, se han empezado a reunir esta semana–, cuando el Gobierno es tan limitado, y cuando sus acuerdos vienen de otra parte. El fuego aquí ha sido la política como humo. Lo único que sabemos del próximo Gobierno –nazca en una ceremonia del humo el día 1, o nazca tras unas elecciones en las que se hablará del referéndum catalán y de otros humos– es que tendrá que esconder sus políticas –pocas y sugeridas por elementos exteriores, no democráticos– tras más humo. Tanto humo empieza a ilustrar la necesidad de nombrar esta zona del mapa Tierra de Humo. Una tierra en la que los emisores de política preferirían no ser vistos, por lo que se alejan del fuego.

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