El día que Umberto Eco hubiera querido morir

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Uno de los momentos más emocionantes de su vida tuvo lugar en el planetario de A Coruña.

Diciembre de 1992. Casa de las Ciencias. A Coruña.

Ramón Núñez, por aquel entonces director de los museos científicos coruñeses, invita a Umberto Eco a visitar el de la Ciencia y de la Técnica, el primero delcomplejo divulgativo gallego.

Como en todo museo científico que se precie, en este hay también un Péndulo de Foucault, y se lo querían enseñar a Eco, como le enseñaban todos los de todos los museos científicos a los que era invitado. Ya era costumbre. Eco y los péndulos.

Pero aquella visita dejaría profunda huella en la memoria del semiótico. Porque después de recorrer las salas, Núñez anuncia la sorpresa. “Ahora, pasemos al Planetario”, diría.

Todo está dispuesto. Se hace la oscuridad. Comienza a sonar una nana de Falla. La cúpula negra del planetario comienza a poblarse de puntos luminosos: “Encima de mi cabeza –escribiría Eco evocando aquel momento- empezó a girar el cielo que se veía en la noche entre el 5 y el 6 de enero de 1932 sobre la ciudad de Alessandria. Viví, con una evidencia casi hiperreal, mi primera noche de vida”.

Eco veía al fin el mismo cielo que no vieron aquella víspera de Reyes de 1932 ni él ni su madre, Giovanna, enfrascados en el parto, aunque quizá sí Giulio, el padre primerizo que amortiguaría el trance fumando en el balcón.

“Aquella concavidad y aquellas estrellas, con aquella disposición, reencontrada en ese momento, me era devuelta; eran cosas todas mías y de ningún otro”.

Aquel diciembre, en A Coruña, Eco se observó como un hombre reunido con su propio inicio: “Una emoción difícil de describir: se tiene la sensación (casi el deseo) de que se podría, se debería morir en ese momento”.

19 de Febrero de 2016. En Milán, de madrugada, se apaga el eco de aquellas estrellas: Eco, ex caelis oblatus, ofrenda de los cielos.

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