Sancha Pérez, la bodega que demuestra que se puede producir como lo hacían "nuestros abuelos"

Ramón Iglesias es el propietario de una bodega y almazara ecológica situada entre Conil y Vejer y que produce 16.000 botellas de vino tinto y blanco cada año

Ramón Iglesias, propietario de Sancha Pérez, junto a unas cepas. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Ramón Iglesias, propietario de Sancha Pérez, junto a unas cepas. FOTO: JUAN CARLOS TORO

A más de dos kilómetros del núcleo poblacional más cercano, en un paraje a caballo entre la campiña y el mar, se encuentra la bodega y almazara ecológica Sancha Pérez. Para llegar hay que atravesar un camino estrecho, lleno de baches, durante el que hay que cruzar los dedos para no coincidir con otro coche. Siguiendo los carteles colocados durante el trayecto se llega a una finca de 24 hectáreas en la que hay viña, olivos, árboles frutales, plantas aromáticas y mucha vegetación. “Hay que tener mucha biodiversidad, tenemos más de 1.000 aromáticas”, dice orgulloso Ramón Iglesias, promotor y propietario de la empresa, cuando recibe a lavozdelsur.es. “Con estas plantas atraemos a la fauna auxiliar y eso nos ayuda a combatir las plagas”, explica. “Una mariquita se come 5.000 pulgones al año, pero no viene si no tenemos vegetación”.

La bodega nació en 2009, cuando Ramón heredó una finca que fue propiedad de sus padres y que, cuando la crisis de 2008 le pasó por encima, pensó en aprovechar para hacer algo “rompedor”. Este ingeniero industrial de profesión buscaba un negocio que estuviera “vinculado a las emociones”, por eso se decidió por el vino y el aceite. “Cuando me jubilo me vengo al pueblo —es natural de Conil— y, como no hay industria, pretendo provocar a la comarca a ver si cunde el ejemplo de que se pueden hacer cosas de otra manera”, dice Iglesias. “Ahora nadie dice que la idea va a ser un fracaso o que la producción ecológica es un disparate, porque lo están viendo, es ya un proyecto de éxito”, recalca.

La bodega Sancha Pérez produce cada año unas 16.000 botellas de vino, entre blanco y tinto. “No echamos veneno, ni plaguicidas, ni insecticidas… intentamos ayudar en la medida de lo posible a no destruir la naturaleza, que es lo que estamos haciendo entre todos”, sostiene Iglesias. Él es de los que espera que la crisis del coronavirus sirva al menos para que “cunda el ejemplo de la producción ecológica, porque está demostrado que se puede cultivar sin echar veneno y la producción es la misma”.

Vista aérea de la finca de las bodegas Sancha Pérez. FOTO: JUAN CARLOS TORO

La finca tiene varias instalaciones. Al aparcar, en un pequeño habitáculo se ubica la tienda, donde se pueden adquirir los distintos vinos, aceite y hasta mermeladas y, en breve, vinagres aromatizados. A un lado está la almazara, por donde entran los turistas cuando visitan Sancha Pérez, y en la parte trasera está la bodega y la zona de embotellado y etiquetado. “Recibimos visitas, que esperamos que se reactiven pronto”, cuenta Iglesias, en la que es una de las patas del negocio. La idea también es ofrecer una oferta complementaria al turismo de sol y playa, haciendo atractivo el proceso de producción del vino y del aceite. “Cultivamos como nuestros abuelos, apostando por la producción ecológica”, se puede leer en un cartel colgado en las instalaciones. Ese es uno de sus mandamientos.

La finca tiene cepas de tintilla de Rota —“me hacía ilusión tener la única variedad autóctona de la provincia”—, pero también uvas francesas como merlot, cabernet sauvignon o petit verdot. El 80% del vino producido por Sancha Pérez acaba en la comarca, el resto llega hasta otros países de Europa como Alemania o Austria. “Nos vamos a poner las pilas con la venta online, porque es lo que nos ha salvado estos meses”, confiesa el propietario de la bodega. “En La Janda tenemos a un cliente cautivo, el que viene repite. Eso tenemos que aprovecharlo y saber darle al cliente lo que quiere”, dice.

Ramón Iglesias, sentado junto a las botas que contienen su vino. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Conil, hasta mediados del pasado siglo XX, tuvo hasta tres bodegas en sus alrededores, pero desde entonces pasó un periodo de más de 70 años hasta que apareció Sancha Pérez. “No hubo relevo generacional”, cuenta Iglesias. Él quiso recuperar esa forma de cultivar la vid de nuestros antepasados, de forma natural, y pasó de tener un terreno baldío, con trigo y girasol, a cepas y olivos. “Quería un cultivo que fuera atractivo para el turismo, que se pudiera transformar”, señala. “Siempre he sido una persona inquieta, quería hacer algo rompedor y rupturista” y, a su vez, respetuoso con el medio ambiente.

“Hemos destruido la naturaleza. Todos tenemos que intentar ayudar, cambiar la mentalidad, comprar en cercanía para no contaminar, no cargarnos la tierra, el aire o los acuíferos”, expresa Iglesias. Andalucía va por buen camino, ya que es la región con mayor producción ecológica de toda Europa, con unos 15.000 productores. “Pero en nuestra comarca —La Janda— somos minoritarios”, lamenta Iglesias, por eso insta a “cambiar el chip”. “Tenemos productos de sobra para autoabastecernos”, expresa.

“El turismo es tremendamente vulnerable, nunca pensé que llegaría un virus, pero sí cualquier circunstancia que nos afectaría, por eso hay que calentarse la cabeza y a lo mejor a la gente se le ocurre hacer otras cosas”, señala Ramón, que forma parte de la Fundación Savia, una entidad sin ánimo de lucro, nacida en 2014, de la que forman parte 46 patronos y una amplia red de colaboradores cuyo objetivo es poner en valor lo rural.

“En un momento en que la población mundial y española sigue yendo a vivir a las ciudades y la costa, es imprescindible seguir manteniendo la población en los pequeños pueblos de interior. Mantener la actividad agrícola y ganadera tradicional, la cultura, el patrimonio y la biodiversidad”, explica la organización en su web. Eso hace Ramón e intenta que cunda el ejemplo.

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