Como en El extraño de caso del doctor Jekill y Mr. Hyde, Andrés compagina sus dos personalidades cada día. Por la mañana es repartidor de dulces. Se levanta a las cinco menos veinte de la mañana y 20 minutos después ya está montado en la furgoneta en la que tiene los pasteles que distribuye por toda la ciudad. Hasta las dos de la tarde. Luego, una vez almuerza y descansa un rato, se convierte en pintor. Las horas se le pasan volando con un pincel en la mano. Así lleva cuatro años, dedicado en cuerpo y alma a su gran pasión. “Quiero que haya un huequecito para mí”, sostiene.

Andrés Morales lleva toda su vida dibujando. Sus inicios no fueron del agrado de su madre. “Decía que pintaba en todas las paredes de la casa”, cuenta. Por esos los Reyes Magos le trajeron un año su primer kit de pintura: caballete, óleo y lienzo. Luego se centró y ganó varios premios. El Paleta de colores, por ejemplo. Entre los 14 y los 20 años no paró de pintar. Se sentía realizado. Pero de repente dejó de hacerlo. “Se me fue la inspiración”, asegura. Más de quince años tardó en retomar la afición. “A los 36 me entró de nuevo la pasión por la pintura, me empezó a entusiasmar”. Y empezó a tomárselo muy en serio.

“Hay una frase que me encanta, y es que la herramienta que más utilizo es el trabajo y la disciplina”, asegura Andrés, repartidor de mañana y pintor de tarde. En su casa apenas hay hueco para un cuadro más. Tiene todas las paredes con creaciones suyas, en lienzos o pintadas directamente sobre el gotelé. ¿Su estilo? “Lo considero realista y con un toque de surrealismo”, lo define él mismo, aunque matiza: “Soy muy inquieto y me cuesta trabajar siempre la misma técnica y temática”.

Lo que era su hobbie lo quiere convertir en su profesión. En Jerez, dice, no le faltan encargos, y ahora mismo trabaja en una exposición con una bodega. “Por Facebook hasta he vendido cuadros a Australia o Guatemala”, señala. Desde que retomó su pasión no para de leer e informarse. Ahora está con un tomo de la obra completa de Van Gogh. También con un libro sobre Rembrandt. “Y estoy viajando mucho”, señala. París, Madrid, Barcelona… “Me ha dado por ahí y no paro”, insiste. El siguiente destino, dice, será Florencia.

Ahora se encuentra en una etapa en la que busca “transmitir a base de pinceladas sueltas e intentar salir de la realidad”. Lautrec, Monet, Picasso, Van Gogh… Sus referencias son variadas. Va tocando “todos los palos” hasta que encuentre, dice, “su camino”. “Trabajando es como se consigue”,  señala. Y eso hace. En su casa o en el garaje que ha convertido en su estudio de pintura. Allí realiza los de mayor tamaño. Entre ambos lleva más de 200 cuadros e infinitos dibujos en cuatro años. “Son tantos que no sabría decir”, señala. Cuando cae el día vuelve a empezar. A la mañana siguiente, de madrugada, volverá a ser el doctor Jekill. ¿O es Mr. Hyde?

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