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Alrededor de la treintena y sin trabajo, el joven Abel García decidió pasar de los libros sobre Platón o Descartes al sector turístico. Filósofo de formación, aprovechó “al máximo” la movilidad universitaria y durante sus años matriculado en Granada hizo varios cursos fuera, en Italia y en el País Vasco. Además de un tiempo en Brasil y formación en otros idiomas, su perfil internacional le está salvando hoy de la falta de oportunidades en el sector educativo, salida principal del licenciado en Filosofía.

“Conocí a gente y algunas veces los invitaba a Jerez. Lo que para mí era algo normal, como pasear por la ciudad, o tener a un rato de coche la sierra a un lado y la playa al otro, a mis invitados esto le impresionaba”, cuenta sentado en una mesa del céntrico bar La Moderna. Así empezó a perfilar una idea. Primero, con un amigo pensó en implantar la modalidad de Free Tour aquí. Esto consiste en que un guía turístico oferte su servicio a la voluntad del turista, que generalmente acude en grupos grandes. Pero no se llegó a poner en marcha.

Tiempo después comenzó a darle forma a un proyecto que vio la luz durante las Navidades de 2013, Marida Jerez. Una agencia de turismo a la medida del visitante. “Yo les pregunto qué están buscando, qué edad tienen, cuántos son, si buscan diversión, cultura, etc., y a partir de ahí les doy varias opciones. Nunca aconsejo nada que a mí no me guste”, explica.

El modelo de negocio es sencillo. Marida Jerez ofrece visitas a bodegas, restaurantes o paseos por la ciudad a cambio de una pequeña comisión que pagan los empresarios a los que facilita el trabajo. En la práctica, más que un intermediario más, actúa más como dinamizador de la marca Jerez como destino. Un duro trabajo de campo.

“Tenemos buena imagen en el exterior, estamos empezando a hacer las cosas bien”, pero no puede evitar retratar a una ciudad que a ratos, parecía que quería matar a la gallina de los huevos de oro. “La industria de altos hornos no va a volver, eso se acabó, hay que apostar por el turismo”, proclama. “Y el turista está muy escarmentado. A mí no me gusta nada la palabra guiri, porque el turista no es tonto, sabe lo que quiere y con internet lo tiene mucho más fácil”.

Por otra parte, García cuenta que a la vez que se ha tratado de meter el sablazo al visitante, Jerez y su entorno en parte no se hacen valer. “No puede ser que un litro de fino de Jerez cueste dos euros. Lo que hay que hacer es ofrecer calidad y entonces pedirle ese valor, pero no sacarle lo que puedas y tratar de que encima vuelva a su lugar de origen presumiendo de Jerez”. Es una cuestión, en parte, de cultura hostelera. “Para un propietario de un restaurante, los camareros son un gasto pero deben verse como una inversión. Tener alguno que sepa idiomas, tener una buena carta de vinos de la tierra, abrir los domingos. Si queremos ser una ciudad para los turistas, tenemos que creérnoslo”, sostiene.

A su parecer, y en vista de otros destinos, en Jerez no se ha apostado por el enoturismo. “No comprendo que no haya un menú maridado en cada restaurante. Hay un estudio que dice que el enoturista está dispuesto a pagar hasta 150 euros por un sólo menú. Pero claro, por vinos de más de 30 años, que tenemos muchos muy buenos aquí”, cuenta.  Y además, hay margen para la mejora en cosas que han empezado a funcionar. “En Sevilla hay 20 o 30 tablaos que funcionan entre semana. Yo no pido que hagamos eso. El turista agradece la experiencia del nativo, que le expliquen qué vino está tomando, que le cuenten cómo es la ciudad. Y en el caso del flamenco, una vez que lo conoces te van a gustar cantes más serios, pero si lo orientamos al turista, le ponemos un horario fijo con una mesa sentado consumiendo vinos de la ciudad y le enseñamos cantes más alegres, podemos darle un buen servicio”.

“Poner a camareros con pajarita sirviendo en el tabanco San Pablo sí sería prostituir los tabancos, pero explicarles cómo se tiene que pedir en la barra, por ejemplo, sería la clave”

El dilema está en si eso es prostituir las esencias de la ciudad. “Poner a camareros con pajarita sirviendo en el tabanco San Pablo sí sería prostituir los tabancos, pero explicarles cómo se tiene que pedir en la barra, por ejemplo, sería la clave”, defiende. En un sentido amplio, volvemos a la cuestión de la cultura hostelera. Piensa, por ejemplo, en La Rioja. “Yo hasta hace unos años no sabía lo que era un amontillado. Y hasta que no empezaron a abrir tabancos, un jerezano podía llegar a un bar y pedir del tirón un Rioja“. ¿Por qué? “No puede ser que haya un comercial, por ejemplo en China, de cada bodega de Jerez. En La Rioja venden marca Rioja y tienen una política común. ¿Podrías citarme una bodega riojana? Yo no. Primero han promocionado fuera su vino y luego, digamos que en los últimos metros, se ha peleado cada marca por vender más”, explica. Es una cuestión de lógica comercial.

No pide, eso sí, que sea el sector público el que afiance este crecimiento del turismo. “Simplemente deben dinamizar, poner más fácil el trabajo a los demás”, porque el sector privado tiene recursos suficientes. Es verdad que, como dice, “Jerez y su Marco, que es Rota, El Puerto, Arcos y el resto de la sierra, e incluso Cádiz, no tienen una Torre Eiffel” que aparezca en las postales y que sea atractivo suficiente para que el turista venga, “tenemos todos los hierros pero tenemos que darle forma“. Porque “Jerez es el parque temático del vino, el flamenco y los caballos, y tenemos un buen clima, buenos restaurantes… Pero no hay nada que por sí sólo pueda servir de atractivo”. Por eso, el objetivo es poner todo en común y ofrecer al turista, exactamente, lo que está buscando.

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