“Oficio noble y bizarro, entre todos el primero, pues en la industria del barro, Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro”.

Quintilla popular

Cuando José Amaya Guerrero montó su negocio de ladrillos y macetas, quizás no se hubiera imaginado que, más de medio siglo después, su nieto seguiría al frente de un comercio siempre ligado al barro y a la cerámica. En el número 16 de la avenida Blas Infante, en la zona Sur, Cerámicas Amaya resiste al paso del tiempo. José Antonio Amaya, 36 años, es hoy quien se sitúa detrás del mostrador para vender macetas, platos, azulejos, apliques de pared, botijos, huchas, lavabos, tinajas, lebrillos… Afortunadamente, y aunque la clientela ha cambiado, ya que muchos prefieren tirar de barato y comprar productos de menor calidad en bazares y almacenes orientales, aquí señalan que la cerámica “nunca pasa de moda”.

Lo sabe bien Francisco Amaya Carrera, 74 años, la segunda generación que se encargó del negocio en 1965 tras la jubilación del fundador que, aun así, explica que en realidad no fue su padre, sino su abuelo, quien ya en los años 30 del siglo XX se encargó de unos tejares de ladrillos toscos hechos a mano. “Esto y el Ayuntamiento tienen la misma edad”, bromea para dar a entender que la tradición del barro en su familia viene de generación en generación, él que precisamente estuvo junto a su padre unos 30 años cociendo ladrillos hasta que se hizo cargo de la tienda, ya con la idea empresarial que mantiene actualmente.

Francisco, ya jubilado, pero que sigue pasándose por la tienda de vez en cuando, tiene gratos recuerdos de los inicios del negocio, cuando con nueve o diez años ya echaba una mano. Además de ladrillos, se vendían sobre todo macetas, cántaros y botijos, que daban de beber a albañiles y a jornaleros de las viñas y las bodegas. “Podíamos vender mil o dos mil en verano. Hoy si vendemos 120 son muchos”, afirma su hijo comparando aquellos tiempos con los de ahora. Pero el paso de los años y el gusto de los clientes por piezas más finas hizo que el negocio ampliara sus miras a otros productos. “Era eso o quedarnos atrás”, señala Francisco.

Francisco Amaya, en el patio exterior de la tienda, junto a maceteros de barro de diferentes tamaños. FOTO: MANU GARCÍA

En los años 80 el negocio vuelve a adaptarse a los tiempos y deja de fabricar para dedicarse enteramente a la venta de productos de barro y cerámica, hechos a mano, de proveedores eminentemente andaluces de las provincias de Sevilla, Córdoba y Jaén. Son buenos tiempos, porque Jerez comienza además una época de expansión urbanística, caracterizada por la proliferación de chalés y unifamiliares con jardines, viviendas que ligan perfectamente con los productos que venden los Amaya.

Los cada vez más frecuentes turistas alemanes y franceses y los americanos de la Base de Rota también gustan de estos elementos “typical Spanish”, a veces de manera sorprendente. “Cuando todavía estaba la peseta, que al cambio con el dólar les venía muy bien, los americanos venían aquí a decenas. Curisamente les gustaban mucho los azulejos de imágenes de cristos y de vírgenes. Del Cristo de la Expiración no sé los que llegamos a vender. Les llamaba mucho la atención las melenas”.

Huchas de cerditos, en una de las estanterías de la tienda.

Ya en el siglo XXI, Cerámicas Amaya ha seguido dando pasos para seguir manteniendo a su fiel clientela y ganar otra de fuera de nuestras fronteras. En este caso, la web de la tienda ha servido para que azulejos o platos crucen España entera e incluso el Atlántico. “Hasta Miami han llegado azulejos de vírgenes”, apunta Francisco, que por otro lado afirma que la crisis de la que estamos empezando a salir ha sido la peor que ha vivido nunca.

Y aunque les ha afectado “como a todo el mundo”, afirma que poco a poco van repuntando las ventas, en parte a la clientela fiel que mantienen desde hace años, pero también por las horas de trabajo que hay detrás. “Si antes había que trabajar 10 horas, ahora hay que trabajar 15”, explica José Antonio. Y es que no hay otro secreto para esta familia. “La gente ahora monta un negocio y se cree que ya va solo, y qué va. Hay que echarle muchas horas”, añade Francisco, que piensa que “en estos tiempos, si esto tuviera que empezar de cero, no tendría futuro”.

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