Cádiz

Venta de Cartuja, una de las ventas más antiguas de España, celebra su primera semana en su nuevo local en el Jerez urbano

El negocio familiar que impulsó Rodrigo Valle, un niño de Benaocaz que empezó fregando vasos con once años, agradece a clientes y trabajadores el arranque en una urbanización frente a El Corte Inglés

  • Venta de Cartuja, una de las ventas más antiguas de España, celebra su primera semana en su nuevo local en el Jerez urbano.

Venta de Cartuja ya cumple una semana en su nuevo espacio de la urbanización Jardín del Inglés, frente a Hipercor. Así lo ha celebrado en sus redes sociales, donde agradece a sus clientes, amigos y al equipo de profesionales que el proyecto “ya es una realidad con éxito”.

En su mensaje, el negocio presume de su pan de toda la vida: “Ese pan de toda la vida que llega a la mesa y cuesta resistirse a darle un pellizquito”. Lo describe crujiente por fuera, tierno por dentro y perfecto para acompañar una buena comida, e invita a sentarse a la mesa y disfrutar de “el sabor más auténtico”.

Detrás de ese pan hay una historia de siglos. La venta original, que ahora ha dado el salto en un despacho en el Jerez urbano, se levanta a la vera del Guadalete, que en su momento la convirtió en víctima de sus crecidas, y está considerada una de las ventas más antiguas de España.

Un puente del siglo XVI y un molino de harina

Para llegar hoy hasta ella hay que dar una vuelta por la autovía en sentido Los Barrios y cruzar el puente de Cartuja, el único de piedra construido sobre el curso del río Guadalete.

Hace cinco siglos, en ese mismo emplazamiento, los vecinos pidieron a Carlos I ayuda para levantar un puente ante los ataques de corsarios berberiscos y las incursiones de los ingleses. Según se cuenta, la obra comenzó en 1525 y terminó en 1541.

Varias décadas después, en 1592, ya hay constancia documental de un molino de harina en el lugar que hoy ocupa la venta. “Es un edificio del siglo XVI”, asegura su propietario, Rodrigo Valle.

De fregar vasos a llevar el negocio

Rodrigo heredó el negocio junto a sus hermanos y su madre tras la repentina muerte de su padre, que también se llamaba Rodrigo y fue quien sembró la semilla de la actual Venta de Cartuja. “Aquí lo que había entonces era una venta, se vendía pan y chacinas de la sierra, como morcilla y chorizo”, explica.

Su padre, nacido en Grazalema y criado en Benaocaz, llegó a trabajar a la venta con solo once años, cuando el lugar era un importante cruce de caminos. “Él empezó fregando vasos hasta que poco a poco se fue haciendo el encargado”, recuerda su hijo.

La confianza que ganó con el propietario, un popular jerezano llamado Juan Vázquez, le llevó a hacer el servicio militar como voluntario en el cuartel de El Tempul. Su meta era trabajar en la venta, y lo consiguió en 1969, cuando se quedó con el negocio, aunque sin la propiedad. Ya entonces se le conocía por su buena mano en la cocina. “¿Qué vais a comer? Guiso de papas, filetitos con no sé qué... aquí no había cocina, lo que se hacía era lo que se podía”, contó Rodrigo a lavozdelsur.es, repitiendo lo que había escuchado a su padre.

La construcción de la autopista Cádiz-Sevilla, a comienzos de los años 70, atrajo a numerosos trabajadores a la zona y convirtió la venta en un enclave privilegiado de paso. Fue entonces cuando el negocio, que hasta ese momento se limitaba al pan, las chacinas y las medias botellas de fino o manzanilla, empezó a crecer. “Mi padre siempre quiso hacer un restaurante, esa era su ilusión”, recuerda Rodrigo, que se crió con sus hermanos en pleno campo.

El esfuerzo era enorme. “Mi padre repartía por la mañana y luego abría la venta... cuando podía se echaba una cabezadita, se quedaba totalmente dormido”, relata. Cada desayuno y cada almuerzo eran un mundo, y aquel niño llegado de Benaocaz acabó convertido en un reclamo entre fogones. Tanto que un día le dijeron a su hijo: “Las mejores papas con carne que me he comido son las de tu padre”.

La antigua casa de postas es hoy, además de punto de venta de todo tipo de productos de la tierra, un restaurante con salón interior. Antes del coronavirus, los fines de semana era habitual no encontrar hueco. Su desayuno estrella es el café con rebaná de zurrapa de lomo, y a mediodía, sus famosos chicharrones caseros. La licencia de almacén que todavía conserva le permitió seguir vendiendo durante los peores días de la emergencia sanitaria.

Venta de Cartuja ya cumple una semana en su nuevo espacio de la urbanización Jardín del Inglés, frente a Hipercor. Así lo ha celebrado en sus redes sociales, donde agradece a sus clientes, amigos y al equipo de profesionales que el proyecto “ya es una realidad con éxito”.

En su mensaje, el negocio presume de su pan de toda la vida: “Ese pan de toda la vida que llega a la mesa y cuesta resistirse a darle un pellizquito”. Lo describe crujiente por fuera, tierno por dentro y perfecto para acompañar una buena comida, e invita a sentarse a la mesa y disfrutar de “el sabor más auténtico”.

Detrás de ese pan hay una historia de siglos. La venta original, que ahora ha dado el salto en un despacho en el Jerez urbano, se levanta a la vera del Guadalete, que en su momento la convirtió en víctima de sus crecidas, y está considerada una de las ventas más antiguas de España.

Un puente del siglo XVI y un molino de harina

Para llegar hoy hasta ella hay que dar una vuelta por la autovía en sentido Los Barrios y cruzar el puente de Cartuja, el único de piedra construido sobre el curso del río Guadalete.

Hace cinco siglos, en ese mismo emplazamiento, los vecinos pidieron a Carlos I ayuda para levantar un puente ante los ataques de corsarios berberiscos y las incursiones de los ingleses. Según se cuenta, la obra comenzó en 1525 y terminó en 1541.

Varias décadas después, en 1592, ya hay constancia documental de un molino de harina en el lugar que hoy ocupa la venta. “Es un edificio del siglo XVI”, asegura su propietario, Rodrigo Valle.

De fregar vasos a llevar el negocio

Rodrigo heredó el negocio junto a sus hermanos y su madre tras la repentina muerte de su padre, que también se llamaba Rodrigo y fue quien sembró la semilla de la actual Venta de Cartuja. “Aquí lo que había entonces era una venta, se vendía pan y chacinas de la sierra, como morcilla y chorizo”, explica.

Su padre, nacido en Grazalema y criado en Benaocaz, llegó a trabajar a la venta con solo once años, cuando el lugar era un importante cruce de caminos. “Él empezó fregando vasos hasta que poco a poco se fue haciendo el encargado”, recuerda su hijo.

La confianza que ganó con el propietario, un popular jerezano llamado Juan Vázquez, le llevó a hacer el servicio militar como voluntario en el cuartel de El Tempul. Su meta era trabajar en la venta, y lo consiguió en 1969, cuando se quedó con el negocio, aunque sin la propiedad. Ya entonces se le conocía por su buena mano en la cocina. “¿Qué vais a comer? Guiso de papas, filetitos con no sé qué... aquí no había cocina, lo que se hacía era lo que se podía”, contó Rodrigo a lavozdelsur.es, repitiendo lo que había escuchado a su padre.

La construcción de la autopista Cádiz-Sevilla, a comienzos de los años 70, atrajo a numerosos trabajadores a la zona y convirtió la venta en un enclave privilegiado de paso. Fue entonces cuando el negocio, que hasta ese momento se limitaba al pan, las chacinas y las medias botellas de fino o manzanilla, empezó a crecer. “Mi padre siempre quiso hacer un restaurante, esa era su ilusión”, recuerda Rodrigo, que se crió con sus hermanos en pleno campo.

El esfuerzo era enorme. “Mi padre repartía por la mañana y luego abría la venta... cuando podía se echaba una cabezadita, se quedaba totalmente dormido”, relata. Cada desayuno y cada almuerzo eran un mundo, y aquel niño llegado de Benaocaz acabó convertido en un reclamo entre fogones. Tanto que un día le dijeron a su hijo: “Las mejores papas con carne que me he comido son las de tu padre”.

La antigua casa de postas es hoy, además de punto de venta de todo tipo de productos de la tierra, un restaurante con salón interior. Antes del coronavirus, los fines de semana era habitual no encontrar hueco. Su desayuno estrella es el café con rebaná de zurrapa de lomo, y a mediodía, sus famosos chicharrones caseros. La licencia de almacén que todavía conserva le permitió seguir vendiendo durante los peores días de la emergencia sanitaria.

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