En Sevilla, la capital andaluza tan dada a menudo a la exageración, puede decirse sin temor a la hipérbole que arrancó la historia del imperio español. Aquí se celebró la única boda imperial de la historia de nuestro país, la de Carlos I de España y V de Alemania con su prima hermana Isabel de Portugal.
Aquel matrimonio tan estratégico y en el que sin embargo también anidó el amor había sido amasado por intereses políticos durante siete años y fue formalizado por poderes hasta en dos ocasiones, pero a los contrayentes les bastó verse por primera vez en los Reales Alcázares para que el nieto de los Reyes Católicos, criado en Alemania y sin mucho dominio del castellano, dispusiese que la boda de veras, presencialmente, se celebrase aquella misma noche, la del 11 de marzo de 1526.
En dos meses, por tanto, se cumplirán cinco siglos de aquel enlace que cambió la historia de España, y por eso Sevilla se prepara para conmemorar la efeméride con actividades culturales, exhibiciones y visitas temáticas en los Reales Alcázares, a los que se irán añadiendo otros fastos en torno al recorrido que hicieron los novios desde que entraron por la Macarena, en días distintos de marzo de 1526, hasta que cada uno de ellos llegó a la Catedral, pasando por los engalanados barrios de Santa Marina, San Marcos, San Isidoro y El Salvador.
Lo que se olvida, según reivindican estos días asociaciones sevillanas tan empañadas en velar por el patrimonio irrepetible de la ciudad, es que hubo otros emplazamientos tal vez menos solemnes pero que sirvieron para que pernoctaran los cortejos reales y sus comitivas al llegar a Sevilla no solo por aquellos novios con ocasión de su boda, sino también, ya en 1508, cuando vino el propio Fernando el Católico con su segunda esposa, Germana de Foix. Uno de esos lugares es precisamente el hospital más antiguo de Sevilla, el de San Lázaro, que ya contaba con una iglesia desde que, en pleno siglo XIII, Fernando III y su hijo Alfonso X el Sabio arribaron a la ciudad para conquistársela a los musulmanes.
Corría el año 1249 cuando aquel monarca castellano que iba a morir en Sevilla al tiempo que su hijo establecía aquí su Corte necesitó instalar un hospital de campaña y una capilla rudimentaria, en un primer momento como símbolo cristiano en torno al arrabal islámico de la Macarena. Solo unos años después, el rey Sabio convirtió aquel primer hospitalito en un lazareto para albergar enfermos de lepra no solo de Sevilla, sino incluso de Huelva y Cádiz. Por eso el lugar designado se localizaba extramuros de la ciudad, junto a unas huertas conocidas entonces como Huerta Grande y Huerta Chica de San Lázaro. Desde tan lejos, se garantizaba que aquellos pobres desgraciados no tuvieran contacto con el resto de la población, pues su enfermedad era contagiosa.
El hospital y su iglesia aparecen ya en el tercer capítulo de El Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, cuando el protagonista se decide a salir de Sevilla al mundo: "“Apenas había salido de la puerta, cuando sin poderlo resistir, dos Nilos reventaron de mis ojos, que regándome el rostro en abundancia, quedó todo de lágrimas bañado. Esto y querer anochecer no me dejaban ver cielo ni palmo de tierra por donde iba. Cuando llegué a San Lázaro, que está de la ciudad poca istancia, sentéme en la escalera o gradas por donde suben a aquella devota ermita…”
El hospital, por otro lado, acogió tanto a órdenes religiosas como la de las Hermanas de la Caridad o la de San Juan de Dios como a órdenes de caballeros como la de San Juan de Jerusalén, Calatrava o Santiago, bajo la protección de la nobleza sevillana. De hecho, este lugar, con sus reformas y ampliaciones, ha seguido siendo hospital hasta hoy, pues el edificio actual forma parte del Área Hospitalaria Virgen Macarena del SAS, como una extensión del gran hospital sevillano dedicada especialmente a psiquiatría, cirugía ambulatoria y rehabilitación. La iglesia permanece cerrada y abandonada desde que, en 1998, la administración del hospital del que siempre ha dependido pasó de manos de la Diputación de Sevilla a la Junta de Andalucía. Se han ido sucediendo las promesas de su rehabilitación, pero la realidad es la que se ve a simple vista.
Incluso de los años previos a la conquista cristiana de la ciudad se mantiene hoy, como portada de la conservada aunque maltrecha fachada del hospital de San Lázaro, la Torre de los Gausines. Por lo tanto, con la única duda de la iglesia de Santa Ana, en Triana, que fue construida en el año 1280, esta iglesia del hospital de San Lázaro es con mucha probabilidad el templo más antiguo de toda Sevilla.
Tantas voces de alarma
Insisten en ello no solo el presidente de la Asociación de Defensa del Patrimonio de Andalucía (Adepa), Joaquín Egea, sino también todos los miembros de la Asociación de Profesores para la Difusión y Protección del Patrimonio Histórico Ben Baso, presidida por José Manuel Baena Gallé, indignado por “el importante grado de deterioro” de un edificio que, para más inri, fue declarado Monumento Histórico en 1964 y Bien de Interés Cultural (BIC) en 1985, aunque tales consideraciones no parezcan servir hoy por hoy para nada.
Egea ha recordado que cuando un edificio es catalogado como BIC supone que el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz de la Junta debe aplicar “políticas públicas para garantizar y asegurar su conservación y puesta en valor” y que, como mínimo, “estará abierto al público de forma gratuita una vez por semana”. Qué lejos de la realidad.
La vocal de Actividades Culturales de Ben Baso, Matilde Durán, se lamentaba esta semana, ante el edificio, de que “una iglesia tan valiosa con elementos gótico mudéjares esté un estado tan deplorable”. Su compañero Estaban Moreno, vocal de Protección del Patrimonio en la misma asociación, señalaba grietas desde la base del edificio hasta la torre, pasando por las ventanas góticas e incluso por la fachada principal del antiguo hospital, que presenta “tantos desperfectos en paramentos, desprendimientos de sus vanos y cornisas, roturas en el entablamiento clásico, desconchados y problemas de pintura en general”.
“Es una imagen lamentable y ahora, con la conmemoración de un acontecimiento tan importante como fue aquella boda imperial de 1526, se debería acometer la consolidación de la fachada principal y de la torre e iglesia del hospital, que se encuentran en serio peligro de destrucción por abandono”, insiste Moreno. “Es que si no se hace ahora aprovechando la oportunidad de la efeméride y después de tantas promesas, ¿cuándo se va a hacer?”, se pregunta Durán.
También el Defensor del Pueblo Andaluz ha levantado su voz a favor de este conjunto patrimonial, e incluso arqueólogos de fuera de Sevilla, como Miguel Ángel de la Cruz, han hecho llamamientos a la reflexión sobre “uno de los bienes históricos más antiguos y significativos de Sevilla que está en absoluto abandono ante la pasividad de los gobernantes”. Este último ha insistido, a través de mensajes de sus redes sociales que casi se han viralizado, en que “si este edificio se desploma ante la indiferencia de las administraciones y la ciudadanía, estaremos permitiendo el derrumbe de una pieza relevante de este puzle de la historia, quedando de este modo incompleta y descontextualizada”.
También la asociación por la defensa y salvaguarda del patrimonio histórico Hispania Nostra incluyó el pasado mes de febrero la iglesia de San Lázaro en su preocupante Lista Roja por encontrarse el edificio “en un estado muy malo de conservación y abandono”.
La asociación Ben Baso recuerda que en el año 2018 mantuvo reuniones con responsables de la Junta de Andalucía (propietaria del conjunto a través de las Delegaciones Territoriales de Cultura y de Salud) para alertar sobre el estado crítico que presentaban ya entonces los bienes muebles e inmuebles. Al menos entonces se consiguió el saneamiento de las cubiertas (lo que hoy protege el interior del templo) e incluso la rehabilitación de las pinturas del retablo, obra de Villegas Marmolejo, del siglo XVI, que siguen, desde 2023, en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico a la espera de la rehabilitación del edificio.
“Es que antes de eso la propia iglesia se había convertido en un lamentable almacén, durante dos décadas”, recuerda Esteban Moreno, al tiempo que insiste en que lo único que falta es que se dé luz verde a la rehabilitación del edificio, aunque para ello es necesaria la intervención arqueológica preventiva, que ya fue autorizada en el verano de 2024.
En efecto, hace ya año y medio que la Comisión Provincial de Patrimonio autorizó ese proyecto de intervención arqueológica preventiva, el análisis de estructuras emergentes y las catas y sondeos del antiguo hospital que datarían verdaderamente el conjunto, incluida la iglesia. Pero ya no se ha dado un paso más en esa dirección. Y 2026, el año del quinto centenario de la boda de los emperadores cuyos séquitos se alojaron en este suelo y en este hospital antes de entrar solemnemente en Sevilla, ya ha llegado.
La maestría de Hernán Ruiz II
Fue ya bien avanzado el siglo XVI, el llamado con razones Siglo de Oro español, cuando el hospital y su iglesia se enriquecieron notablemente. La fachada manierista del antiguo hospital fue obra de Hernán Ruiz II –arquitecto que remató la Giralda- en torno a 1564. La iglesia, por su parte, es un edificio de planta basilical de tres naves –la central es la mayor- y de estilo gótico-mudéjar. Su campanario definitivo, de planta octogonal y estilo borrominesco, es una ampliación del siglo XVIII atribuida al arquitecto Sebastián vander Borcht. Hoy, dada su inclinación, salta a la vista que peligra.
“La prometida restauración del propio edificio eclesial y del hospital, a pesar de haber sido anunciada repetidamente nunca se ha ejecutado y permanece en un plazo indeterminado al que hay que poner fecha de manera urgente, dados los que se advierten en las fachadas, torre e iglesia”, señalan en la asociación Ben Baso, al tiempo que exigen a la Junta de Andalucía que “redacte sin dilación una intervención de urgencia e integral en el hospital y la iglesia de San Lázaro, a la vez que se decida el uso cultural y educativo más adecuado para el espacio de esta iglesia desacralizada”.
Lázaro, en un azulejo del XVII
Los sevillanos pasan presurosos por la antigua portada del hospital, enterrada literalmente bajo las capas con las que ha subido el suelo a lo largo de tantos siglos. La mayoría lleva la cabeza con bastantes preocupaciones como para advertir la curiosidad patrimonial y ese azulejo, del siglo XVII según Esteban Moreno y restaurado alguna vez, que representa a un Lázaro, a la luz del Evangelio de San Lucas, que nada tiene que ver con el amigo de Jesucristo que Él mismo resucitó, sino con el protagonista de una parábola que el mismo Cristo contó alguna vez sobre un rico que celebrara fiestas a diario y un pobre mendigo leproso, en su portal, al que los perros le lamían las llagas.
Según aquella parábola, cuando el rico y el mendigo murieron, a cada cual le fue de un modo distinto, pues Lázaro vivía entre los ángeles que rodeaban al padre Abraham y el rico sufría tormentos en el infierno, hasta el punto de que pidió que el antiguo leproso mojara en agua la punta de su dedo para que le refrescara la lengua. Sin embargo, Abraham informó al rico de que aquel contacto era imposible, por lo que el rico suplicó, en última instancia, que enviara a Lázaro a la casa de su padre para que advirtiera del peligro de la avaricia a sus cinco hermanos. Según la famosa parábola, Abraham le contestó que si sus hermanos no escuchaban a Moisés y a los profetas, tampoco iban a hacerlo con un resucitado.
