Coronar canónicamente a la Virgen de Los Remedios de Los Palacios y Villafranca el 23 de octubre de 2027 supondrá una justicia histórica de la que seguramente no serán del todo conscientes ni en el Arzobispado de Sevilla, pendientes como andan en Palacio del turno de tantas otras advocaciones en una época en la que se ha puesto de moda este modo solemnísimo de subrayar devociones extraordinarias, pero también encerrará una cascada de injusticias solo remediadas porque el Cielo debe de ser un balcón privilegiado desde el que asistir a la fiesta.
Desde allí gritará su particularísimo pregón (“¡Viva la Virgen de Los Remedios!”) Dolores Domínguez Pérez, más conocida precisamente como Dolores la de Los Remedios, que murió en 2021 sin noticia de corona alguna y después de haber sido capaz de vender papeletas por todo el pueblo hasta para comprarle un manto a su Virgen en aquellos años en que la Madre de Dios en el barrio del Furraque no ostentaba, como ahora, el mejor manto, el mejor paso y el mayor desfile de nazarenos de toda la comarca y más allá.
Desde el balcón celeste, sin aspavientos pero con el alma ya en reposo, sonreirán también otros miles de palaciegos, hasta de adopción, que siempre creyeron en la lógica aplastante de que la Virgen de la Hermandad de la Vera Cruz hubiera debido estar ya coronada, desde el cronista oficial de la Villa, Antonio Cruzado, que tanto documentó y publicó sobre la magia secular de esta Virgen de Gloria que procesiona en el Día del Amor Fraterno, hasta Luis Merello Govantes, el cura de la otra parroquia, como se conoce aquí a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús por constituir otra feligresía, que murió hace solo seis meses después de haber demostrado su compromiso con la manera de vivir el cristianismo en la capilla más antigua de la antigua Villafranca de la Marisma (el pueblo que se unió a Los Palacios en 1836).
Ya ayer comenzaron a sonreír allá arriba no solo porque las buenas noticias (como la del Evangelio) vuelan con la facilidad celeste que les insufla el designio divino, sino porque, desde allá arriba, debieron de comprobar el derroche de amor de un pueblo unido con esta Virgen remediadora que va ya para los cinco siglos de historia y que, aunque espere la Coronación canónica, hace ya tanto que fue coronada por la gente sencilla que la ama en silencio todos los días de su vida.
El Furraque se vistió de gala ayer tarde, empezando por un extraordinario cielo azul y límpido, para verla salir de su capilla a las órdenes de los hermanos Rialora, que siempre que miran a lo más alto, a través de las bambalinas del paso, ven a su padre, que los observa orgulloso desde allí. La doble cuadrilla de costaleros, las largas filas de nazarenos con capas verde (verde esperanza y remediador), la banda de música de Villanueva del Ariscal y sobre todo la gente que inundaba la calle San Sebastián ya demostraba que la Virgen que empapaba de fe hasta los confines del pueblo era una Virgen tan empática desde su esplendor que, viendo la relación de sus hijos con ella, cuesta no convertirse.
Un himno en la calle
Fue el histórico párroco de Santa María la Blanca Don Juan Tardío el que le compuso, a mediados del pasado siglo, un himno a la altura de su grandeza ya legendaria: “Cual Remedios de todos los males, / como Estrella que al mundo iluminas, / como Madre del Verbo Divino, / cual Refugio del pobre mortal”, dice la letra de aquel poema hoy tan popular incluso entre quienes no son hermanos aún de la Cofradía, que ya suma 3.300. El poema, que a la gente le sale solo si lo canta, considera a la Virgen de los Remedios Pastora para el errante y Salud para el enfermo, le pide protección con su manto y confía en el honor que supone su propio nombre tanto en la vida como en la muerte. Y todo eso se nota en la calle, a pie de acera y en medio de todas las calzadas, donde la Virgen tenía ayer nazarenos, penitentes, simpatizantes, hermanos y aspirantes a serlo.
Es complicada pero cierta esa combinación del profundo respeto que la Virgen de los Remedios despierta por donde va con el enfervorecido jolgorio que suscita al mismo tiempo. A la Hermandad no le hace falta ordenar las filas ni mandar silencio ni darle órdenes a nadie porque está convencida de que el amor por su Virgen no admite cortapisas mundanas. Pero es Ella, desde el altar de su paso, la que ordena y sana conforme pasa. Se notaba ayer tarde por la siempre encendida de soles calle Larra, por supuesto, y luego por la calle Arenal y por ese Villa Alfaro donde llovió la primera petalada, porque aquí el Furraque no se limita a una calle o dos, sino que Furraque es un concepto espiritual que se derrama por donde Ella quiere, sin más, de modo que también la calle Buenos Aires es Furraque, y el Toledillo es Furraque y la Pililla es Furraque, sobre todo en Jueves Santo y hasta la calle Rafael Alberti, con toda su gracia poética de vía bautizada por un poeta comunista, es también Furraque porque la Reme lo quiere, y en el colmo de esa Furraquización del Jueves Santo, hasta el centro histórico por carrera oficial y por la calle Hospital y la Parroquia Mayor de Santa María la Blanca se perfuma indefectiblemente de Remedios porque la remediadora Madre de Dios así lo decreta desde aquella vez en que le dijo a Cristo para que comenzara todo: “Hijo, no tienen vino”. Y se hizo el Remedio.
Los Palacios y Villafranca, el de los 15 millones de kilos de tomate cada año, es un pueblo tan espléndido que, por tener, siempre tiene dos de todo, como mínimo: dos grandes del fútbol del Sevilla o del Betis, como Jesús Navas o Fabián Ruiz; dos Lámparas Mineras del Flamenco, como las conseguidas por Miguel Ortega y por María José Carrasco; y ahora tendrá dos Vírgenes coronadas canónicamente, porque ya en 2023 fue coronada aquí la Patrona, la Virgen de las Nieves, y solo tres años después se coronará “la Emperatriz del Furraque”, como se han acostumbrado a llamarla los devotos radicales que se le multiplicaban ayer en cada chicotá, en cada saeta dedicada su belleza, como la que le cantó Manuel Orta por la calle de su propia infancia o la que le dedicó el joven Jesús Ramos ya en su propia calle de vuelta tras una petalada histórica que parecía no terminar jamás. En el sueño de tantos cofrades como hoy no han despertado del todo, la petalada sigue, perfumando de amor flotante la mística oscuridad de un barrio que se resistía a que la procesión terminara.
La despedida de Juan Amuedo Tirado
Delante de una Virgen especialmente engalanada de flores imposibles, como siempre, el Santísimo Cristo de la Vera Cruz fue abriendo el camino de su propia Pasión desde las 17.15 horas, y lo siguió haciendo, desde el trono de su Cruz, hasta que el Furraque abarrotado se rindió a sus plantas cerca de la una de la madrugada, sobre un monte que este año volvía a ser de claveles exclusivamente rojos. Delante del paso, fue ocurriendo una despedida, la del segunda capataz, Juan Amuedo Tirado, que no se hubiera notado si no llega a ser por el homenaje que su compañero José Joaquín Sánchez le dispensó a solo unos metros del regreso a su capilla.
Después de 22 años ininterrumpidos, este segundo capataz deja el martillo porque dice no poder con el peso de no estar tanto como él quisiera a lo largo de todo el año, por motivos laborales. El peso de la responsabilidad, del compromiso serio, del amor de un hijo que se entiende con su Señor. Juan Amuedo se ha complementado durante estas dos décadas largas con José Joaquín Sánchez como el haz y el envés de una hoja frente al paso, porque mientras José Joaquín es la voz recurrente, Juan es el silencio necesario. José Joaquín ha sido el verso y Juan el reverso. Podría decirse que ha sido uno el cuerpo y el otro el alma; uno el ánimo expresado y el otro la presencia necesaria; el uno la exclamación y el otro la interiorización; José Joaquín ha sido la llamada desde lejos y Juan la llamada susurrada; uno ha hablado siempre para el barrio y el otro solo para los costaleros precisos. Anoche, cuando José Joaquín le dedicó a Juan unas sentidas palabras de homenaje antes de la penúltima chicotá, dirigidas a su cuadrilla, este se estrechó con él en un abrazo, y luego parpadeó un par de veces para contener las lágrimas y se dio la vuelta, suspirando, hacia otros compañeros de abajo que estaban afuera, esperándolo para abrazarlo.
Luego, dentro y fuera de la capilla, hubo mucho más abrazos, muchas más lágrimas y muchas más promesas definitivamente cumplidas entre gente con y sin capirote, entre costaleros y entre devotos que miraban el regreso de sus titulares al templo como el de tantos de sus hijos al seno de Dios Padre, pero con esa profundidad candorosa de los niños que están seguros de que no todo puede terminar aquí abajo y por eso da igual asistir a la justa Coronación de la Madre de Dios que aquí se llama Remedios desde allá o desde acá. Lo importante es que la Iglesia oficial constante lo mismo que aquí el pueblo supo por los siglos de los siglos amén.
