Manuel Sollo Fernández, periodista que se ha llevado casi cuatro décadas en Radio Nacional de España (RNE) hasta su jubilación definitiva al cumplir los 65 años, aprendió el valor de los libros antes de que su propia familia tuviera la generosa convicción de que el niño no iba a servir ni para el taller en el que trabajaba su padre ni para aquella inmensa marisma del Guadalquivir donde su madre había echado los dientes escardando desde niña. Cuando, ya adolescente, sus esforzados padres le daban un par de monedas para que tomara el autobús camino del instituto en Dos Hermanas, él prefería hacer auto stop porque así ahorraba para comprar más libros.
Su historia se parece mucho a la de ciertos jóvenes de su generación que rompieron aquel maleficio sin mariposas de que los hijos de la gente del campo tenían que seguir trabajando en el campo. Y eso que nació en un pueblo que hoy presume de ser la Huerta de Sevilla, Los Palacios y Villafranca, el séptimo municipio por población de toda la provincia (39.000 habitantes) y el primer productor de tomate (bombón colorao lo llaman aquí), con más de 15 millones de kilos anuales.

Su historia de superación se parece bastante a la de ciertos paisanos nacidos también en aquella prodigiosa década de los 60 que, aunque rompieron la inercia de sus antepasados atados al terrón, no olvidaron jamás lo que aquel incondicional apoyo de rebeldía transgeneracional iba a suponer en el cambio social más inmediato.
A los jóvenes como Sollo les pilló de lleno la llegada de una democracia que había que estrenar, los mítines como fiestas, la revalorización del flamenco, la importancia de las revistas culturales y la poesía como nueva forma de conocimiento. De hecho, se metieron a poetas antes de descubrir sus verdaderas vocaciones o sus primeras frustraciones. De modo que, aunque cada cual fue buscándose la vida como pudo, todos ellos tuvieron tres cosas en común: dejaron de depender económicamente del trabajo de la tierra, la tierra se convirtió en metáfora literaria del esfuerzo que sus padres habían realizado para que ellos empezaran a esforzarse de otra manera y aquellos otros esfuerzos interiorizaron lo que los libros habían hecho por ellos desde el principio.
Así que para Manuel Sollo Fernández, hijo de padres casi analfabetos que no permitieron que su hijo “un tanto enfermizo de niño” siguiera sus pasos, sino que se marchó a Madrid para estudiar Periodismo, los libros –así, sin distinción y sin remilgos de géneros- fueron el salvoconducto a otra vida que es la que realmente ha vivido este periodista palaciego, casado y con una sola hija, que ahora ha decidido legar la mayor parte de su inmensa biblioteca a la biblioteca de todos, es decir, a la pública que se bautizó en 2019 con el nombre de Generación del 27. Precisamente una exposición de Claudio Maestre (textos) y Delia León (ilustraciones) sobre el poeta local Joaquín Romero Murube, uno de los baluartes olvidados de aquella generación literaria que arrancó su fama en Sevilla, protagonizará en la Casa de la Cultura toda la Semana de las Letras que se vive desde ayer en este municipio del Bajo Guadalquivir.
Pero será este jueves 23 de abril, el mismo Día del Libro, cuando el alcalde palaciego, Juan Manuel Valle (IP-IU) y su delegado de Cultura, Manuel Carvajal, reciban con todos los honores al generoso periodista y su cargamento de libros en la biblioteca local. “Hace meses que venía acariciando esta idea, pero nos pareció oportuno que fuera en la Semana de las Letras”, ha explicado Sollo, que le quita importancia poética a su gesto al acudir al prosaísmo de su piso “de 80 metros cuadrados”.
También la falta de espacio ha sido una razón de peso, por supuesto, aunque haya propietarios de bibliotecas que se acuerden más de vender los ejemplares uno a uno y a un módico precio que de compartir lo que más han valorado con sus vecinos contemporáneos y con los del futuro cuando él ya no esté aquí.
“Primero me cedieron mis padres, que vivían abajo antes de fallecer, una habitación para que yo colocara libros, pero al final cogí dos”, recuerda. Y lo mismo hizo con un local que le ofreció para el mismo cometido su amiga Carmen Mari Panera, “pero la casa de mis padres se vendió y el local de mi amiga es ya de sus hijas y yo no quiero abusar”, explica el periodista, un tanto desbordado por los libros que le ocupan habitaciones y paredes enteras en su hogar, mesas atestadas y torretas de ejemplares en los sitios más insospechados, y eso que su hija se ha llevado también una buena parte después de casarse.
El escrutinio de Don Sollo de la Marisma
El caso es que Sollo, sin tías ni sobrinas ni curas ni barberos, y perfectamente consciente de los libros que entrega y los libros que se queda, lleva días en un lento expurgo -como él prefiere llamar a la selección libresca- para llenar cajas y cajas, bolsas y bolsas, que hoy mismo recogerán los empleados municipales en varios viajes de furgoneta para depositarlos en la biblioteca municipal.
En total, irán a parar a las manos de todos más de 6.000 ejemplares de todos los géneros y temáticas, desde la historia al ensayo y desde las curiosidades a la ciencia, aunque “evidentemente abunda la literatura”, advierte el curtido periodista que, desde 2013 y hasta su jubilación, ha mantenido un espacio radiofónico en RNE titulado precisamente Biblioteca Pública y por donde han pasado miles de escritores de primera fila –no solo nacionales- en unas conversaciones sin prisas que en nada se parecen a los frígidos desfiles de los literatos de moda por las redes sociales o los programas televisivos que pagan los grandes grupos editoriales. “Yo es que me leo el libro y llevo las preguntas en ocho o nueve folios”, advierte el experimentado entrevistador.

Tal vez consciente de que la mayor locura que puede hacer un hombre es dejar que sus queridos libros se pudran o se olviden inútilmente, el gesto de Manuel Sollo en un día tan señalado lo convierte en una especie de Quijote palaciego, impulsado solamente por el ideal de cultura que a él le costó más, desde luego, que a estas nuevas generaciones que todo lo tienen a golpe de clic.
“Lo que no me gustaría es que los libros terminasen en un sótano y no se catalogaran y expusiesen, pero no creo que ocurra eso”, insiste Sollo, que ha librado tantos miles de libros de su propiedad de la esclavitud del doble fondo de sus estanterías, porque en la apariencia de su extensa biblioteca personal se escondía otra biblioteca más personal todavía, pues cada fila de libros escondía otra fila de libros. La más superficial la constituían los libros adquiridos últimamente, los comprados en estas últimas décadas o los enviados por editoriales o autores, a mansalva de diez o doce por semana, para que los promocionara en su programa radiofónico. Pero la más profunda estaba formada por los libros que él, y también su mujer, María José Doña, fueron adquiriendo desde jóvenes. El matrimonio fue socio del Club de Lectores durante casi 30 años, y pedía libros, religiosamente, cada dos meses, lo que también constituyó otra gotita segura para colmar el vaso de una biblioteca desbordada.
Algunos imprescindibles
Hay libros que Sollo no va a donar porque significan demasiado para él. Uno de ellos, por ejemplo, es aquella antología de Rafael Alberti titulada Poemas del destierro y de la espera, que le costó 175 pesetas en 1977 y que adquirió en un mitin del recién legalizado Partido Comunista de España al que no solo acudió el poeta de El Puerto de Santa María, quien le firmó el ejemplar, sino también artistas –compañeros- como Víctor Manuel, Ana Belén o Miguel Ríos, que también estamparon su rúbrica en el ejemplar de Sollo que va para medio siglo. Pero es que, además, Sollo le puso a su única hija –única como la de Alberti- Aitana. “El nombre de Aitana se lo pusieron porque, al partir hacia el exilio argentino, lo último que vieron Alberti y su mujer fue la montaña de Aitana, en la provincia de Alicante”, cuenta emocionado Sollo.
Otro de los ejemplares que mantiene el periodista radiofónico como oro en paño de su juventud es Las rubáiyátas de Horacio Martín, un poemario de amor con el que el escritor Félix Grande obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1978. “Yo es que he leído siempre por impulsos, y en aquella época Grande era mi poeta de cabecera”, recuerda Sollo tantos años después, y a ese recuerdo añade una anécdota mucho más reciente, de cuando entrevistó a la viuda de Grande, la también escritora Paca Aguirre, y a la hija de ambos, Guadalupe Grande. “Hablábamos de Félix y yo no paraba de alabarle el libro Las rubáiyátas de Horacio Martín porque me ha parecido siempre el más bello poemario de amor jamás escrito, pero Paca Aguirre no parecía ser de la misma opinión y me dijo tajantemente que no, que era un libro más, pero que no destacaba por nada”, cuenta Sollo con la carcajada a punto de caramelo. “Pero entonces la señora se fue al servicio y su hija me advirtió que no le preguntara más por ese libro porque aquellos poemas amorosos no estaban inspirados en ella, sino en una novia anterior”.
Casi todos los libros de Sollo están firmados por él, con la fecha y el lugar de su adquisición, pero desde luego ninguno tiene una hoja doblada (“pecado mortal”, advierte), y, si están anotados, es con lápiz y con regla, porque “siempre he mimado mucho los libros” y, en vez de pintar en ellos, siempre he tenido a mano un cuadernito para mis anotaciones.
Alguien tan experimentado en las lecturas y en el contacto con los autores, tiene sus gustos y sus fobias, pero Sollo prefiere hablar de los primeros, y entre los poetas suyos del último medio siglo tienen un altar José Manuel Caballero Bonald, Claudio Rodríguez o Felipe Benítez Reyes, aunque de este último “prefiero la prosa”. Sin hablar expresamente de ellos, los ejemplos delatan sus gustos narrativos, pues se acuerda inmediatamente de citar a Muñoz Molina o Javier Marías, y en el terreno periodístico, se le vienen a la cabeza libros que va a legar de Rafael Sánchez Ferlosio o de Manuel Vázquez Montalbán. De la autoficción se queja de que “los nuevos abusen” e insiste en que los viejos “son tan buenos, que aunque sepas ya lo que van a hacer, escriben tan bien que se lo pueden permitir”.
Este próximo jueves, a las 11 de la mañana, Sollo entregará sus libros, pero seguirá hablando de ellos. “Y cuando me venga en gana, vendré a verlos, como hacía en el local de mi amiga Carmen Mari, adonde alguna vez acudí con amigos para que escogieran los que quisiesen siempre que fuera para leerlos”, sonríe. Lo mismo pensará a partir de ahora cuando cualquier paisano se lleve a casa un libro que fue de él, de Sollo el periodista que dejó en manos de sus vecinos casi todos los libros de su vida.


