Manuel Condán Martín, quinto de nueve hermanos (de los que aún viven siete), nació al día siguiente de la Navidad de 1940, “un año muy difícil”, cuenta él ahora “que ya estoy metido en los 86”, aunque todavía le falten muchos meses. Y no es que se ponga casi un año de más por presumir, pues al fin y al cabo le sobran años, especialmente de cotización, sino porque es un hombre criado en ese realismo de la naturaleza que nada tiene que ver con la coquetería.

No fue jamás a la escuela, con diez años ya trabajaba en un cortijo, con 14 –el año de la nieve- en otro y con veinte cavaba pozos con su padre y sus hermanos. A los 24 se fue varias temporadas a Francia para trabajar en el campo y finalmente, cuando ya era “un hombre hecho y derecho”, entró como trabajador en esta finca a la que vuelve cualquier día a pesar de llevar ya más de un año en ese júbilo que solo disfrutan quienes, a su edad, siguen de salud perfectamente.
“Vengo para echarle de comer a los perros”, dice como si con esa excusa no delatara que también viene porque necesita perderse la vista, adrede, en estas llanuras infinitas de las marismas que empiezan en su pueblo, Los Palacios y Villafranca, tan cerca ya del poblado de Chapatales; porque necesita que este sol lo broncee aunque solo sea un rato después de toda una vida trabajando sin apenas sombra; y porque, al fin y al cabo, no se ha jubilado porque le hubiera llegado la hora ni por cansancio ni por voluntad propia, sino “por el oído”, dice señalándose al que más le falla, y porque su jefe, Don Juan, como ha llamado siempre él a Juan de Porres Osborne (el esposo de Blanca Guardiola, de los Guardiola de toda la vida), falleció antes de lo que ambos tenían previsto. “Es verdad que, si no, no me jubilo”, reconoce Manuel.

“Es verdad. Si no, estaría todavía aquí trabajando”, confirma su hija Antonia, pensionista desde mucho antes que su padre. Otro hijo, de los cinco que tuvo Manuel, también es pensionista desde hace muchos años. Pero Manuel ha resistido en ese mercado laboral que para él ha sido desde siempre un hábitat tan natural hasta el mismo día de 56 años después de haber ingresado como trabajador en esta finca de 300 hectáreas que él se conoce como la palma de su mano.
“Entré aquí un 28 de febrero de 1969 y me he jubilado un 28 de febrero de 2025”, explica cuando se le pregunta, sin ser del todo consciente de que en la primera fecha no se podía celebrar el día de Andalucía porque nuestra comunidad estaba muy lejos aún de reivindicarse y de que, en la segunda, Andalucía ya era otra. Él ha sido siempre el mismo, aunque la experiencia, la confianza del jefe y la evolución tecnológica le hayan ido cambiando las circunstancias.
“Don Juan siempre me preguntaba que si no estaba a gusto como para jubilarme, y yo le decía que a gusto sí estaba”, recuerda él ahora, evocando aquel pacto al que llegaron los dos para retirarse a la vez. Lo cierto es que Juan de Porres Osborne también era un octogenario incombustible, pero ya se llevaba más tiempo en Sevilla dedicado a sus mil compromisos y Manuel era, en sus tierras, su hombre de absoluta confianza.

El empresario y noble Juan de Porres Osborne había presidido en los últimos años la comunidad de regantes de la margen izquierda del Guadalquivir, participaba en los actos del Real Club de Golf de Sevilla, frecuentaba la Real Maestranza de Caballería y era reclamado de vez en cuando por su hermandad del Gran Poder. De modo que podía permitirse no estar encima de la tierra porque aquí andaba siempre, como un reloj, Manuel Condán, el chico que entró en la finca para sembrar arroz, hacer las lomas, recolectar, meterse en el agua hasta las rodillas o cargar sacos hasta los secaderos viejos y terminó de director general de todo lo que desde aquí le sigue alcanzando la vista.
O sea, “que si no se llega a morir Don Juan, no me jubilo”, reconoce Manuel. “Y si no llega a ser por el oído, que me falla”, insiste él, que aunque no fue jamás a ninguna escuela no solo aprendió a leer, a escribir y a hacer las cuentas básicas fijándose en el compañero Antonio Maestre (el padre del Antonio Maestre que fuera alcalde de Los Palacios y Villafranca a comienzos de este siglo), sino que “he llevado los papeles de toda la finca desde esta mesa en la que me he sentado tantas veces en los últimos años”, dice ahora, ocupando de nuevo este trono minúsculo de la oficina con puerta de chapa desde la que se oyen ladrar a los perros y en cuya mesa siguen intactos tantos documentos de proveedores en los que él ya no se fija. Prefiere atender a los planos de la finca que siguen plastificados y en la pared, por la nostalgia que le suponen esas figuras geométricas que representan las tablas del arroz.

La evolución, su nómina y su nieto
Manuel Condán ha sido testigo de la evolución del campo, y de los afortunados avances en esta marisma desde que se sembraba con un par de bestias hasta que empezó a hacerse a voleo, con las avionetas. Eso supuso la merma de trabajadores. “Yo empecé ganando, antes de estar aquí, nueve pesetas y media barra de pan”, recuerda, y añade: “Y ya cuando entré en esta finca ganaba 280 pesetas al mes, pero ya era un hombre de 29 años”. Su nómina ha ido evolucionando, lógicamente, “y mucha gente se había creído que yo ya estaba jubilado y que venía aquí aparte, pero no. Yo he estado hasta el último día con mi nómina, mi seguro y todos mis papeles en regla, hasta el final”.
El final de su vida laboral ha sido, por tanto, 20 años después de lo que la ley le hubiera permitido jubilarse. En una sociedad en la que tantos adultos que dejaron de ser jóvenes aspiran a incorporarse al mundo laboral; en una sociedad en la que tantos otros trabajadores (también del campo) aspiran a haber cotizado al menos 20 años; y en una sociedad en la que la inmensa mayoría de los trabajadores está contando los meses o los años que les faltan para la ansiada jubilación, llama la atención el caso de este trabajador con nómina, horario, esfuerzo y responsabilidad diaria hasta los 84 años bien cumplidos. Puede decirse que, en puridad, Manuel Condán ha trabajado sin descanso más de 70 años. “Las vacaciones no las cogía sino que las cobraba”, recuerda su hija Antonia, “y luego nos veníamos aquí cualquier día toda la familia para hacer una comida”.

En tantísimos años, “solo recuerdo haberme dado de baja dos meses”, señala el propio Manuel, tocándose una rodilla y luego la otra. “Esta me la operé en 2004 y esta otra, en 2005, y esas han sido las dos únicas veces que he estado de baja”.
“La verdad es que yo nunca he pensado en jubilarme”, dice con toda la honestidad que rezuma este hombre hecho a sí mismo, generoso hasta para que sus cinco hijos lo adoren porque “cada vez que cumplo un año, me llevo a casi 40 personas a comer, entre hijos, nueras, yernos y nietos”.
Está diciendo esto cuando aparece, de súbito, un hombre de 50 años llamado Raúl Condán. Es uno de sus hijos, que ahora ocupa el puesto de su padre. “Yo empecé aquí con 15 años, porque no quise estudiar”, recuerda el encargado de la finca. A lo lejos, por el camino, se atisba un tractor que avanza sosegadamente por el camino de entrada. “Y ahí viene mi hijo, que también se llama Raúl”, dice orgulloso Raúl padre. El chico, de 20 años, baja del tractor, sonríe con esa timidez de la adolescencia que no termina de evaporarse y se sitúa junto a su padre y su abuelo para que los retraten para lavozdelsur.es.
Cuando se les pregunta si piensan aguantar tanto en el trabajo como el abuelo, se apresura a contestar el padre, sonriendo: “Ya no los fabrican así”. La estampa de las tres generaciones sobre el mismo terrón es un milagro festejable, no solo económico, sino social, familiar y personal. Manuel mira a la cámara muy serio pero no cabe en sí de gozo, flanqueado por lo que más quiere.

Una sorpresa de 120.000 euros
El día que se presentó Manuel en las oficinas palaciegas de la Seguridad Social para preparar su jubilación se encontró allí con “uno que había estado trabajando aquí”, recuerda él ahora. “Pero el tal tenía solo 65 años, así que me señaló y me preguntó, sin creérselo, si yo me iba a jubilar entonces”. Era la pura verdad. Se llevaban casi 20 años y se iban a jubilar juntos.
“Es que mi padre estaba ya últimamente más pendiente al personal y no necesitaba meterse a trabajar directamente en la tierra, pero que si lo tenía que hacer, lo hacía, cualquier cosa, y además era muy frecuente verlo así para enseñar a los nuevos”, explica su hija, mostrando fotos de su padre sembrando o segando con la mascarilla del Covid, es decir, hace apenas cinco años.
La sorpresa le llegó a su hija por teléfono, de viva voz, porque el funcionario de la Seguridad Social, que ya le había anunciado que a su padre le iba a quedar “un buen dinero” por haber trabajado tantos años de más, la telefoneó algunos días después para anunciarle la cantidad. “No me esperaba que me fuera decir 120.000 euros”, reconoce Antonia, pero el premio era más que merecido y convenía cobrarlo ya. “Porque cuando el funcionario nos dijo que le iba a quedar un dinero extra, pensamos que era un detalle y lo pusimos para que se le añadiese cada mes”, explican sus hijos, “pero cuando conocimos la cantidad, rectificamos, pues para terminar de cobrar mi padre todo eso, poco a poco, necesitaría aguantar hasta los 115 años como mínimo”.
Desde luego, nada parece imposible para un hombre como Manuel Condán, que viene conduciendo su propio coche hasta el corazón de la marisma, que sonríe inteligente ante la broma de que puede meternos por los caminos de baches o por los lisos y al que no le cuesta ningún trabajo lanzarse hacia los terrones de este paisaje que se transformará tanto, tan verde, en cuanto llegue el agua a las tablas del arroz. “Después de romería ya”, calcula él con esa exactitud con cintura de los hombres de campo de toda la vida, los que jalonan sus recuerdos por aquellas sequías que marcan épocas, seguramente porque cada sequía contrasta tanto con esa natural fertilidad de no pensar jamás en el descanso.


