Fin de siglo para el buque insignia de una saga de hosteleros en Los Palacios: adiós a la esquina de El Tapón

La cuarta generación echa hoy el cierre al emblemático bar Miguel de Rosa, que abrió como tabanco para vender vinos en 1928 y evolucionó hasta convertirse en un referente de la gastronomía en el pueblo del tomate

Miguel Gómez Enamorado y su mujer, Carmen Gutiérrez, junto a sus hijos, Antonio, Miguela y Joaquín, y una prima, en una instantánea de hace más de 50 años.
Miguel Gómez Enamorado y su mujer, Carmen Gutiérrez, junto a sus hijos, Antonio, Miguela y Joaquín, y una prima, en una instantánea de hace más de 50 años.
02 de mayo de 2026 a las 18:42h

El actual dueño del emblemático bar Miguel de Rosa, en la esquina que forman las calles Real de Villafranca y Jesús del Gran Poder, en el municipio sevillano de Los Palacios y Villafranca, habla de “fin de ciclo”, pero es también un “fin de siglo”, pues este establecimiento hostelero de un pueblo que hoy se reconoce como Destino Gastronómico en toda la provincia de Sevilla abrió sus puertas en 1928, y es por lo tanto uno de los más antiguos de un municipio al que, a falta de grandes monumentos, se va principalmente “a comer bien”.

Es una frase hecha entre los palaciegos y sus visitantes, pues el pueblo de los 15 millones de kilos anuales de tomate es igualmente el pueblo en el que se puede elegir un bar al azar con la garantía de que su carta y su servicio no defraudarán.

Antonio Gómez Ayala dueño de El Tapón
Antonio Gómez Ayala, el último dueño de El Tapón, junto a su tía Miguela. 

José Antonio Gómez Ayala representa la cuarta generación de una familia dedicada en cuerpo y alma a la hostelería y que puso su primera pica, con un tabanco para despachar vinos de la tierra, precisamente en esta esquina que es uno de los límites entre Villafranca de la Marisma y Los Palacios, los dos pueblos históricos que se unieron en 1836.

El último responsable del bar tenía intención de poner fin a esta etapa de su vida el próximo verano, pero la familia heredera del histórico inmueble lo puso en venta esta semana y apenas ha tardado un día en venderse. De modo que “esta próxima semana firmamos y mañana domingo será el último día que abra sus puertas” El Tapón, como también es conocido el establecimiento por el mote del padre de José Antonio, que constituyó, hasta su muerte accidental, la tercera generación de una familia muy conocida en este municipio del Bajo Guadalquivir por ir diversificando los establecimientos hosteleros de generación en generación.

De esta esquina de El Tapón, de este inmueble que a partir de mañana se convertirá en una reliquia de la hostelería palaciega –una estampa para la memoria del sabor- surgieron, con el paso de los años, otros establecimientos hosteleros porque las nuevas generaciones aprendieron y mejoraron el oficio de los fogones.

Un bar con mucha historia

El tabanco original lo abrió Miguel Gómez en 1928, en una época en la que Los Palacios y Villafranca tenía ya tanto excedente de uva que proliferaban las tabernas y los lagares por cualquier calle, pero fue su hijo, también llamado Miguel (Gómez Enamorado, y apodado Carahierro) el que lo fue convirtiendo paulatinamente en un bar. O más bien su esposa, Carmen Gutiérrez, porque fue ella la que innovó, no solo en su bar, sino en su pueblo, “con el tema de las tapas”, reconoce ahora su nieto, José Antonio, tantas décadas después.

Él, desde luego, se ve a sí mismo de niño, jugando por cualquiera de las entradas de aquella casa de puertas abiertas, correteando con sus primitos cuando doña Carmen ponía en el asador toda la potencia de su elegante imaginación para hacer de la esquina de Miguel de Rosa, su marido, una referencia en la gastronomía de un pueblo que, por aquella época –las últimas décadas del pasado siglo- no había asumido todavía el concepto del tapeo, sino que en los bares se comían platazos o no se comía.

Las tapas de Carmen –su exquisitez en el tratamiento de la materia prima procedente de tierra, mar o aire- configuraron un punto de inflexión en la historia de este local en el que trabajaron ella y sus tres hijos, Antonio, Miguela y Joaquín. El mayor –el padre de José Antonio- se quedó con el bar original y, junto a su mujer, Loli Ayala Jiménez, le fue dando un aire distinto a aquella esquina en la que fueron ubicándose, para una calle y para la otra, unos veladores muy codiciados para aprovechar la mareíta –el aire vespertino- procedente del Plaíllo o del Furraque, dos de los barrios con más solera de este pueblo sevillano.

bar miguel de rosa 1
Estampa, ya para el recuerdo, del bar Miguel de Rosa entre las calles Real de Villafranca y Jesús del Gran Poder.

Sentarse al atardecer en la esquina del Tapón para probar alguna de las tapas que ya nacían de las manos de Loli era uno de los pocos privilegios casi naturales que les quedaban a los palaciegos que preferían disfrutar de un bar sin agobios.

Y así ha seguido ocurriendo durante esta última etapa del establecimiento en manos de José Antonio, en un bar que siempre ha dado a dos calles: la sempiterna Real de Villafranca y la calle Jesús del Gran Poder, que antes se llamó Santuario de la Cabeza y que, desde la época en que el primer Miguel de Rosa abrió su tabanco, ha sido conocida popularmente como “la calle de la Cárcel”, porque en la otra esquina se estableció durante un tiempo la cárcel o el cuartelillo.

"Sentarse al atardecer en la esquina del Tapón era uno de los pocos privilegios naturales que les quedaban a los palaciegos que preferían disfrutar de un bar sin agobios"

 

Los otros hijos de Miguel de Rosa y Carmen Gutiérrez siguieron sus propios caminos pero sin abandonar la hostelería: Miguela montó, con su marido, otro bar en la calle Rodrigo Caro, la hoy tan prestigiosa Casa Miguela, uno de los templos gastronómicos más apreciados por palaciegos y visitantes. Joaquín, por su parte, abrió la tan famosa Cafetería De Rosa, muy concurrida durante décadas en la avenida de Cádiz, hasta que cerró.

“Lo de Rosa no sabemos exactamente de dónde viene”, dice paradójicamente José Antonio, “pero no es un apellido, sino que la madre de mi bisabuelo se llamaba Rosa y a él ya le decían Miguel el de Rosa”. El caso es que, de aquel Miguel de Rosa, ya solo va a quedar en Los Palacios Casa Miguela, que es la hija y la nieta, respectivamente, de aquellos Migueles que tomaron un nombre perfumado de mujer para inaugurar sin planearlo una saga de hosteleros a cuyo kilómetro cero le echan mañana el cierre. Cuánta memoria para que no se pierda el sabor.

Sobre el autor

Álvaro Romero Bernal.

Álvaro Romero

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