Conil: el pueblo fundado por los fenicios que ahora 'invaden' los turistas

Una joven pasea por el centro de Conil, en una imagen de archivo. FOTO: JUAN CARLOS TORO.
Una joven pasea por el centro de Conil, en una imagen de archivo. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

El municipio costero triplica su población los meses de verano, una situación que regula para evitar morir de éxito.

Fueron los fenicios los que, en torno al 1.200 a.C., comenzaron a darle forma a lo que hoy es Conil, un pueblo costero con poco más de 20.000 habitantes que en verano triplica su población. Las primeras almadrabas sentaron las bases de una forma de pescar atún que ha sido, y es en menor medida, uno de los motores de la economía del municipio. Luego pasaron cartagineses, romanos —que incluyeron la localidad en la Vía Heráclea, que une Málaga y Cádiz—, musulmanes y cristianos, con los que adquirió el apellido “de la Frontera” y se construyó uno de sus principales atractivos turísticos, la Torre de Guzmán, cuando Alonso Pérez de Guzmán mandó hacerla para defender al municipio de posibles invasiones. Ahora, los “invasores”, llegan en chanclas y bermudas, de municipios cercanos o de países de todo el mundo. Los meses de julio y agosto se masifica, hasta el punto de rondar el 95% de ocupación hotelera, en lo que se ha convertido en la salvación de muchos conileños y también, en ocasiones, en una de sus preocupaciones. Es un arma de doble filo, pero es la vía de escape de un municipio que ronda el 30% de paro y que ha sabido reciclarse y pasar del atún y la agricultura a dedicarse a recibir a visitantes, y a cuidarlos para que vuelvan.

“La vida empieza aquí en marzo y termina en octubre”, dice Ciriaco Esquivel, que prefiere que lo llamen Ciri, un comerciante de Conil que regenta una pequeña tienda de complementos, nada más cruzar la Puerta de la Villa. Él es el vivo ejemplo del reciclaje que ha experimentado el pueblo de unos años hacia acá. Hace una década era el propietario, junto a otros socios, de una inmobiliaria con oficinas en varias localidades de la provincia, y ahora se dedica a hacer todo tipo de productos de cuero para vendérselos a los numerosos turistas que pasan frente a su tienda cuando el sol empieza a pegar con fuerza. “Tuve que aprender a trabajar el cuero, adaptándome a las circunstancias”, dice Ciri, que tiene claro quién es su peor enemigo: “el Levante”. “Cuando hay viento la gente no viene a la playa, no quiere comprar, está amargada. Con Levante el pueblo se muere”, señala.

La envidiable situación geográfica del municipio, sus playas bien cuidadas, su encantador centro histórico conservado prácticamente intacto con el paso de los años… son atractivos de una localidad con casi 90 kilómetros de extensión que resiste los vaivenes de la crisis algo mejor que algunas de sus poblaciones vecinas. “De ser un pueblo de agricultores y pescadores hemos pasado a vivir, en un 90%, del turismo”, dice Ciri Esquivel, aportando una estadística que sale de sus propias estimaciones pero que no debe andar muy lejos del dato real. Para él, cuenta, lo mejor de Conil es el “encanto” de su centro—“del arco hacia abajo no ha cambiado en 100 años”— y quizás lo peor, “trabajar en verano”, meses en los que la actividad no cesa.

“Ahora ha cambiado el ambiente, había mucha marcha y se le puso límites, hay más turismo de familia”, cuenta Lucio Márquez, que ve pasar a todo el que se adentra en el Conil antiguo desde el privilegiado lugar que ocupa la churrería La Chana, situada en la calle Pascual Junquera. Allí lleva 70 años desde que Salvador, su fundador, conductor de autobús, montara el puesto para que lo regentara su mujer y para que, con el paso de los años, fuera el principal modo de vida de su familia. Lucio, trabajador del negocio, habla con cariño de quien fuera su jefe, fallecido hace unos años, y que estuvo al frente del negocio hasta los 80 años. El empleado, nacido en San Fernando, lleva los últimos doce años de su vida despachando churros y chocolate caliente a todo el que se acerca al pequeño puesto, de apenas unos metros cuadrados, desde donde confirma: “Aquí el invierno es la muerte”. Pero luego, claro, compensa la temporada de verano.

“Lo mejor que tiene Conil es que sigue conservando su sabor a pueblo”, dice el alcalde del municipio, Juan Bermúdez (IU), que añade: “Si somos valorados desde el punto de vista turístico es porque el que viene se identifica con el conileño y convive y disfruta”. El regidor asegura que desde el Ayuntamiento se trabaja para que el turismo, llegado el caso, no se convierta en un problema. “Con un casco urbano tan pequeño, la concentración de personas provoca alteraciones de la convivencia, pero estamos intentando poner en marcha todas las medidas posibles para que no ocurra, con la implicación de las empresas, los vecinos y el Ayuntamiento”, apunta Bermúdez. A pesar del evidente empuje de otros sectores, el alcalde es claro: “Nuestra historia y nuestro presente está en el campo, nuestras verduras son conocidas por su calidad”.

Frente al edificio consistorial, en un inmueble municipal, destaca un enorme cartel que reza: “El Ayuntamiento de Conil, contra los desahucios”. Una auténtica declaración de intenciones. “El que va a ser desahuciado sabe que en su ayuntamiento tiene un apoyo, una referencia”, añade el alcalde, quien asegura que una de sus máximas es “gobernar obedeciendo”, por eso llevan unos años poniendo en práctica unos presupuestos participativos y planes estratégicos de ciudad. “Queremos que nos digan en qué nos gastamos el dinero de todos”, explica el regidor de una localidad que fundaron los fenicios, procedentes de Oriente, y que ahora copan habitantes de pueblos del centro y norte de Europa, véase franceses, alemanes o ingleses que llegan en busca de sol.

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