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Sor Agustina Barcia no es hija predilecta de Jerez pero debería serlo. Llegó a la ciudad bordeando el año 60 del siglo pasado, casi como si desembarcara de misionera en el tercer mundo. Le pidió a Dios cuidar de los más pobres y éste le entregó vérselas cara a cara con la miseria personificada. Era un pueblo grande, eminentemente agrario, con chabolas y hambre. Mucha hambre. Pero como contagiada por esa leyenda de lucha campesina y obrera que siempre ha acompañado a la ciudad en su historia —y que tanto ha sido silenciada—, la monja lo mismo compraba sacos de cemento para construir un colegio que se sacaba el carné de chófer de autobús para llevar a los niños al centro educativo. La mayoría procedía de alguno de los incontables asentamientos rurales de uno de los mayores términos municipales de España.

Gracias a su tenacidad y a la solidaridad de muchos, sor Agustina lograba dar el desayuno a 200 niños a base de pan, aceite y leche. Les daba una formación. Les preparaba para cambiar aquel estado de cosas. Durante más de medio siglo como jerezana de adopción no hubo ni un día en que dejase de ayudar a los demás. Cualquiera que la conociese puede dar fe de ello sin dudarlo. Incansable, en su última entrevista —y una de las pocas que concedió—en lavozdelsur.es lamentaba la acuciante fractura social de estos tiempos, pero seguía luchando sin querer percatarse de su avanzada edad: “Solo tengo 85 años. ¿Eso qué es?” En ese instante faltaba apenas un año para su muerte. Nacida en Écija, se incorporó a la congregación de las Hijas de la Caridad y se marchó a Valencia. Pero allí, en pleno auge industrial, “no había pobres”. Y eso, para una monja cuya misión es estar pendiente de estos de la aurora al alba, era un sinsentido. Llegó el traslado a Jerez en 1959, a la escuela Cristo Abandonado. Era el arranque de la época del desarrollismo franquista, pero aquello estaba muy cerca de los barracones de lata de la Estancia Barrera.

Años más tarde, destinada en el colegio rural de Lomopardo, fue tal el impacto que causó su labor entre los vecinos que la auparon en 1981, superada la Transición, a la delegación de Alcaldía del entonces pueblo clandestino, sin luz, agua corriente ni asfalto en las calles. Su sentido de la política era el más puro que puede existir, la vocación de ayudar a los demás y velar por el interés general, mientras que su militancia estaba fuera de congresos, asambleas y puñaladas partidistas. Solo respondía ante un líder todopoderoso. De hecho, bromeaba asegurando que pertenecía al PC, el Partido de Cristo. Así fue como durante 24 años ejerció como representante de los vecinos de la barriada rural. Sin parar de importunar al entonces todopoderoso alcalde Pedro Pacheco —al que muy pocos tosían— hasta que logró las mejoras y la dignificación de su pequeña comunidad.

"Me gustaría que me recordaran como alguien que nunca pensó mal de nadie, una persona corriente y normal”

Tantas décadas después, apenas unos días después de la Epifanía, sor Agustina Barcia ha fallecido a los 86 años en Jerez, la tierra a la que ha entregado tanto y que, por su amnesia crónica, probablemente rápidamente la olvide. "Me gustaría que me recordaran —decía a Jorge Miró y Juan Carlos Toro en aquella entrevista— como alguien que nunca pensó mal de nadie, una persona corriente y normal”. Y predicaba: “Yo tengo una cosa muy segura, que todos al nacer traemos un proyecto asignado por el omnipotente, el Creador, y lo único que le pido es cumplir con ese proyecto según sus designios. Y después que me recuerden como quieran, cada uno lo hará a su manera. A todos con los que he tratado en Jerez los recuerdo con cariño porque jamás me han negado nada de lo que he necesitado para los pobres”.

Aunque el olvido sea uno de los grandes males de nuestro tiempo, su lucha permanece y su ejemplo, un espejo en el que deberían mirarse todos: del primer ciudadano de a pie al primer edil o primera edil de la Corporación municipal. A sor Agustina, por cierto, le encantaban los conocidos versos de Manrique, nuestra vida son los ríos que van a la mar, que es el morir. Y, desde luego, esta santa mujer ha sido un río de vida hasta en la hora de su muerte.

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