La desaparición de Fernando Ónega deja sin una de sus voces más reconocibles al periodismo español de las últimas décadas, pero también rescata algunos de sus discursos más personales. El veterano comunicador, fallecido este martes a los 78 años, dedicó hace más de una década una emotiva declaración de amor a Jerez en los micrófonos de Onda Cero, donde reivindicó su vínculo sentimental con la ciudad y con su vino más universal.
Una declaración de amor al vino y a la ciudad
En aquella intervención, Ónega confesaba sin ambages su devoción por el jerez y por uno de sus emblemas, el vino Tío Pepe: "Llevo tanto vino Tío Pepe en mi sangre que no faltaría a la verdad si dijera que soy de la familia. Soy del vino de Jerez y no lo oculto. Soy como el Falstaff de Enrique IV de Shakespeare que ya pregonaba en la Inglaterra del siglo XVI que un buen jerez seca los humores estúpidos y combate la cobardía".
Tras esa comparación literaria, el periodista proseguía con un tono confesional: “Hecha esta confesión de mis pecados más confesables, yo te saludo, Jerez. Jerez vino, Jerez pueblo, Jerez ciudad, sacrosanta Jerez de la Frontera. Estoy mirando cuándo es el mejor tiempo para verte y no cabes en el calendario”.
Fiestas, tradición y patrimonio: el mapa sentimental de Ónega
Ónega enumeraba entonces los grandes hitos del calendario jerezano, desde la Fiesta de la Vendimia hasta la Feria del Caballo, pasando por el Festival de Flamenco y el Gran Premio de España de motociclismo. “Puedo ir a la espectacular Fiesta de la Vendimia, pero me dicen que es casi íntima y no he ganado credenciales para entrar. Puedo ir a la Feria del Caballo y temo acomplejarme de tanta belleza. Puedo ir al Festival de Flamenco, dicen que es el mejor del mundo, pero tengo miedo a no entenderlo. Puedo estar en el Gran Premio de España de motociclismo, pero ignoro si cabe un alma más en tus calles. Pido permiso para ir esta Navidad y que alguien me cuele en una Zambomba. Guardadme después un sitio en Semana Santa".
El recorrido imaginado por el periodista se adentraba también en los símbolos históricos y religiosos de la ciudad: "Y sin fecha marcada en la agenda, quiero pasar por la puerta del Arrollo. Quiero entrar en la Basílica del Carmen, quiero imaginarme subido a la torre del Alcázar o a la torre de la Muralla. Quiero contar tus azulejos. Quiero hacerme fotos ante tus palacios. Quiero vivir leyendas de moros en los restos de tu muralla. Quiero hincar la rodilla en tu Catedral o rezar en el monasterio de La Cartuja. Quiero hacer como que mido el tiempo en el Museo de los Relojes y quiero verte desde el Palacio de Villavicencio o palparte en la Plaza de las Angustias”.
Su oda a Jerez culminaba con una cita literaria que reforzaba el tono lírico de su intervención. Al despedirse, evocaba a Federico García Lorca para proclamar: “Oh ciudad de los gitanos, quién te vio y no te recuerda. Cuánta sugerencia, Jerez. Qué espectáculo de ciudad, con vino o sin vino, con fiestas o sin ellas algún día. Cualquier día es espléndido para ir y para quedarse porque, querido Jerez, querida Jerez, eres mucho más que cuanto yo pueda contar. Eres un alma, eres un pálpito que hay que sentir y saberlo sentir”.





