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Hay un libro poco conocido en Jerez titulado Colección de efemérides jerezanas, escrito por Manuel Hidalgo Ortega y publicado por la imprenta de Melchor García Ruiz en 1886, el cual libro contiene gran cantidad de anécdotas y efemérides de la ciudad. Una que me ha llamado mucho la atención es esta:

Con fecha 10 de marzo de 1687, Sor Antonia Cortés, monja del convento del Espíritu Santo, viuda de D. Gabriel Núñez cirujano, da a la ciudad la receta con que su marido curaba enfermedades del aparato urinario, y es así.-Tratado de la receta.- El cáustico con que he curado toda mi vida de más aprobación para las carnosidades que se crían en la vida de la orina es el siguiente.- Tomarán una honza de polvos Juanes y otra onza de ungüento Atutia y todo lo mezclarán muy de manera que parezca todo uno y para disfrazarlo echarán un poquito de polvos de humo de pez y si por algún tiempo se secare, se le echará un poquito de aceite de almendras dulces y ungüento de Atutia ajustándolo y mezclándolo bien para que quede siempre de un color”.

Así que la mujer de un médico que ejercía en Jerez, Gabriel Núñez, se metió a monja en el convento del Espíritu Santo cuando su marido falleció. Y la tal Antonia Cortés decidió, en 1687, hacer pública la fórmula con que el cirujano confeccionaba su ungüento para curar enfermedades del aparato urinario, concretamente “para las carnosidades que se crían en la vida de la orina”.

Veamos los ingredientes y su mezcla: una onza de polvos Juanes, una onza de ungüento de Atutia, un poquito de polvos de humo de pez, un poquito de aceite de almendras dulces (si los tres ingredientes primeros llegaran a secarse), mezclándolo todo bien hasta que quede de un color.

Efectivamente, la Real Academia de la Lengua nos dice que “atutía” es un ungüento medicinal cuya base es el óxido de zinc y que la expresión coloquial “no hay tutía” quiere decir “no hay remedio” y está directamente relacionada con dicho ungüento: “tutía. no haber tutía. Locución verbal coloquial usada para indicar que es imposible hacer nada para cambiar las cosas: «No tengas miedo. No le voy a hacer nada. Pero, en cuanto a lo otro, ¡no hay tutía! ¡Irá a la ciudad!» (Payró Aventuras [Arg. 1910]). Tutía es variante de atutía, voz procedente del árabe hispánico que designaba un ungüento medicinal hecho con atutía u óxido de cinc. La expresión no haber (a)tutía vendría a significar, originalmente, ‘no haber remedio’. La falta de uso del sustantivo (a)tutía en el español actual ha dado lugar a la interpretación errónea de la expresión en la forma no haber tu tía”.

Por su parte, y respecto a los polvos juanes, encontramos en la web: “El polvo juanes: bióxido de mercurio (HgO) u óxido rojo de mercurio, cuyo empleo propagó el cirujano italiano renacentista Giovani da Vigo (Juan de Vigo) en el siglo XVI, que se mezclaba con un óxido de plomo, el minio, o en emplasto o pomada para cicatrizar las heridas, contra la sífilis o como insecticida contra los piojos”.

Polvos de humo de pez (o polvo de imprenta) era una sustancia que se usaba mucho en imprentas y litografías… “Este decalco debe hacerse de una sola presión y debe ser lo más completo posible á fin de que el dibujante no vacile ni se equivoque, y las pruebas que sirvan paca hacerlo, deben espolvorearse con humo de pez, evitando todo rozamiento y quitando el polvo que no se adhiera con un soplo, por cuyo medio sólo decalca la parte colorante de la tinta y no la grasa de su composición” (Manual de Litografía, José García Alcaraz, 1878, p. 81).

Así que el ungüento tenía propiedades cáusticas o de cauterización y se aplicaba con éxito, según parece, en enfermedades relacionadas con las “carnosidades que se crían en la vida de la orina” (aunque podría ser “vía” y no “vida” –quizás, no lo sabemos, un error de imprenta del libro de Hidalgo–). Recordemos lo que es cauterizar: “…término clínico usado para describir la quemadura del cuerpo usada para extraer una parte de él. Las principales formas de cauterización usadas hoy en día son la electrocauterización y la cauterización química. La cauterización también se puede usar para marcar a un humano, ya sea de manera recreacional o forzada. Las quemaduras accidentales también son consideradas como cauterizaciones”. Para quien quiera más información técnica sobre cómo en los siglos pasados se practicaba la cirugía uretral, etc., recomiendo un artículo, fácilmente localizable en la red, de Juan Vázquez (Málaga) titulado “Cauterizaciones de la uretra por sustancias químicas” (Asoc. Española de enfermería en urología)

En Jerez en aquel oscuro siglo XVII solo había cuatro galenos en la época en que vivieron la monja Antonio Cortés y su marido Gabriel Núñez (que no era médico, sino cirujano, es decir, alguien apto para cirujía menor, emplastos, apósitos, etc.: “En este día, año de 1679, consta que solo babia en esta ciudad cuatro médicos” (Hidalgo). Y al igual que hoy, no es que las autoridades sanitarias invirtieran gran cosa ante las pandemias y contagios, dejando en manos de un solo cirujano el control de la situación: “Tuvo la ciudad noticia de que la del Puerto de Santa María estaba picada de mal cantagioso y se mandó la incomunicación; pero no bastó para que no se viese muy pronto en el mismo estado; y a 30 de junio tenía ya formado Hospital en la calle de Pierna, hoy de Guadalete, en las casas de D. Rodrigo de Vique y nombrado por médico al Dr. Mejía, con cuatro ducados de salario, diarios. En 26 de septiembre de 1599, se publicó la sanidad” (Hidalgo).

Afortunadamente en Jerez, el asunto cambió un poco ya a mediados del s. XVIII, dejando atrás las duras condiciones de los ss. XV-XVII: “personal sanitario existe en Jerez en 1750, gracias a las notificaciones que de aquel informe hubo de hacer a los interesados el escribano de Cabildo, de las que se deduce la existencia de: 8 médicos, 7 cirujanos, 4 sangradores y 16 boticarios. No obstante, se tiene constancia, “a través del Catastro de Ensenada, de la existencia de más médicos y cirujanos en estas fechas” (Mercedes Benítez Reguera: “Beneficencia y sanidad hospitalaria en Jerez”, pp. 79 y ss.).

Por fin, en la década de los 70 del siglo XIX en Jerez, para quien se lo pudiera permitir, las patologías uretrales (aunque no exactamente de la que venimos hablando aquí) parece que ya se trataban de otro modo. De ello nos da noticia el médico-historiador Francisco Herrera-Rodríguez en un artículo suyo en que indexa la Gaceta Médico-Quirúrgica Jerezana (1871-1872): “Benítez Navarro, José A. (Alumno observador). Catarro vexical crónico. Estrecheces de la uretra. Operación. Completa curación (pp. 174-177)”.

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