Ndour, Gorra y Abdullah: historias de inmigrantes del 'Aquarius' que llega cada semana a las costas de Cádiz

Tres jóvenes, de Senegal, Gambia y Costa de Marfil, acogidos provisionalmente en el polideportivo Kiko Narváez de Jerez, relatan su travesía hasta tierras españolas

Ndour y sus compañeros mientras hablan con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.
Ndour y sus compañeros mientras hablan con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.

Ndour tiene 18 años y hace más de nueve meses que no habla con su familia. Ese es el tiempo que hace que salió de su Gambia natal rumbo a Europa, buscando mejor suerte. Después de trabajar en el mar, con unas “condiciones muy malas”, decidió emprender el largo camino hacia el continente europeo, dejando atrás a su madre y a sus tres hermanos pequeños, a los que quiere ayudar mandándoles algo de dinero cuando consiga encontrar un trabajo, algo que no se antoja nada fácil dada su situación irregular. Salió a mediados del año pasado de Gambia, y pasó por Senegal, Túnez y Argelia antes de llegar a Marruecos. “Iba trabajando lo que podía en cada país para ganar algo y costear el viaje”, cuenta a lavozdelsur.es.

En suelo marroquí se dedicó a limpiar las calles, hasta que logró reunir el dinero necesario para comprar una toy, una lancha de juguete, por la que pagó, junto a los otros ocupantes de la embarcación, unos 1.200 euros. La hora elegida para intentar cruzar el Estrecho fue las doce de la noche. Entonces llegaron a la playa, se montaron en la toy y comenzaron a remar con fuerza sin saber lo que les esperaba. Unas doce horas estuvieron remando sin parar, con los brazos dormidos y el cansancio haciendo mella, hasta que Salvamento Marítimo los vio.

“Lo más difícil es no saber lo que queda”, cuenta Ndour. No tenían ni idea de lo que hacer, pero vieron pasar la embarcación, amarraron una camiseta roja a un palo y comenzaron a ondearlo para llamar su atención. Ellos tuvieron suerte y fueron rescatados. Cuatro compañeros fallecieron por el camino, cuenta el gambiano, que relata cómo en Marruecos les roban los móviles. “Los inmigrantes allí no tienen derecho a nada”, apunta, por eso pide ayuda para los “hermanos” que se quedaron atrás.

Abdullah juega de portero y quiere encontrar un equipo donde poder jugar. FOTO: MANU GARCÍA.

“Nosotros estamos aquí pero en Marruecos hay mucha gente, tienen que ayudarlos”, exclama. Lo hace sentado en un banco, frente al polideportivo Kiko Narváez de Jerez, cedido por el Ayuntamiento, donde el pasado sábado llegaron unas 70 personas procedentes de comisarías de la provincia. Una vez aquí se les asigna una cama, se les da la opción de ducharse, se les da de comer y gracias a donaciones de personas que se han acercado estos días al polideportivo han podido cambiarse de ropa. La suya, la única que traía, se rompió durante la travesía, tras lo que acaba inservible. “Estos zapatos me los han dado también”, dice contento Ndour, que agradece las muestras de solidaridad.

Gorra es senegalés. Tiene 20 años y allí trabajaba en un taller de costura, donde cobraba tarde y mal. Cuenta que tiene formación y enseña el diploma, e incluso va por el móvil para mostrar fotos de vestidos que ha tejido él mismo. “Allí no existen derechos de los trabajadores”, relata. Por eso decidió salir del país, cruzando Mauritania, hasta llegar a Marruecos, donde se montó en una toy junto a otros siete inmigrantes. Una vez en España busca trabajar, de lo que sea, “aunque me gustaría que fuera de mi profesión”, dice, ya que quiere seguir formándose. “La vida en sí es un riesgo”, dice para justificar la temeridad de cruzar las aguas del Estrecho en una pequeña barca de juguete. La ilusión de un futuro mejor puede más que el miedo.

Desde más lejos aún viene Abdullah, de 18 años, que llega a Europa con la esperanza de cumplir un sueño: ser futbolista. Después de jugar como portero en varios clubes de su Costa de Marfil natal, probó fortuna en Mali, donde también trabajó en una granja, ahorrando lo poco que ganaba para pagar el “billete” de la patera en la que vino, partiendo desde Tánger, donde le consiguieron hueco en una embarcación. “Los marroquíes conocen bien el negocio”, cuenta, en referencia a las mafias que se lucran vendiendo barcas a subsaharianos que quieren llegar a Europa. En su caso, una vez en el agua estuvieron diez horas deambulando hasta que Salvamento Marítimo los rescató. Todo en busca de una oportunidad que le permita dedicarse a lo que más le gusta, el fútbol.

Ndour descansa en un banco cercano al polideportivo Kiko Narváez. FOTO: MANU GARCÍA.

La conversación termina de forma abrupta cuando un voluntario de Cruz Roja la interrumpe para comunicarles que tienen que entrar en el pabellón, porque se está organizando el próximo viaje. La ONG los interroga y les pregunta por sus destinos, costeándoles el billete. La mayoría va en busca de algún familiar o prefiere probar suerte en ciudades como Madrid, Bilbao o Barcelona. “Venimos a Europa, España está de paso”, dice uno de ellos. La organización les ofrece espacios para descansar, atención y orientación por parte de trabajadores sociales, el acompañamiento del voluntariado, artículos de higiene y alimentos, además de puntos de acceso a internet y telefonía para que puedan hablar con sus familias.

Cruz Roja lleva desde el viernes movilizando a sus efectivos para prestar una atención durante las 24 horas del día a estas personas que llegan a las costas andaluzas, más de 1.000 solo durante el fin de semana, la mayoría de ellas en la costa gaditana, según datos de Salvamento Marítimo y de la Guardia Civil. La organización, que pedía voluntarios para ayudar con las labores de traducción, informa que de momento están cubiertas las necesidades y que hará un llamamiento si hicieran falta de nuevo.

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