Un personaje que apenas si existió, si atendemos al registro público que facilita Internet. Su blog (el blog que le dedicaron, o que se dedicó a sí mismo) está caído desde hace años; su obra artística, su profesión, si acaso tuvo algún curro del tipo ganapanes, permanecen sepultados bajo el mismo título que se repite en la mayoría de resultados de Google y otros engendros mecánicos: las ilustraciones de una edición de Noches en la isla de Robert Luis Stevenson, publicada por la editorial Anaya en 1992.
Ojeamos, hojeamos esa edición, cuya portada representa a un hombre-mosca-murciélago erguido sobre un peñasco. El título nos invita a imaginarlo perdido en una isla, pero los brazos (garras) del monstruo cruzados sobre el pecho, en pose desafiante, sugieren otra cosa. Algo quizás más cercano al brujo Kalamake de la historia ‘La isla de las voces’, que crea dinero quemando las hojas de un árbol de una peligrosa isla de caníbales.
Tal es, para nosotros, Lorenzo Gutiérrez Jalón, una criatura compuesta, polimorfa, que siempre nos desafía, siempre nos da esquinazo, sacándose un dólar de la chistera. Quisimos localizarlo, saber más de él, por haber jugado un rol (bastante menor) en una historia muy triste que hemos contado varias veces. Ojeamos, hojeamos las ilustraciones interiores del volumen de Anaya, grabados que a veces parecerían de otra mano que los lienzos que le conocemos, de no ser por la concepción de los cuerpos que delata el dibujo, dislocación de las formas y figuras...
Lorenzo Gutiérrez Jalón nace en Jerez en 1933, de familia acomodada. Se cuenta que lo criaron, con muchos mimos, unos abuelos. Lejos de salir de allí hecho un inadaptado, de joven probó tener una buena dosis de mundo. Lorenzo Jalón es (¿perverso?) polimorfo: reemerge como futbolista, reemerge como actor, reemerge pintor… Sabiendo los secretos de todos, sabiendo congraciarse y desgraciarse, abriéndose y cerrándose el paso en cualquier ambiente. En Jerez, en su adolescencia, se hacía pasar por Domecq a la hora de (no) pagar los tragos. En Madrid, no mucho después, sedujo a José Tamayo y caería de cabeza en el Teatro Español. Su precoz talento también le conseguirá el Premio Nacional de Poesía Joven de Radio Nacional de España y el premio de periodismo joven del Diario de Madrid.
Lorenzo llega a Madrid en torno a 1955 para hacer el servicio militar en la base de Torrejón de Ardoz. Tal vez milicias universitarias, que alterna con clases de interpretación, para terminar trabajando en el Teatro Español y el Lope de Vega, “como actor en varias obras con buenos directores y mejor crítica” (Jesús González Ramírez). Títulos como Edipo rey, Ifigenia, Té y simpatía, Proceso de Jesús, El chico de los Winslow… “Insólita madurez y desparpajo sin un solo error ni defecto”, dícese que escribía Torrente Ballester.
En una ocasión actuó junto a Paco Rabal; cuanto menos, junto a Fernando Granada; cuanto menos, en la compañía de Pastora Peña. Nada mal para alguien salido de grupos amateurs jerezanos, de esos teatrillos locales que enviaron a Madrid a muchos otros, como el también irrastreable Carlos Jiménez; mas el ambiente, o algo, le contrarió. Aunque gozaba del favor de Tamayo y los amores de una actriz, buscaba la forma de escapar de nuevo. Como expresaba en una carta desde la base de aviación de Torrejón de Ardoz:
Cada día me voy convenciendo de lo absurdo que es el miedo, la prudencia a embarcarse con rumbo en una gran aventura: la de la vida. Si esta se pierde, amigo Manolo, ¡te doy mi palabra de honor de que no te ha de ocurrir dos veces! Si por el contrario vives, qué gran placer, calamidades, heridas, dificultades, tropiezos, desengaños.
Descubre su pasión secreta en París
Jerez pequeño, pequeña Madrid… Por suerte, el impetuoso joven conoce en torno a 1958 a un matrimonio de médicos de Surrey, Reino Unido. Con su asesoría (y con el préstamo de un inquilino de su pensión, representante del pimentón murciano y “hermano de trinchera y alambrada”), se encamina hacia Londres. De algún modo consigue unos contratos de locutor, guionista y actor en la sección en castellano de la BBC.
Jalón abandona el Madrid teatral por un Londres (en apariencia) periodístico. Sin embargo, será después, en París, donde descubra “su verdadera y secreta pasión: LA PINTURA”. Se enrola en la universidad de la Sorbona por Bellas Artes e Historia del Arte, encuentra en el movimiento simbolista “la forma de expresión total de su vida interior”, y el resto es historia…
Historia, al menos, si nos guiamos por la única semblanza publicada sobre su figura, firmada por “Pepe Sánchez” en 2005, que insiste en la fama intercontinental del personaje: “LORENZO JALÓN, que es como se le conoce en todo el mundo en su faceta de pintor”… “uno de los pocos simbolistas puros que quedan en el mundo”... “Viviendo en Gran Canaria, y como resultado de dos exposiciones consecutivas, ambas con críticas que resaltan unánimemente su original autenticidad simbolista, ocasionalmente fundamentada en un dibujo incardinado al mejor Durero, es captado por galeristas de Washington que le contratan en exclusiva para su exigente clientela”. “Posteriormente, en Roma, recibe el encargo de un Vía-Crucis por parte del Vaticano. Cuadros suyos están en posesión de coleccionistas de los cinco continentes”…
Lo de las exposiciones locales hace pensar en el tropel de pintores que se establecían en Canarias para decorar con arte moderno los apartamentos de turistas “de los cinco continentes”. Pero… ¿galeristas en Washington? ¿Vía crucis en el Vaticano? Me temo que Lorenzo Jalón nos volvió a dar esquinazo. El propio texto parece sacarnos la lengua: “Hace dos años Lorenzo Jalón ha vuelto a su tierra natal después de cuarenta años de un autoexilio consciente. Casi nadie sabe lo que hace, ni a lo que se dedica, lógicamente casi nadie lo conoce y es llegada la hora de que esto no ocurra”.
Llegada sea, pues, la hora de conocer a uno de los últimos simbolistas, símbolo y misterio él mismo:
