Las casitas bajas: el eterno sambenito de barriada conflictiva

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“El Polígono tiene su fama, igual que la tiene el Mopu, y es muy difícil que se la quite”. Rafael Pérez habla con la certeza de que las cosas seguirán siendo complicadas en la barriada que lo vio nacer hace 51 años. Es mediodía en las casitas bajas, una de las zonas históricamente más maltratada por la delincuencia y la droga en Jerez. Rafael echa un rato con su hermano Domingo, que regenta el kiosko de chucherías Pocholo en la calle Racimo. A unos metros, un grupo de unos quince jóvenes de entre 20 y 30 años mata el tiempo en una esquina. Casi todos visten ropa deportiva y se niegan a que les hagamos una fotografía para ilustrar el reportaje. “No, que estoy 'fichao'”, suelta alguno más en broma que en serio. Al otro lado de la calle, más juventud. Si el paro es el mal endémico de Jerez, en las casitas hace estragos. De ahí que muchos se aventuren al trapicheo y a la venta de droga, señala Domingo. “La gente está desesperada y la necesidad te obliga. Puedes pasar uno o dos días sin comer, pero al tercero ya tienes que hacer lo que sea, y más si tienes hijos”.

El franquista Ministerio Nacional de la Vivienda levantó esta zona del Polígono hace cincuenta años. “Aquí se vivía muy tranquilo. Esto eran como pequeñas unifamiliares. Vivía gente humilde, pero aquí no pasaba nada”, explica Domingo, que llegó al barrio con diez años, nada más entregarse las viviendas. Por entonces en los alrededores sólo existía la barriada de El Carmen, La Plata y el vecino colegio de Los Marianistas. El resto era campo. La fisonomía de la barriada también era diferente. “Todo eran jardines, ni punto de comparación con lo que es ahora”.

Las cosas se empezaron a torcer a finales de la década de los 80 y durante los años 90, cuando muchos de los primigenios vecinos se marcharon y empezaron a llegar otros nuevos de otras barriadas y de fuera, principalmente de Sevilla y Córdoba, cuenta Domingo. “Venían desterrados, por decirlo así”. Mala gente, en definitiva, que se cargó el barrio. La heroína, que empezó a pegar fuerte, dejaba imágenes dantescas en algunos casos. “Te veías a los 'enganchaos' como muertos vivientes. Dependiendo de a qué hora no podías estar en la calle”, comenta una vecina que se ha criado en el barrio y que prefiere mantener el anonimato.

“No quiero que me tiren piedras a casa”. Ella es clara. “Aunque lo de antes ya no se ve, porque era otro tipo de droga más dura, aquí sigue habiendo mucha mierda metida. Los que se van de aquí están vendiendo sus casas a gente que se dedica a la droga, desde lo mínimo a lo grande. Y si quieres ponerlo en el artículo, lo pones, porque a las diez o doce familias que quedamos de las normales nos da miedo esto”. Su madre, que también mantiene el anonimato, corrobora sus palabras. “Aquí cuesta criar a tus hijos. Yo los tenía que atar en corto. No les dejaba ni ir al kiosko solos”.

Apoyada en un coche, tomando el sol con su hija y unos amigos, Carmen Vázquez, de 42 años, no es tan pesimista como las anteriores vecinas, aunque si bien reconoce que las cosas ya no son como antes, tampoco niega lo evidente. “Lo peor que he hecho fue volver aquí”. Se fue con 18 años para trabajar en la hostelería a Benidorm y a las Canarias, pero al quedarse su pareja en paro se hacía difícil mantener un alquiler por aquellas tierras. Ahora, con una hija, admite que es imposible que pueda volver para allá. “El ambiente que hay aquí es mucho peor. Allí con el turismo se vive bien, pero aquí en Jerez no hay nada, solo paro”.

Ahora Carmen se busca la vida “de lo que sea”, como reconoce que hacen muchos en el barrio. “Aquí el que no vende chatarra vende fruta o pescado. Hoy por ejemplo me he levantado a las cinco de la mañana para ir a la lonja y lo he vendido por aquí. Mañana tocará ir a por fruta al Merca. Esto es lo que hay. Tenemos que salir adelante”.

Nos adentramos por el barrio, entre las casitas. Por aquí parece como si no hubieran pasado los años, como si nos hubiéramos metido en una de esas puertas del televisivo Ministerio del Tiempo en 2016 y hubiéramos vuelto atrás cuatro o cinco décadas. En todas las casas siguen figurando placas con el símbolo del Ministerio de la Vivienda, igual que en las esquinas, donde las viejas farolas, auténticas reliquias, siguen figurando con el yugo y la flecha. Por aquí eso de cumplir la Ley de la Memoria Histórica importa poco. Los vecinos, desde luego, tienen otras muchas cosas en las que preocuparse.

Llegamos al que creemos es el único parque de la barriada. Vecinos nos habían dicho que estaba en bastante mal estado, y estaban en lo cierto. El verde que se ve son matojos. Vemos papeles y alguna botella vacía. Restos de una fogata. Lo que queda de un parque infantil está destrozado. Un columpio sin columpios. Más arriba unas pistas sin porterías. Un parque sin niños. Eso lo dice todo.

Sentado bajo unas pérgolas, José Luis echa el rato con sus dos perros. Este vecino de la calle Almijar es el vivo ejemplo de lo que, desgraciadamente, ha pasado y sigue pasando en las casitas bajas. Once de sus treinta años los ha pasado en prisión por asuntos de droga. Reconoce que no hacía ni más ni menos que otros muchos de su barrio. “La droga era dinero fácil. Si veías a uno que se había comprado una moto, pues tú lo mismo. Aquí se ha movido muchísimo dinero”. Ahora, dice, cuando ve a alguien en el parque trapicheando lo echa.

“No quiero que se me relacione con esto más”. Bien lo sabe, porque, explica, por meterse en una pelea y sólo por sus antecedentes volvió a pasar por la cárcel un año. Ahora, dice, “aquí no se vive malamente. Antes ibas a venir a preguntar o a hacer una foto y salías corriendo a pedradas. Ahora ya no. Sigue habiendo sus cositas, pero se ven más a los señores". Por señores, José Luis se refiere a la policía secreta. En el barrio nos cuentan que la presencia policial es constante y que prácticamente no hay semana que no haya una operación antidroga. "Aquí he visto de todo, lo peor, pero no merece la pena que te lo cuente”, dice José Luis.

Ahora, alejado de la droga pide trabajo, algo difícil porque, afirma, no tiene siquiera el graduado, así que de momento vive del paro, de lo que ha cotizado en prisión. Luego Dios dirá.

En estas aparece Julio, 82 años, uno de los primeros vecinos del barrio y prácticamente casi familia de José Luis, al que conoce desde que no levantaba un palmo del suelo. “A mí me ponía los zapatos", señala el joven. El anciano recuerda los primeros y buenos tiempos del barrio, cuando prácticamente todo estaba ajardinado. “Aquí se vivía mejor que en la calle Larga. Luego vino el chupatintas de Pacheco y lo hormigonó todo”. Julio no parece tener buenos recuerdos del exalcalde. “Quiso tirar todo el barrio, pero la Junta, que cogió esto cuando Franco murió, le dijo que no”.

Seguimos camino. No todo iba a ser malo en las casitas bajas. A las espaldas del parque está el Centro de Educación Permanente de Adultos Victoria Alba, que cumple este año su primer cuarto de siglo de existencia. Para llegar cruzamos la pista de fútbol. “Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre Él. Los versículos de Mateo, en la fachada de la iglesia evangélica de Filadelfia, figuran en grandes letras negras y es lo último que vemos antes de entrar en el centro Victoria Alba. Allí hablamos con Mariló Marín, la directora, y con Carmen Carrasco, la secretaría. Ambas son profesoras de educación infantil y, sin embargo, nunca han dado clase a niños, siempre a adultos.

En el barrio de Jerez con mayor tasa de abandono escolar, el Victoria Alba es el último clavo ardiendo al que se agarran muchos de esos que abandonaron pronto los estudios y que ahora aspiran a un trabajo. En sus inicios comenzó como un centro para mayores que no sabían leer ni escribir. Ahora incluso se preparan alumnos para las pruebas de acceso a la Universidad. Entre medias, muchos se sacan la formación básica –lo que antes era el graduado- o estudian ciclos formativos de grado superior.

“Vemos muchas carencias y muchos alumnos con problemas para encontrar un trabajo. Aquí les concienciamos de que sin estudios están en inferioridad con respecto a los que sí los tienen”, explica Mariló, que señala que el hecho de que los alumnos compartan clase con personas de diferentes edades, inquietudes o realidades ayuda a que en muchos casos salgan adelante. Otros muchos, sin embargo, dejan los estudios a mitad de camino, indica Enrique del Valle, uno de los profesores del centro y exdirector del mismo durante 18 años. “Se suelen matricular unas 700 personas, pero a final de curso son muchas menos. Sobre todo gente joven que sólo piensa en el dinero. Lo que pasa es que luego se dan cuenta de que necesitan los estudios y luego vuelven. Por eso es la pescadilla que se muerde la cola”.

Pero en el Victoria Alba, que tiene convenios con la Real Escuela, Proyecto Hombre y el centro Manuel de Falla, también hay otros perfiles. Sobre todo se ven en las clases de inglés y de informática. Personas muchas de ellas ya jubiladas que en algunos casos sobrepasan los 80 años y que quieren reforzar sus conocimientos o no quedarse desactualizados en un mundo en el que el móvil, la tablet y el ordenador son el pan nuestro de cada día. Y no sólo del Polígono. Zonas tan idílicas como Montealto también están presentes en estas aulas. “Profesores, médicos, enfermeras, incluso el director de un conocido centro comercial han pasado por aquí”, nos cuentan.

Pasan las dos de la tarde. Las clases del horario de mañana finalizan. Volvemos al coche pasando de nuevo por el parque, al que lo circunda un muro lleno de pintadas. “Policía xibata”; “libertad pa los presos”; “puta vida loka”; “zona salvaje”.

Sobre el autor:

Jorge Miró

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