"La valla de Melilla no va a impedir que la gente tenga el sueño de venir a España"

Albert-Bitoden-y-Michael-Dike-Campus-de-Jerez-08
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La Universidad de Cádiz y el Centro de Acogida de Inmigrantes (Ceain) organizan un coloquio en el Campus en el que el camerunés Albert Bitoden y el nigeriano Michael Dike contaron sus experiencias y reflexiones acerca del fenómeno de la inmigración

Llegaron hace 16 años a España después de hacerse a pie medio África. Uno, Albert Bitoden, lo hizo desde Camerún, el otro, Michael Dike, desde Nigeria. Tras cruzar la peligrosa valla de Melilla, ambos se conocieron a las puertas de la Cruz Roja de la ciudad autónoma junto a otros 31 africanos. Desde entonces, Albert y Michael entablaron amistad, tanta, que se consideran hermanos. Ayer estuvieron en el Campus de Jerez, en un coloquio organizado por la UCA y el Centro de Acogida de Inmigrantes (Ceain), en el que contaron su experiencia y sus reflexiones acerca del fenómeno de la inmigración. Albert, de 45 años, es vecino de Jerez aunque trabaja en Sevilla, en la fundación Cepaim. Habla español, francés, inglés y otras siete lenguas africanas. Tiene estudios en finanzas y además es músico y compositor. Desde 2008 tiene la nacionalidad española y tiene dos hijos, también españoles. Michael, por su parte, vive en Madrid. Es licenciado en arte dramático y filología inglesa. Es director de cine y actualmente tiene entre manos un proyecto de una televisión online. Está casado con una madrileña y es padre de tres hijos. El coloquio comenzó con Michael parafraseando a Juan Carlos I y dando un recado a aquellos que hablan sobre la inmigración sin saber poco o nada sobre ella. “Como decía el anterior rey de España, para mí es un orgullo y una satisfacción ser el protagonista, ver que jóvenes españoles me escuchan, no como algunos que viven en La Moraleja que se creen con la responsabilidad de hablar de cosas que no dominan”. El nigeriano, a continuación, explicaba los motivos por los que decidió venir a Europa. “En mi país, o me hacía guerrillero y cogía las armas o me iba a un lugar mejor, y para mí ese lugar era Europa. Era lo que conocía, porque las novelas que leía eran de europeos. Sabía que allí los niños jugaban en los porches de sus casas, no en campo abierto. Eso ya era el efecto llamada que tanto se oye ahora”.
Albert (i), escuchando a Michael, durante el coloquio en la UCA. Foto: Pablo Uriel

Michael recuerda que cuando saltó la valla llevaba puesto tres pantalones, y así y todo se quedó enganchado en los alambres. “Íbamos como tortugas, cargando con todo a la espalda”. Albert, por su parte, recuerda que, tras siete años viajando por el continente africano de camino a Melilla, se dio cuenta de que “no era la misma persona” -"cuando vuelvo a mi país me siento extraño", reconocería al final del coloquio-, y además, le llamaron la atención dos cosas. De un lado, “cuando llegué a Marruecos me di cuenta de que había una peculiaridad en mí, que tenía un color y era el negro”. Luego, su primer contacto con el español. “A través de una emisora francesa escuché por primera vez el español. Pensaba que era música española, pero resultó ser cubana. Pero fue la primera aproximación que tuve con el idioma”. Ya en Melilla se daría cuenta de la importancia de aprender el idioma para poder sobrevivir. “En la Cruz Roja no nos querían atender porque no hablábamos el español”, recuerda. A través de una abogada consiguió un diccionario de español-francés, y gracias a las revistas del corazón que encontraba en los contenedores, empezó a aprender palabras y a soltarse con el idioma. Así durante diez meses, viviendo en la calle y comiendo “queso y galletas”. Y es que, una vez en España se dieron cuenta de que no sólo había una frontera, sino varias. Así, para Albert, otra es la de “marcar la diferencia entre unos y otros”, y pone el ejemplo que le pasa casi a diario cada vez que llega en autobús a Sevilla, cuando la Policía le requiere, sólo por ser negro, algún documento que acredite quién es. “Me falta ponerme en la frente el DNI”, lamenta. Otra de las barreras que considera es la de “la indefinición”. Así, entiende que es necesario “una ley de extranjería que no cambie según quién gobierna”, ya que “el gran problema del extranjero es que no sabe qué se le va a aplicar mañana, no sabe que van a pretender de él”. En ese sentido, Michael es de su misma opinión. “Hay que tratar cada problema de una manera distinta. Las mentes pensantes en este país, que parece que son tres, no tienen ni idea, y lo peor es que no dejan que las personas que saben den su opinión”. Además, Michael recuerda que hay que eliminar la idea de que “inmigración es delincuencia y enfermedades. Aquí venimos también a aportar. Yo por ejemplo he pasado toda mi juventud levantando este país con mi trabajo, y ahora tengo 46 años”. Tras hablar sobre los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs), que consideran que además de que "no sirven para nada", "se vulneran los derechos humanos, ya que el trato que reciben allí las personas es vejatorio. Ni siquiera en prisión están peor”, Michael recordó que la valla de Melilla “no va a impedir que la gente tenga el sueño de venir aquí”. Eso sí, piensa que “hay otra alternativa. Debería ser responsabilidad de toda Europa empezar a trabajar con los países de origen de estos inmigrantes”.

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