"Este proceso es una mochila llena de adoquines, y no la soltamos"

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Enrique, José María y José Manuel fueron incluidos en el ERE municipal. Cuatro años después, pasan la noche en el encierro que un grupo de afectados protagoniza en el edificio de los grupos municipales.

“Estos son mis plazos, si se pasan tengo otros”, reza en un cartel del edificio que da a la plaza de la Yerba con una caricatura de Marx (Groucho, claro) con una rosa en la boca. La protesta y el humor no están reñidos. Justo debajo, en el rellano de la entrada, llevan una semana de encierro afectados por el ERE, hartos de esperar que se concrete su readmisión. La situación estalló tras la última reunión de la mesa técnica, en la que el nuevo interventor del Ayuntamiento puso pegas al informe del gabinete jurídico que debía avalar la vuelta de estos trabajadores.

Un grupo de afectados, mientras se resuelven las trabas burocráticas, hacen turnos para dormir en el edificio de los grupos municipales, que luce plagado de carteles. Uno de los últimos: “Encerrados por vejaciones”. En la puerta, a primera hora de la mañana, están varios afectados. “Aquí vamos a estar el tiempo que haga falta”, dicen. Mucho no han dormido, por los mosquitos, aunque es lo de menos con la que tienen encima, señalan.

“Este proceso es una mochila llena de adoquines, y no la soltamos”, dice Enrique Crespo, diseñador, parte del departamento de Imagen y Sonido cuando su nombre apareció en la lista del ERE, junto al de otros 259 compañeros. “Me faltó un día para cumplir diez años en el puesto”, apunta. Para él fue “una puñalada trapera”. Desde entonces se las apaña como puede. Le sale trabajo como freelance diseñando para empresas, ahora mismo tiene entre manos un proyecto para ilustrar un libro y ha ganado varios concursos con su banda de música (Nubesónica) y hasta un premio de literatura ilustrada. “Cuando faltaba trabajo me lo inventaba”, señala. Todavía le quedan unos meses de ayuda, que gastará cuando se le acaben los trabajos que le van saliendo.

Enrique es padre de dos niños, de diez y doce años. Cuando lo echaron del Ayuntamiento “notaban que algo me preocupaba”, dice. “De una vida normal, y equilibrada, aparece esto que la desequilibra y se dieron cuenta de que algo pasaba”. Cuatro o cinco noches lleva ya durmiendo en el encierro. Lo prefiere a estar en su casa –“me tranquiliza más estar aquí”–, pero ya está cansado. “El interruptor de la felicidad se funde”, asegura Enrique, que quiere “cerrar este capítulo”. “Para nuestra salud mental es desesperante”, añade. El encierro, “una de las pocas armas que tiene el trabajador para meter presión”, asegura que ya está dando frutos y que tiene expectativas positivas. Pero, dice, “hay que afrontarlo con originalidad para que no pasemos a formar parte del paisaje”.

Con Enrique ha pasado la noche José María Quesada, vigilante de seguridad. Más de 18 años llevaba en la empresa privada cuando empezó a trabajar en el Ayuntamiento. “Dejé un puesto fijo para venirme aquí”, señala. Creía que tenía méritos suficientes para librarse del ERE, pero no fue así. Desde entonces, apenas ha logrado encontrar empleo: seis meses en los últimos cuatro años. Ya no tiene prestación por desempleo y llegó a acumular tres meses de alquiler sin pagar, aunque ahora mismo tiene un trabajo temporal que, previsiblemente, se acabará a final de mes. Poco a poco ha ido reduciendo la deuda que tenía, cuenta, y ahora lo ayuda su familia. “No se nos puede pedir más paciencia”, cree José María, que advierte: “Vamos a estar aquí, pero no quietos y callados”.

En otro colchón de los que usan para dormir, o intentarlo, ha pasado la madrugada José Manuel Pozo. “Cogí sueño a las cinco y media y a las seis y media me levanté”, señala. Él trabajaba en el área de Infraestructuras como pintor, una profesión en la que tiene más de 30 años de experiencia. Su mujer, jardinera y trabajadora municipal, también fue despedida en el ERE. Doble trauma. Llevan cuatro años sin encontrar trabajo. “A ella la han llamado del INEM tres o cuatro veces pero nunca la cogían”, dice José Manuel, que sobrevive “tirando del paro y la familia”. La ayuda de 426 euros se le termina en un mes. “O se soluciona o esto tiene que reventar”, dice. Su hijo pequeño, de 23 años, que vive con ellos, no tiene mucha más suerte. Seis meses como camarero es el último empleo que ha tenido. Entre los tres se las van apañando. “Esto se sobrelleva por los compañeros”, señala. 

“Es fundamental la sinceridad, no se puede estar machacando a la gente de esta manera”, dice otra afectada, que asegura que en el encierro están “los más necesitados”, ya que no lo secundan todos los despedidos, algo que respetan. Por el edificio pasan trabajadores municipales, políticos, sindicalistas… todos aportan comida. Y cariño.

Lo último que saben es que el Ayuntamiento ha encargado a una empresa externa la elaboración del informe jurídico que debe avalar los acuerdos transaccionales con los afectados con sentencias improcedentes, el paso previo a la celebración del pleno extraordinario que ratifique su vuelta. El 14 de septiembre está en el horizonte. Ese día se produce el primer señalamiento del TSJA –Tribunal Superior de Justicia de Andalucía– sobre una sentencia, por lo que deben tener firmados los acuerdos antes de esa fecha. El gobierno local, aseguran, les ha dicho que se remitirán al TSJA en torno al 10 de septiembre: "Nos extraña que se apure hasta el último día". El encierro, mientras tanto, continúa.