La Espiga de Oro: auge y caída del cabaret jerezano (y II)

La venta El Camión es ya un lugar de alterne frecuentado por los notables de la villa. En mayo de 1934 se transforma en el cabaret La Espiga de Oro, que gozará de un éxito fulgurante... durante dos años

Baile en un cabaret de los años treinta, Barcelona de Noche (‘Crónica’, 17/5/1936)
Baile en un cabaret de los años treinta, Barcelona de Noche (‘Crónica’, 17/5/1936)

...la orquesta diligente desea complacer 
al público indulgente que tan galante es.
Servicio esmerado que allí ha de encontrar. 
¡Viva, viva el agrado, que el dueño sabe dar! 

Cuando abrió el cabaret La Espiga de Oro, Manuel Carrera Badillo (1880-1955) venía ya de vuelta de un océano. Su trayectoria laboral desafía a la incredulidad, por lo variado y también por lo desesperado. Nacido en Lebrija de padre gallego, regentó un ultramarinos en la jerezana calle Évora, que sería consumido por el fuego: prendió café recién tostado. Tras este imposible incendio no encuentra trabajo y se va a hacer las Américas en 1911, dejando mujer e hijos en tierra. Nueve años que supondrán un descenso al submundo de la noche bonaerense.

Se cuenta que montó una casa de juego clandestina (una timba) en Buenos Aires, donde un día fatídico quedó en deuda con unos empleados de la Compañía de Tranvías Anglo Argentina y estos denunciaron el establecimiento. Quizá fue para zafarse de ellos que puso rumbo a Jerez de la Frontera sin previo aviso. Es posible que huyera del legendario cuchillo del compadrito, esos pendencieros a los que se recurría para deudas aún menores. Regresó literalmente “con lo puesto”. Explica a la familia que las maletas con el dinero de Argentina se le cayeron por la borda del trasatlántico... 

Poco después lo encontramos tras el ambigú (barra) del Casino Jerezano y en la cantina de los Lanceros de Villaviciosa (conocida como “Cantina de Pavía”), donde suministra alimento a las tropas mediante vagones y monta un comedor para el regimiento. El negocio es boyante… hasta que en 1924 se van los lanceros a la guerra del Rif. 

Manuel Carrera Badillo en 1922
Manuel Carrera Badillo en 1922. Archivo del autor

Carrera pierde también el ambigú y por un tiempo se dedica otra vez “al ambiente” (nocturnidad aprendida en Buenos Aires). Decide regresar a la semilegalidad y traspasa o alquila una huerta en la Canaleja, en la que robaron varias veces. El propietario dormía vestido, atento a cada sonido, pero no conseguía evitar las pérdidas. Abandona pronto aquel sembrado. 

Con cuatro bocas ya que alimentar, Carrera no se podía dormir en los laureles. Pasa brevemente, quizá, por el bar El Bombo. En la segunda mitad de la década aparece con un almacén de comestibles en la calle Unión. Luego toma la venta y despacho de vinos El Camión de la Alcubilla, que le proporcionará un mínimo de estabilidad. Pero Carrera, como siempre, diversifica. Por sus hijos, por su mujer, por lo que pudiera pasar. La mala suerte nunca le abandona, e incluso destrozará la fachada de la venta (cristal) un conductor borracho. Cría conejos de raza, que también roban. Su venta se va volviendo, por las noches, una conejera.

Como vemos, Manuel sigue disparando en todas las direcciones. Vive para sobrevivir y no se fía de nadie: duerme con la escopeta a mano, quizá no sólo metafóricamente. Su casa de la Alcubilla la protege un perro peligroso al que suele dejar suelto, mordiendo a un número sorprendente de sus conciudadanos. Carrera se gana enemigos sin necesidad de hacer él nada. 

La venta El Camión es ya un lugar de alterne frecuentado por los notables de la villa. En mayo de 1934 se transforma en el cabaret La Espiga de Oro, que gozará de un éxito fulgurante... durante dos años. 

La gallina de los huevos de Oro perece en la Guerra Civil. La escasez de varones y pesetas, sumada al toque de queda a las doce, convierte el cabaret en una sombra de lo que era. Noches decaídas en las que se podían oír los fusilamientos en la Trocha de El Puerto. Sobrevivieron dos años, tirando de las ganancias, hasta cerrar en 1938. Se rifa el piano y se disgrega la animada compañía de músicos y señoritas. Carrera tratará de abrir un bar en la Plaza Peones, pero el alcalde Junco y Reyes no le da permiso, dícese que en rebeldía por haber cerrado La Espiga. En 1939 reemplazan al nostálgico y se levanta el veto al local. Su ubicación, junto a la conocida calle de prostitución de Rompechapines, indica el trasfondo del negocio: por allí paraban todas. El año siguiente Manuel Carrera cumple sesenta, aún en “el ambiente”. Esta nueva “Espiga”, anónima y harapienta, figura a nombre de otra persona; para Carrera, los únicos ingresos formales son de una segunda cantina militar, donde sirve a las tropas de Aviación. 

La familia Carrera lograba dar una pincelada cabaretera incluso a una cantina de Aviación (c. 1940). Archivo del autor
La familia Carrera lograba dar una pincelada cabaretera incluso a una cantina de Aviación (c. 1940). Archivo del autor

Jerez sigue sin estar para alegrías y el bar cierra en 1943. A partir de entonces, parece que Manuel Carrera Badillo abandona la noche, pero aún concatenará trabajos el sexagenario infatigable. Su historia laboral, con la excepción de La Espiga, es una combinación de mala suerte y mal ojo para los negocios. Compra unas vacas famélicas, que cría de vuelta en la Alcubilla. Vienen entonces temporadas de sequía: no hay hierba. Cada vez más apurado de dinero, las va vendiendo una a una para conseguir forraje para alimentar a las que quedan… hasta que se quedó sin ninguna. 

Esta circular escena (la paja comiéndose a las vacas) cierra la vida profesional de Manuel Carrera Badillo, ese Sísifo jerezano. En los últimos años, se lleva su agriada persona al Chicle, que era todo campo. La familia le traía comida, pero costaba acercarse; una vez tiró la comida del mensajero y ya no proveyeron más. 

Al tirar ese plato, Manuel Carrera rompía su última conexión con el resto de los humanos. La humanidad, seguramente, lo tenía harto. Había conocido de primera mano las veleidades del poder establecido: aquellos empleados bonaerenses que amenazaron con cerrarle el establecimiento ilegal al que iban a echar el rato, aquel alcalde franquista que se negó a abrirle el segundo lupanar por haber cerrado el primero… Sin duda las aprovechó cuando soplaban a su favor, pero no fue suficiente como para evitar una muerte pobre. A él le tocó ser de los de abajo, un inmigrante lebrijano con ambiciones —hijo de un inmigrante gallego con ambiciones— que se frustraban sin excepción. Él estaba dispuesto a ser el mayor industrial que han conocido los tiempos, pero algo siempre falló, algo que no sabía identificar. Normal que lo royera la amargura. Aunque, quizá, en sus últimos días de ostracismo, pasaban por su mente escenas bulliciosas de aquellos dos años de La Espiga de Oro, cuando fue rey… 

No son negros, ni son ranas: 
es el debut de la orquesta jerezana. 

 

Primera parte de este artículo.

Sobre el autor:

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Óscar Carrera

Estudió filosofía, estética e indología en las universidades de Sevilla, París y Leiden. Autor de 'Malas hierbas: historia del rock experimental' (2014), 'La prisión evanescente' (2014), 'El dios sin nombre: símbolos y leyendas del Camino de Santiago' (2018), 'El Palmar de Troya: historia del cisma español' (2019), 'Mitología humana' (2019) y la novela 'Los ecos de la luz' (2020). oscar.carrera@hotmail.es

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