La Espiga de Oro: auge y caída del cabaret jerezano (I)

En perspectiva, sería justo decir que cabarets como La Espiga supusieron, a su manera, un modesto vehículo de la globalización en una ciudad que ignoraba algunas de las danzas y músicas de furor internacional

‘Cabaret flamenco’, de Georges Berges, c. 1925
‘Cabaret flamenco’, de Georges Berges, c. 1925

Es en La Espiga de Oro, 
donde reina la alegría. 
Son sus mujeres tesoro 
de gracia y simpatía... 

Pensemos lo que pensemos sobre aquellos cabarets de antaño, el caso es que existieron, como existen hoy lugares no mucho más salubres. Los Gran Kursaal, El Bataclán, el Ideal Room, el Stambul, el Gran Salón Maravillas, la Venta Mary-Bal... La historia local nos quedaría coja sin ellos, especialmente cuando destellan en la noche del recuerdo con la intensidad de La Espiga de Oro.

Este salón, remodelación de la venta El Camión de La Alcubilla, cerca del surtidor de gasolina de Gutiérrez, era obra de don Manuel Carrera Badillo, que, como se adivinará, me toca por parte de padre. Inaugurado en plena fiebre cabaretera de los años treinta, se preciaba de entre diez y veinte “mujeres de contrato”, la mitad jerezanas y la mitad forasteras. Orquestina, bailes, copeo y discretas habitaciones traseras harán su éxito. Un anuncio de 1935 informaba: “Continuo debut de nuevas señoritas - grandes atracciones en bailes americanos - gran confort - excelente concurrencia”. Su teléfono era el 2371. Abría a las ocho de la tarde y cerraba a las tres de la madrugada o después. 

En perspectiva, sería justo decir que cabarets como La Espiga supusieron, a su manera, un modesto vehículo de la globalización en una ciudad que ignoraba algunas de las danzas y músicas de furor internacional. Reuniones de negocios de Jerez, de Sanlúcar o Chipiona solían terminar en una sala que presentaba “bailes regionales y americanos”, desde foxtrot hasta tango, pasando por el vals, el pasodoble o la polka, sin faltar el flamenco indígena. La orquesta de la Espiga constaba de cinco profesores, entre ellos Enrique Alfaro de la Banda Julián Cerdán de Sanlúcar y el director de la Banda de Chipiona, que compuso la canción de la que extraemos los versos introductorios. 

Sin embargo, fiel a su nocturnidad, La Espiga ha dejado escaso rastro en los libros de historia. A lo sumo, aparece como nota a pie de página de la biografía de Tío Borrico, Gregorio Manuel Fernández Vargas (1910-1983). Él decía haberse iniciado en el cante profesional en La Espiga de Oro, pero por la fecha se refiere a su predecesor El Camión, que no era todavía cabaret, sino una venta con creciente éxito de alterne. Tío Gregorio la describió en al menos cuatro entrevistas hacia el final de su vida, rememorando aquella noche iniciática de 1929. Tenemos, por ejemplo, los Recuerdos de infancia y juventud (Ayto. de Jerez, 1984), editados por José Luis Ortiz Nuevo con base en conversaciones de 1976. Merece la pena citarlos, pues nos dan un vívido retrato de la clientela de Manuel Carrera: 

Después ya me metí a artista de bautizos, le dije a mi madre que me iba a un bautizo, mentira, fui a la Espiga de Oro [El Camión], y cuando yo vi esas mujeres vestías de largo, con los trajes largos hasta los tobillos, que tenían que arrecogerse la cola pa no pisarlos, por [po’] maldeé, “¿Esto qué es?”, que una era Pepita Calabozo, que alternaba allí y entonces era preciosa, cuando yo la conocí, y esa fue la que me dio a mí la primera fiesta. 

Llega un señor de aquí, de la bodega Domecq, uno de los capataces o yo no sé qué, que en aquel entonces ganaba un sueldo de capataz y podía gastar veinte duros. Entré y me asenté en un rincón, como es natural, hasta que le dijeron a la Calabozo, “Ay, si tú escucharas a ese muchacho, canta más bien por soleá y por bulerías”. 

Ahora viene el primer cliente que entró, que fue este Paco Mejías, conocío suyo, y ca vez que entraba en la Espiga de Oro, enseguía la cogía a ella. “Ay, mira Paco, si tú escucharas, me han dicho, ese muchachito que está ahí sentao”. Y yo estaba sentao en un rincón, joé, la poca costumbre de no ver mujeres ni cabarés ni esas cosas; yo na más que era ir con los mulos y los araos y eso, en medio el campo. 

[M]e dio Paco Mejías veinte duros, y después se fue Paco Mejías y entró Manolo Balcels [Balcells, representante de González Byass], el viejo, y me dio, en aquel entonces, cien duros, ya eran seis billetes, lo que yo no ganaba en to el año en el campo. 

La conversión en cabaret años después dará un plus de distinción a la altura de esa clientela, con músicos, bailes de moda, amplia gama de vinos e incluso calefacción. Habría que ver aquellas veladas chispeantes en la Espiga… Ese loco baile de flamencas, tanguistas, instrumentistas, gitanos, vendedores ambulantes, maleantes, los clientes habituales (el capataz de bodegas, el representante comercial, el político republicano, el empresario de Bajo de Guía, el comisario de Cádiz...) y al fondo, junto a la barra, escudriñando la neblina de cigarros y perfume de mujer, don Manuel Carrera atento a su imperio... Esos encantos de provincias y esos ripios exaltados, que se componían en las noches de La Espiga y terminaban en las páginas de periódicos como El Guadalete

  Por no hablar de varios himnos versificados que trataban de justificar “lo que sucede en ‘La Espiga’”:  

Como vemos, la publicidad de La Espiga no era la más discreta del mundo. La amparaban libertades republicanas impensables pocos años antes. Desde el principio ponen el reclamo de “BELLAS SEÑORITAS”, “flor de Andalucía” y se anuncian los debuts de “elegantísimas”, “simpáticas y muy alegres señoritas”, que vienen de Sevilla e incluso de Madrid, con apodos como Miss Carlota, Miss Simpatía… A finales de noviembre “se disfruta de una temperatura primaveral” debida en parte al aumento de los “nuevos bailes y números de señoritas”, las llamadas espigadoras. Entre las más flamencas encontramos a María Pantoja, a Carmen Spínola, que imitaba el cante de la Niña de La Puebla, y a Mariquita la Huelvana, sobrina del guitarrista Manolo de Huelva. Como de costumbre en los cabarets, es difícil determinar cuáles trabajaban sólo como artistas. 

Desde su apertura en 1934, La Espiga experimenta un ascenso meteórico, debido en parte al buen trato que dispensaba a señoritos y puercos con autoridad; quién sabe si alguno no tendría chicas gratis (más sobre esto en la segunda entrega). En el Carnaval de 1936, Manuel Carrera obtiene permiso de la Delegación de Fiestas para “celebrar bailes de máscaras”. Pero la mascarada se iba a terminar muy pronto... 

Sobre el autor:

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Óscar Carrera

Estudió filosofía y estética en las universidades de Sevilla, París y Leiden. Autor de 'El dios sin nombre: símbolos y leyendas del Camino de Santiago' (2018), 'El Palmar de Troya: historia del cisma español' (2019), 'Mitología humana' (2019) y la novela 'Los ecos de la luz' (2020). oscar.carrera@hotmail.es

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Comentarios (1)

Julio Lorente Goñi Hace 12 días
En los años 60 íbamos a La Cabaña en Rota.
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