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Manuel Sotomayor, propietario del bar Las Columnas de la calle Empedrada, cerrará su negocio el próximo 31 de diciembre tras 36 años abierto. La ley Boyer, que triplicaría en 2015 el actual alquiler que paga, y sobre todo, el estado de abandono que, afirma, presenta el barrio, causas de su decisión

Cuatro escalichaos fuman y beben cerveza en las escalerillas de lo que antaño fue un negocio en la Cruz Vieja. Otros dos discuten sobre dinero sentados en los bancos que hay bajo los dos grandes olivos que ocultan la hermosura del Palacio de Villapanés, cerrado a cal y canto. Lola Flores, retorciendo el gesto en esa estampa que inmortalizó Víctor Ochoa, contempla la escena. En ese cruce de caminos, en esa división imaginaria que divide el casco histórico de uno de sus barrios más castizos, tomamos la calle Empedrada. Allí, haciendo esquina con la calle Cazón, entre la placa que recuerda la figura del cantaor Antonio Chacón y el viejo cartel de Urbanismo que anunciaba la edificación del frustrado Centro Ramón de Cala en Villapanés, se encuentra el bar Las Columnas, fiel testigo, desde hace justo 36 años –se inauguró un 6 de diciembre de 1978- de la continua degradación que ha sufrido el barrio, a pesar del intento de unos pocos valientes por sacarlo adelante. Allí, su propietario, Manuel Sotomayor, apura los últimos días antes de que eche el cerrojo definitivamente el próximo 31 de diciembre. La ley Boyer, esa que elimina a partir del 1 de enero de 2015 los alquileres de renta antigua, ha sido el remate para que Manuel deje su histórico negocio. Pero no la única razón.
Un cliente ojea un periódico, en el solitario comedor del bar. Foto: Juan Carlos Toro

Nacido en el barrio de Santiago un 28 de octubre de 1951, Manuel abrió, junto a su madre y cuatro hermanos, el bar Las Columnas. Si bien era vecino de Las Viñas, la oportunidad de montar un bar, una de sus ilusiones, y el hecho de encontrar aquel local, le llevaron a instalarse en San Miguel. Por aquel entonces, finales de los 70, el barrio tenía mucha vida. “En aquella época esto parecía una feria por la cantidad de gente y de negocios que había. Almacenes, tabancos, bares, una farmacia…” Manuel hace memoria tras la barra del bar, donde se combinan botellas de vino y licores con dos maquetas, una de la Giralda sevillana y otra del Big Ben londinense, así como fotos de Jesús Nazareno, la Esperanza de la Yedra, y una réplica del misterio del Prendimiento. Manuel recuerda también la casa cuartel de la Guardia Civil que se encontraba justo enfrente, en el palacio de Villapanés. “Daba mucha seguridad verlos allí. Por ejemplo la gente que venía del Chicle al centro cogía por aquí, pero con su marcha esto ya empezó a cambiar”. Efectivamente, a mediados de los 80 llegaba la droga a la zona. “El trapicheo fue quemando el barrio poquito a poco”, señala Manuel. A pesar de los esfuerzos vecinales por cerrar todos los chutaderos y las casas donde se vendía, el daño ya estaba hecho y para entonces ya habían cerrado muchos negocios. Las crisis, la de los años 90 y la actual, contribuyeron a terminar de apuntillar a un barrio que sólo recupera algo de vida en Semana Santa y en Navidad, gracias a las zambombas. Así al menos lo ve el propietario de Las Columnas, al señalar que “el barrio está abandonado. Nos ha perjudicado que no se hicera la obra –en Villapanés, primero del Centro Ramón de Cala, y luego del museo de Lola Flores-, desde que se fue la Guardia Civil nadie se ha preocupado de arreglar la finca. Además hay casas que no se rehabilitan. Y los vecinos, la mayoría son mayores, y los pocos jóvenes que hay están en paro, así que el futuro del barrio es negro. Yo aunque pudiera renovar, ni lo haría, prefiero irme, porque cada vez estoy más cogido y endeudado, y no puedo. Lo que es el negocio, si no fuera por la tragaperras ya me habría ido hace tiempo”. Pero, a pesar de sus palabras, no se equivoquen. Manuel, con 63 años, afirma que echará de menos el bar. “Ya empiezo a tener el gusanillo por dentro porque tengo que dejarlo. Quieras o no son muchos años”.
Manuel, frente a su bar y junto a las columnas que dan nombre al negocio. Foto: Juan Carlos Toro

Manuel vuelve a echar la vista atrás. Él y sus hermanos comenzaron pagando cuatro mil pesetas de alquiler por el local, que en un principio era más pequeño, transformando un almacén y un trastero en lo que es hoy día. De esas cuatro mil pesetas se pasó a seis mil, y de ahí hasta los 103 euros que paga actualmente de renta antigua. A partir del 1 de enero pasaría a pagar el triple, pero vuelve a insistir que “el barrio no da para pagar 300 euros de alquiler, que luego son más si le añades la luz, el agua, mi autónomo…” Ni siquiera en Semana Santa hacía ya negocio. “Este año ni iba a abrir, pero al final lo hice. Fue un fiasco. Ni los días grandes aquí, que son la Madrugada y el Viernes Santo. Ni eso”. Recuerda también cuando ponía veladores en la terraza y los recogía a la hora del cierre “sin que se hubiera sentado nadie. Ya no saco las mesas por vergüenza”. Así y todo, a dos años de jubilarse, Manuel no descarta montar otro bar en su actual barrio de San Telmo. Pero ya no será lo mismo. En San Miguel deja buenos recuerdos. Fuera del bar, un coche de caballos pasea a dos turistas extranjeros que observan a Lola Flores, pero también a los escalichaos, que siguen a lo suyo. Triste estampa para un barrio que siempre recordará tiempos mejores.

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Jorge Miró

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