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Cualquier recoveco de la ciudad de Jerez puede albergar un taller de costura clandestina donde trabajan verdaderas expertas en el arte de la confección, con cuyas manos hábiles y talentosas cosen los vestidos de flamenca que adornan, alegran y colman de glamour la Feria del Caballo.

Trabajan hasta 15 horas diarias entre volantes, puntadas e hilvanes. La máquina de coser, la remalladora, la plancha… todo funcionando a pleno rendimiento y a contrarreloj para confeccionar los trajes de flamenca que encarnan la belleza, la personalidad y el buen gusto de quienes pueden permitirse pagarse un modelo nuevo y lucir sus mejores galas en el Real de la Feria del Caballo. Cuando entras en casa de Isabel nada parece vislumbrar que bajo el suelo, en el sótano, se encuentre uno de los cada vez más prolíficos y humildes talleres de costura clandestina de Jerez. Allí pasa la mayor parte de la jornada, sobre todo, los días previos al inicio de la Feria. “Comienzo en enero con los trajes de mis allegados, para que todos los encargos no se me acumulen al final, pero aún así, le dedico entre 12 y 15 horas al día. El año pasado nos daban las 5 de la mañana, pero me di cuenta de que así no rendía, tenía que deshacer y al final era doble trabajo”. Admite que es algo lenta, ya que dedica casi una semana a elaborar cada traje porque es "muy curiosa" y que puede hacerlo porque su madre se traslada a su casa a ayudarle con las tareas domésticas.

Antes de dedicarse a la costura, Isabel trabajó 15 años en la oficina de una empresa y desde que ésta cerró hace casi un lustro, realiza trabajos de costura para la calle. Reconoce que a su marido no le agrada que lo haga porque implica mucho trabajo del que no obtiene apenas rentabilidad. Sin embargo, Isabel, de 51 años y madre de dos hijos, no renuncia a la costura y mucho menos a coser trajes de flamenca. “Es lo que realmente me llena; soy jerezana hasta la muerte”, dice orgullosa. Los beneficios, además, los invierte en cursos de confección o en comprar máquinas nuevas. "Este año los Reyes Magos me trajeron una máquina para cortar volantes que cuesta 200 euros, de las más baratas, porque tengo un callo en el dedo de hacerlo a mano", dice alzando las tijeras.

Más que un oficio, una pasión

Isabel aprendió el oficio en un corte al igual que el resto de sus hermanas. Según cuenta era tan pequeña que la maestra no quería enseñarle, “así que ella me cortaba los trajecitos para las muñecas y yo los cosía a mano. Cuando tuve 13 años ya me enseñó los patrones y aprendí a coser de verdad”. Sus clientas la conocen y demandan su trabajo gracias al boca a boca. “Empiezas cosiendo para ti, a los familiares y conocidos y cuando tu trabajo le gusta a alguien, preguntan y después te buscan”.

El caso de Paqui, madre de dos hijos, es diferente. Compagina la costura con su trabajo como administrativa en una clínica desde su divorcio. Su madre era modista de hombre, lo que hace presagiar que de ahí le viene el amor por la confección, aunque ella se apresura a negarlo rotundamente. “Mi madre sólo cosía prendas masculinas y a mí lo que me ha gustado siempre son los trajes de flamenca. Veo un traje mío en la feria y me vuelvo loca”, asegura exultante. De hecho, sus 52 años no le hacen renunciar a su sueño de dejar a un lado la clandestinidad. “Mi ilusión es dar a conocer algún día mi trabajo y que mis vestidos desfilen en una pasarela”, afirma, algo resignada ante las dificultades de legalizar su negocio.

Ambas costureras defienden que en los grandes almacenes el precio de un vestido es parecido a lo que le suele costar a cualquier persona que se lo encarga a una de ellas. La gran diferencia, explica Isabel, se encuentra en la calidad, y los detalles, que al ser por encargo, “tienen la posibilidad de ajustarlo a sus gustos y, sobre todo, al presupuesto con el que cuentan”. Lápiz y papel en mano, Isabel calcula el dinero por el que una de sus clientas tendrá el vestido que quería: “180 euros el encaje, 180 el corte y confección – otras costureras como Paqui cobran como mínimo 350 euros- y la tela unos 60 euros, los flecos 35 euros. 460 euros aproximadamente. En los grandes almacenes ningún traje es más barato que los que yo hago y no tienen lo que tienen los míos”.

En mayo hacen su agosto

Las costureras que trabajan en la clandestinidad no han visto visto disminuido el número de encargos de trajes de flamenca en estos tiempos. De hecho, Paqui, por ejemplo, se ha negado a realizar cinco trajes más por falta de tiempo. Sin embargo, notan los efectos de la crisis en otros aspectos. Tanto Isabel como Paqui son conscientes de que la competencia es mayor. “Muchas mujeres sin trabajo que saben coser y que ya tienen una edad, se buscan la vida como pueden haciendo lo que saben: coser”, explica Isabel.

“Ahora la gente se hace sus propios mantoncillos y trajes de flamenca, cuando antes lo compraban todo hecho”

No sólo las costureras hacen su agosto con la Feria del Caballo. En las mercerías no cabe un alfiler. Cada vez son más las mujeres que se inscriben en talleres de corte o se lo hacen a sí mismas, desde que empezó la crisis. Mercedes y su marido son dueños de un puesto ambulante de mercería desde hace 20 años, y de otros dos más en la Plaza de Abastos de Jerez. Mercedes no se queja, dice que la crisis les ha afectado en positivo porque “ahora la gente se hace sus propios mantoncillos y trajes de flamenca, cuando antes lo compraban todo hecho”.

Además de los trajes, no escatiman en cuanto a detalles y complementos se refiere para desfilar por la pasarela en la que se convierte el parque González Hontoria durante la feria. Las crisis no afecta a las clientas de Paqui, quien asegura que no escatiman en encajes, ni en complementos, “las jerezanas somos muy coquetas, queremos lo último y lo más exclusivo”.

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