A las puertas de julio, Rocío acaba de recoger su diploma. Guarda entre sus manos un papel que certifica que ha recibido una formación y que ha realizado prácticas, durante tres semanas, como camarera de piso. Con 29 años, es madre de dos niñas —una de dos años y otra de siete—, y está desempleada desde 2014. Cuenta que es a principios de 2017 cuando empezó a bucear por internet para encontrar un trabajo, una oportunidad laboral. Fue así como encontró la Fundación Don Bosco, donde ha participado, desde marzo hasta mayo, en el programa Formación Incorpora de Obra Social la Caixa y Fundación Cajasol, cuyo objetivo, con la colaboración de la referida entidad y del centro de acogida de inmigrantes Ceain, es mejorar la empleabilidad de personas en riesgo de exclusión social. "No he conseguido quedarme en el hostal porque si no hay trabajo... Pero estoy muy contenta con la experiencia. Ahora mi prioridad es sacarme el graduado escolar", expresa.

Rocío Caballero abandonó la Secundaria con 15 años cuando su familia al completo entró en depresión. La mayor de seis hermanos narra que al tercero le detectaron un tumor en el tronco cerebral cuando tan solo tenía dos añitos. "En un principio no sabíamos qué tenía. Veíamos que tenía una parte del cuerpo totalmente paralizada. Los médicos pensaron que tenía algo en la cadera, pero al final el mal estaba en el cerebro". No tuvo más remedio que buscarse un trabajo para contribuir a la economía familiar y con 19 años entró en la escuela taller de guarnicionería. Después estuvo unos tres años limpiando casas, luego como dependienta, camarera... "Lo que me saliese". También hizo un curso de pinche de cocina en la Escuela de Hostelería de Jerez y Cáritas le facilitó un puesto en una tienda de ropa de bebé.

Rocío siempre se las ha ingeniado para salir hacia adelante. Su última alternativa para volver al mercado laboral ha sido inscribirse en el programa Formación Incorpora, donde ha estado formándose como camarera de piso, un sector que antes no había experimentado. Su amiga y compañera Lidia Rodríguez se encuentra en su misma situación: 29 años, madre de dos niños y dejó los estudios al acabar 3º de la ESO. Ella ha trabajado en hostelería, en talleres de cantería, mármol, como limpiadora... "Lo aprendo todo desde cero", apunta. Rocío fue quien le dio a conocer el programa y ambas se personaron en el centro salesiano Lora Tomayo para solicitarlo. "Ahora tengo experiencia como camarera de piso y lo puedo agregar al currículum, así el abanico cada vez se abre más", manifiesta Lidia.  Ambas agradecen las prácticas que la Fundación Don Bosco les han ofrecido, pero lamentan no haber conservado el puesto. No obstante, a Estefanía Bernal, jerezana de 26 años, sí la han llamado para trabajar algún que otro fin de semana en el hotel jerezano donde ha estado practicando. Ella tiene el graduado escolar, un curso en Comercio y otro de Administración, y ha trabajado durante los dos últimos años como camarera. "Quería cambiar de ambiente y tener un empleo con mejores condiciones laborales". Ana Belén Pérez, de 21 años, no tuvo la misma suerte que su compañera Estefanía, pero confiesa que se queda con las excursiones que han hecho juntas. "No son prácticas remuneradas, pero hemos hecho vida en grupo y yo me quedo con eso".

Al terminar la Secundaria, Ana Belén empezó un grado medio, curso que abandona al inicio del segundo año una vez que su abuela cae mala sin poder moverse de la cama. "Necesitaba dinero para ayudar a mi madre en casa", recuerda. Por necesidad, pero también por gusto, empezó a trabajar como animadora juvenil. "No he tenido contrato nunca, pero me encanta trabajar con niños". Accedió al programa de Obra Social "la Caixa" y Fundación Cajasol por continuar formándose, pero confiesa que lo suyo son los niños. Dice que su objetivo ahora es echar currículums, pero que en septiembre ya tiene cerrado iniciar un grado medio de hostelería en un centro de Jerez.

Cuatro mujeres con circunstancias distintas, pero que de alguna forma llegan a la misma línea de salida para logar alternativas laborales. Una de ellas tiene el sueño de ser algún día educadora infantil, pero en la actualidad no tiene los medios necesarios. Otra desearía trabajar en una tienda de ropa porque lo disfruta. Hay alguna indecisa que todavía está buscando qué es lo suyo, o la que le da igual lo que le echen que intentará ser la mejor en todo. A pesar de ser diferentes, todas luchan por salir adelante y obtener su independencia económica. Además de estas cuatro jerezanas, otras 66 personas de edades comprendidas entre los 18 y 50 años, tanto oriundos como inmigrantes de más de 17 nacionalidades, han finalizado el programa y han subido a la tarima para recoger, con gozo y alegría, sus diplomas acreditativos.

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