Auge y caída del imperio Reyal Urbis: de crecer gracias al franquismo a la locura del pelotazo

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Un juzgado de Madrid ha dictado la liquidación de la promotora e inmobiliaria que tuvo en el jerezano Manuel de la Quintana a su 'alma mater'. La segunda mayor quiebra en la historia empresarial de España deja más de 4.600 millones de deuda y miles de metros de suelo baldío en Jerez y la provincia.

El Juzgado de lo Mercantil número 6 de Madrid ha dictado esta semana la apertura de la fase de liquidación de la inmobiliaria y promotora Reyal Urbis, la segunda mayor quiebra de la historia empresarial de España. Cae así otro de los gigantes de la edad dorada del ladrillo. Fuentes inmobiliarias consultadas por lavozdelsur.es ven complicado cuantificar los negocios que la promotora manejaba en Jerez y la provincia. En su web, solo aparece una promoción de 56 viviendas en Rota que, obviamente, ya no entregarán. En Jerez, cuna de su alma mater tras su fundación en 1946, Manuel de la Quintana Ferguson (1913-1989), su delegación más antigua de España exceptuando Madrid y donde hubo momentos que aglutinó el 35% del negocio, el boquete que deja, en forma de miles y miles de metros de suelo urbanizable o por urbanizar, es enorme. En aquella sede de la avenida Álvaro Domecq desde donde se controlaba toda la expansión en Andalucía ya no reluce desde hace tiempo ni el logo de la compañía.

Con más de 4.600 millones de euros de deuda (de esta, más de 850 millones con el Sareb, el llamado banco malo que heredó los activos tóxicos tras la disolución de las cajas de ahorro, y unos 400 con Hacienda), la empresa que De la Quintana edificó en 1946 quedará demolida como otro de esos imperios carcomidos por la ambición desmesurada y la temeraria barra libre que representó la última gran burbuja inmobiliaria en nuestro país. Una época de pelotazo en la que Urbis —luego Reyal Urbis—, que ya había sufrido graves vaivenes económicos en sus más de 60 años de historia, llegó a manejar un volumen de ingresos de 2.242 millones de euros en 2008, justo cuando se produjo el imparable hundimiento que ha desembocado en su extinción.

Hasta llegar a este fatal desenlace, la otrora floreciente Urbis sustentó su crecimiento especialmente a partir del desarrollismo franquista. De la Quintana, que se autocalificaba, según recoge una edición de El País de 1984, como "radicalmente, y de arriba abajo, como un hombre del Movimiento Nacional, fiel al régimen de Franco", obtuvo del régimen en 1966 la presidencia de la Comisión de la Construcción y sus Materiales del II Plan de Desarrollo Económico y Social. A partir de ahí, profesionalizó la construcción y se dedicó a promover miles y miles de viviendas públicas —de dudosa calidad, pero a precios asequibles— para las clases menos pudientes. Lo cuenta el periodista Pedro Ingelmo en el artículo El desarrollismo, desde Jerez: "Así funcionaban entonces las cosas. El patrón de una inmobiliaria privada llevaba los asuntos públicos. Como ahora, pero sin máscaras".
La fuerte expansión de Urbis desde los 60 del siglo pasado, como recoge el referido artículo de El País, fue fruto de “la gran demanda de viviendas, créditos baratos y canales de financiación privilegiados”. No fue raro que, finiquitada la Transición, la viabilidad de Urbis ya se viera amenazada por el aumento de los costes financieros y la acumulación de pérdidas. Ya entonces Banesto, varias cajas y acreedores tuvieron que salir al rescate para evitar la inminente quiebra. Fueron momentos durísimos para la compañía. Al margen de los problemas financieros, el entonces consejero Manuel Ángel de la Quintana García, con 42 años e hijo del alma mater de Urbis, era asesinado en Madrid, abatido por siete balazos disparados por un terrorista de los Grupos de Resistencia Antifascistas Primero de Octubre (GRAPO).

Superada la conmoción por el atentado y con un plan de viabilidad en el que tuvo que reconocer pérdidas y mediante el que redujo su estructura y despidió a buena parte de su plantilla y sus activos, Urbis siguió adelante, a la espera del siguiente pelotazo. "Durante 2004 se ha continuado comprando suelo, unos 380 millones de euros, lo que nos permite crecer con lo que tenemos hasta 2008 en más de 30 ciudades y sin necesidad de subir los precios (…) Asimismo, el incremento en la venta de suelo encaja en la estrategia de incrementar la rentabilidad operativa a través de esta línea de negocio ya recurrente". Este es un fragmento de la carta que el entonces presidente de Inmobiliaria Urbis SA, Antonio Trueba Bustamante, dirige a sus accionistas en el informe anual de 2004, cuatro años antes de que estallara la burbuja inmobiliaria y trece años antes de que la promotora haya hecho crack definitivamente. Un final que pocos podían imaginar en un momento en el que los dividendos se repartían otra vez con alegría tras la fuerte crisis que soportó la empresa veinte años antes. En 2006, en plena fiebre del ladrillo en España, Banesto, el principal fiador y accionista de Urbis vendió la promotora impulsada por De la Quintana a Reyal, de Rafael Santamaría. La operación se cerró a cambio de 3.317 millones de euros, 256 euros por acción. Poco más de una década después, estas acciones ya no valen nada. 

¿Y qué queda de todo esto en la provincia de Cádiz, en la cuna jerezana de Urbis? Suelos estériles, principalmente. Después de décadas edificando por toda la ciudad, con la construcción de edificios residenciales de toda tipología y otras edificaciones tan mastodónticas como las torres de Renfurbis —junto a las vías del tren en la avenida de la Paz—, la promotora lo mismo dispuso de los suelos de la antigua Viña El Telégrafo (con 300.000 metros cuadrados) que con una enorme pastilla en el acceso Sur (alrededor de un millón de metros), donde el PGOU de Jerez pintó por arte de magia una de las llamadas 'áreas de oportunidad' en los tiempos del boom. Una bolsa de terrenos por urbanizar que albergaría cientos y cientos de viviendas baratas.

En total, más de 240 millones de euros en solares y terrenos en Jerez (como el suelo baldío de la calle Circo, con una edificabilidad de 65.000 metros y en el que solo viven gatos) o en otras localidades gaditanas como El Puerto, donde pretendía construir apartamentos turísticos sobre el antiguo camping de Valdelagrana. Una parcela que compró por 3,6 millones de la Diputación cuando, en realidad, un informe municipal tasaba su valor en 15 millones. Pelotazo tras pelotazo, superando crisis y vaivenes, Urbis, primero, y Reyal Urbis, después, han terminado por sucumbir, como tantas otras, víctimas de la especulación salvaje y las deudas sin control.

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